Bornholm es, ante todo, una isla de granito surgida en pleno mar Báltico, y esa naturaleza rocosa ha marcado su historia desde la prehistoria. La isla estuvo habitada desde hace miles de años, como demuestran sus numerosos monumentos: dólmenes y túmulos megalíticos del Neolítico, y sobre todo los célebres petroglifos (helleristninger), grabados rupestres de la Edad del Bronce tallados en las rocas, con figuras de barcos, ruedas solares y huellas, testimonio de los cultos y la vida de los antiguos habitantes. Estos grabados, repartidos por la isla, están entre los más importantes del norte de Europa.
En la Antigüedad, Bornholm fue un enclave con identidad propia. Su nombre se ha relacionado con los 'burgundios', un pueblo germánico que, según algunas teorías, habría tenido aquí uno de sus orígenes antes de migrar hacia el continente. Durante la Edad del Hierro y la época de las grandes migraciones, la isla mantuvo contactos comerciales por todo el Báltico, como atestiguan los ricos hallazgos arqueológicos de oro y objetos de lujo encontrados en su suelo.
En la época vikinga (siglos VIII-XI), Bornholm ocupó una posición estratégica en las rutas marítimas del Báltico, entre Escandinavia, las tierras eslavas y el Este. La isla participó del mundo vikingo con sus asentamientos, su comercio y su navegación. Ese pasado antiguo y vikingo, grabado en la piedra y enterrado en sus campos, es la primera capa de una historia larga y singular, la de una isla que siempre ha mirado al mar que la rodea.
La Edad Media dejó en Bornholm dos de sus tesoros más singulares, ambos nacidos de la misma necesidad: defenderse. En una isla expuesta en pleno Báltico, a merced de piratas y de las luchas entre las potencias de la región, la arquitectura no podía ser solo bella: debía proteger. De ahí surgieron, en el siglo XII, las famosas iglesias redondas (rundkirker), templos de planta circular, blancos y macizos, con muros gruesísimos, que servían a la vez de lugar de culto, de almacén de provisiones y de refugio fortificado para la población en caso de ataque. La isla conserva cuatro —Østerlars, Nylars, Nyker y Olsker—, únicas en el mundo por su forma y su función.
El gran símbolo defensivo de la isla, sin embargo, es Hammershus, la mayor ruina de fortaleza medieval del norte de Europa, levantada sobre un acantilado en el extremo norte de Bornholm. Sus orígenes se remontan al siglo XIII, cuando el poderoso arzobispado de Lund —que entonces controlaba la isla— la construyó para afirmar su dominio y proyectar su poder sobre el Báltico. A lo largo de la Edad Media, Bornholm fue objeto de una prolongada pugna por su control entre el arzobispado de Lund, la corona danesa y las ciudades hanseáticas, y Hammershus fue el centro de esas disputas, cambiando de manos en asedios y conflictos.
Esa condición de pieza codiciada marcó la historia medieval de la isla: Bornholm era un punto estratégico que todos querían dominar. Las iglesias redondas y Hammershus son el testimonio en piedra de aquellos siglos de inseguridad, en los que los isleños vivían con un ojo puesto en el mar por si aparecían enemigos. Hoy, esos monumentos son los grandes atractivos históricos de Bornholm y la puerta para entender su pasado medieval.
Uno de los episodios de los que Bornholm se siente más orgullosa ocurrió a mediados del siglo XVII, en el contexto de las guerras entre Dinamarca y Suecia. Tras una derrota danesa, el tratado de Roskilde de 1658 obligó a Dinamarca a ceder amplios territorios a Suecia, entre ellos las provincias de Escania (Skåne) y también la isla de Bornholm. De un día para otro, los bornholmeses pasaron a ser súbditos suecos, contra su voluntad, y las autoridades suecas tomaron el control de la isla.
Pero los isleños no se resignaron. En diciembre de 1658 estalló en Bornholm una revuelta contra el dominio sueco. El comandante sueco de la isla, Johan Printzensköld, fue abatido en la localidad de Rønne por los rebeldes, en un episodio que se convirtió en leyenda local. La insurrección triunfó: los bornholmeses expulsaron a los suecos y, en un gesto cargado de simbolismo, decidieron entregar la isla de nuevo a la corona danesa, al rey Federico III, con la condición de que Bornholm nunca volviera a ser cedida ni separada de Dinamarca. Así, en 1660, la isla regresó oficialmente a la soberanía danesa.
Este episodio —una revuelta popular que devolvió por sí misma un territorio a su país— es único en la historia de Dinamarca y una fuente de orgullo para los bornholmeses, que lo recuerdan como prueba de su tenaz identidad danesa. Mientras Escania quedó definitivamente en manos suecas, Bornholm volvió a ser danesa por decisión de sus propios habitantes, y así ha seguido hasta hoy. La historia de 1658-1660 explica en buena medida el fuerte sentimiento de pertenencia de la isla y su lugar especial dentro de Dinamarca.
El siglo XX trajo a Bornholm uno de los capítulos más dramáticos de su historia. Como el resto de Dinamarca, la isla fue ocupada por la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial, a partir de 1940. Por su posición estratégica en el Báltico, Bornholm tuvo cierta importancia militar para los alemanes, que instalaron guarniciones e instalaciones en la isla, entre ellas puestos de radar.
El drama llegó en los últimos días de la guerra en Europa. Cuando Alemania se rendía y el resto de Dinamarca era liberado, en mayo de 1945, la guarnición alemana de Bornholm, comandada por un oficial que se negó a rendirse ante las fuerzas soviéticas (que avanzaban por el Báltico), mantuvo su resistencia. En respuesta, la aviación soviética bombardeó los días 7 y 8 de mayo de 1945 las localidades de Rønne y Nexø, causando destrucción y víctimas, y provocando la evacuación de parte de la población. Fue un golpe trágico, justo cuando la paz llegaba a Europa.
Tras el bombardeo, las tropas soviéticas desembarcaron y ocuparon Bornholm. A diferencia de otros territorios que quedaron bajo control soviético durante décadas, la isla fue devuelta a Dinamarca: las fuerzas soviéticas se retiraron en abril de 1946, tras casi un año de ocupación, y Bornholm volvió plenamente a la soberanía danesa. Rønne y Nexø fueron reconstruidas, en parte con ayuda sueca, con hileras de casas características de la posguerra. Este episodio, con su ocupación nazi, su bombardeo soviético y su retorno a Dinamarca, dejó una huella profunda en la memoria de la isla y es una parte esencial de su historia reciente, tratada siempre con la seriedad que merecen sus víctimas.
Tras las convulsiones del siglo XX, Bornholm se ha reinventado como un destino de naturaleza, arte y gastronomía, sin perder su carácter de isla trabajadora y auténtica. Durante generaciones, la economía se basó en la pesca —con los característicos ahumaderos de arenque, cuyas chimeneas blancas salpican la costa—, la agricultura y la extracción del granito, la piedra que forma la isla y que se usó en construcciones de toda Dinamarca. Esas actividades tradicionales conviven hoy con nuevas fuentes de vida.
En las últimas décadas, la isla se ha convertido en un notable polo creativo y gastronómico. Su luz especial y su tranquilidad atrajeron a artistas y artesanos, y Bornholm es hoy famosa por sus talleres de cerámica, vidrio y artesanía, con una fuerte identidad de diseño, y por su escena gastronómica: pequeños productores de quesos, embutidos, mostaza, dulces, cervezas y chocolates, restaurantes que trabajan el producto local —algunos con reconocimiento internacional— y, por supuesto, el arenque ahumado y el clásico 'Sol over Gudhjem'. La isla se ha ganado fama de pequeño paraíso 'foodie' del Báltico.
Por encima de todo, Bornholm es hoy la 'isla del sol' (Solskinsøen), uno de los destinos de vacaciones más queridos por los daneses y cada vez más conocido fuera del país. Su combinación de patrimonio histórico —Hammershus, las iglesias redondas, los pueblos de pescadores—, naturaleza variada —acantilados de granito, bosques, playas de arena blanca como Dueodde—, gastronomía y arte hace de ella un lugar singular, con personalidad propia dentro de Dinamarca. La roca del Báltico que fue codiciada por arzobispos, reyes y ejércitos es ahora un remanso luminoso donde disfrutar del paisaje, el sabor y la calma. Esa es la última, y más amable, etapa de su larga historia.