El castillo de Egeskov nació de una época violenta. Fue construido en 1554 por el noble Frands Brockenhuus, un poderoso terrateniente danés, en los años que siguieron a dos grandes convulsiones: la Reforma protestante, que en 1536 transformó la Iglesia y el reparto del poder en Dinamarca, y la sangrienta guerra civil conocida como la 'Grevens Fejde' ('la disputa del conde', 1534-1536), que había enfrentado a facciones nobiliarias y urbanas. En un país todavía inestable, un noble prudente no construía una casa de recreo, sino una fortaleza capaz de defenderlo.
Por eso Egeskov se levantó en medio de un lago, sobre una plataforma artificial sostenida por miles de troncos de roble clavados en el fondo fangoso. De ahí su nombre —Egeskov significa 'bosque de robles'— y la célebre leyenda de que hizo falta un bosque entero de robles para cimentar el castillo. El agua que lo rodeaba era la primera línea de defensa: sin puente, era casi inexpugnable. La estructura, de tipo 'doble casa' (dos edificios paralelos unidos por un grueso muro interior), tenía muros de más de un metro de espesor, aspilleras para disparar, un pozo propio para resistir un asedio y, según la tradición, pasadizos y escaleras ocultas en el muro central.
Egeskov es, por tanto, uno de los mejores ejemplos conservados de castillo renacentista con foso del norte de Europa: un edificio que combina la elegancia del Renacimiento —sus torres, sus frontones, su simetría— con la funcionalidad de una fortaleza militar. Nacido para proteger a su dueño en tiempos turbulentos, ha llegado hasta hoy prácticamente intacto en su aspecto exterior, casi cinco siglos después.
La arquitectura de Egeskov es un tratado de defensa renacentista. Los dos edificios que forman el castillo están unidos por un muro doble, con un espacio interior por el que discurren escaleras y galerías, de modo que los defensores podían moverse protegidos de un edificio a otro y disparar desde distintos ángulos. Esa disposición permitía que, si un ala caía en manos del enemigo, la otra siguiera resistiendo. Los muros gruesos, las troneras y el pozo interior completaban un sistema pensado para aguantar un asedio prolongado sin ayuda exterior.
Como todo castillo antiguo, Egeskov tiene sus leyendas. La más famosa es la del 'hombrecito de madera' (una vieja figura tallada que se guarda en el desván del castillo): la tradición asegura que debe permanecer siempre allí, tumbada, porque el día que alguien la retire en Nochebuena, el castillo entero se hundirá en el foso. Cada Navidad, según la costumbre, la familia se asegura de que el hombrecito siga en su sitio. Historias así, entre el mito y la superstición, forman parte del aura del lugar.
A lo largo de los siglos, el castillo fue perdiendo su función militar y ganando confort. Se le añadieron y modificaron interiores según los gustos de cada época, se abrieron ventanas donde antes había troneras y se transformó, poco a poco, de fortaleza en residencia señorial. Pero su silueta exterior, con las torres reflejándose en el agua, se mantuvo fiel al diseño original de 1554, conservando la imagen de castillo de cuento que hoy admiran los visitantes.
A lo largo de los siglos, Egeskov pasó por manos de distintas familias de la alta nobleza danesa, que lo mantuvieron, lo transformaron y lo enriquecieron. Cada época dejó su huella en el castillo y, sobre todo, en su entorno. Si en el siglo XVI lo prioritario había sido la defensa, en los siglos posteriores, con una Dinamarca más estable, el énfasis se desplazó hacia el prestigio, el confort y la belleza: los propietarios convirtieron los alrededores del castillo en uno de los conjuntos de jardines más notables del país.
Los jardines de Egeskov se fueron creando y ampliando a lo largo del tiempo, combinando estilos de distintas épocas. Se trazaron parterres barrocos de geometría rigurosa, con setos recortados y avenidas simétricas, en la línea de los grandes jardines europeos de los siglos XVII y XVIII; más tarde se añadieron zonas de estilo inglés, más románticas y naturales. Se plantaron largos setos, laberintos vegetales, huertos y jardines temáticos, y se cuidaron durante generaciones hasta convertirlos en un patrimonio botánico de primer orden.
En 1784, el castillo llegó a manos de la familia condal que aún lo posee, los Ahlefeldt-Laurvig-Bille, que lo integraron en su patrimonio y continuaron la labor de conservación y embellecimiento. Bajo su cuidado, Egeskov mantuvo su papel de gran residencia aristocrática de Fionia, con el castillo, sus tierras y sus jardines formando un conjunto señorial que atravesó los cambios de los siglos sin perder su esplendor ni su continuidad familiar.
El siglo XX trajo a Egeskov, como a tantas grandes propiedades aristocráticas de Europa, el desafío de sobrevivir en un mundo nuevo. El mantenimiento de un castillo histórico y sus jardines era enormemente costoso, y las viejas fuentes de ingreso de la nobleza terrateniente ya no bastaban. La familia propietaria encontró la solución en una idea entonces relativamente novedosa: abrir el castillo y sus jardines al público, convirtiéndolos en una atracción turística que generara los recursos necesarios para conservar el patrimonio.
En las décadas centrales del siglo XX, Egeskov comenzó a recibir visitantes, y poco a poco fue ampliando su oferta mucho más allá del castillo y los jardines. Se instalaron colecciones y museos, entre ellos el gran museo de vehículos antiguos —automóviles, motos, aviones y maquinaria—, que se convirtió en uno de los mayores del norte de Europa y en un reclamo inesperado junto a un castillo renacentista. Llegó también el célebre Palacio de Titania, la extraordinaria casa de muñecas creada por el británico Nevile Wilkinson, que tras recorrer el mundo halló su hogar definitivo en Egeskov.
Con el tiempo se sumaron laberintos —incluido el gran laberinto diseñado por el poeta y polímata danés Piet Hein—, pasarelas entre las copas de los árboles y zonas de aventura para chicos. Así, Egeskov se reinventó como un destino familiar completo, capaz de combinar el patrimonio histórico con el entretenimiento, sin perder su elegancia. Esta estrategia permitió no solo salvar el castillo, sino convertirlo en una de las atracciones más visitadas y queridas de Dinamarca.
Casi cinco siglos después de su construcción, Egeskov sigue siendo un castillo vivo. Una parte del edificio continúa siendo residencia de la familia condal que lo posee desde el siglo XVIII, lo que da a la visita un carácter especial: no es una ruina ni un museo congelado, sino una casa habitada que abre sus puertas al público durante la temporada. Esa combinación de patrimonio histórico y hogar familiar es uno de los encantos que distinguen a Egeskov de otros castillos convertidos únicamente en museos.
Hoy el recinto es uno de los destinos turísticos más importantes de Dinamarca, capaz de recibir a cientos de miles de visitantes al año. La oferta abarca todos los públicos: el interior histórico del castillo con sus salas y colecciones; los jardines premiados, con el famoso jardín de fucsias; el mayor laberinto de setos de Europa; el gran museo de vehículos; el Palacio de Titania; las pasarelas entre los árboles y las zonas de aventura para chicos. Todo ello en un entorno de gran belleza, con el castillo reflejándose siempre en el agua del foso. A lo largo del año, el castillo acoge además eventos, ferias, conciertos y ambientaciones especiales de Halloween y Navidad.
Egeskov encarna así una historia de continuidad y adaptación: una fortaleza nacida en tiempos de guerra que se transformó en residencia señorial, luego en joya de jardines y, finalmente, en un destino familiar de primer nivel, todo sin perder su identidad ni su belleza. Visitarlo es asomarse a casi cinco siglos de historia danesa y, al mismo tiempo, disfrutar de un día completo de castillo, naturaleza y diversión. Pocos lugares logran unir con tanta gracia el pasado y el presente.