Antes de que hubiera tabaco, campesinos o pueblo, hubo roca y agua. El paisaje de Viñales es, en esencia, una obra de la geología: un relieve kárstico tropical labrado durante millones de años sobre el sustrato calcáreo de la Sierra de los Órganos, en el extremo occidental de Cuba. La materia prima de todo son las piedras calizas, rocas de origen marino que se formaron cuando este territorio estuvo cubierto por mares, deltas y llanuras, mucho antes de que existiera la isla tal como la conocemos.
La caliza tiene una propiedad clave: se disuelve. El agua de lluvia, ligeramente ácida, fue corroyendo lentamente la roca a lo largo de eras geológicas, llevándose el material más blando y dejando en pie los bloques más resistentes. El resultado son los mogotes: esos farallones de paredes casi verticales y cima redondeada, cubiertos de vegetación, que se levantan de manera abrupta sobre el valle plano. Aparecen aislados o en cadenas, como islas de piedra, y algunos alcanzan decenas e incluso un par de centenares de metros de altura.
El mismo proceso de disolución que esculpió los mogotes por fuera, los vació por dentro: así se formó el extenso sistema de cuevas de la zona, con la Gran Caverna de Santo Tomás (la mayor de Cuba) y grutas con ríos subterráneos como la Cueva del Indio. Dolinas, valles fluvio-kársticos, campos de lapiaz y poljes completan un repertorio de formas que hacen del Valle de Viñales un libro abierto de geomorfología kárstica.
Es un tipo de paisaje raro en el mundo: solo se encuentra algo parecido en regiones tropicales y subtropicales muy específicas, como el sur de China o la península de Malaca. Esa singularidad geológica es una de las razones por las que el valle terminó siendo reconocido como patrimonio.
Mucho antes de la colonización europea, el occidente de Cuba estuvo habitado por comunidades aborígenes, y los mogotes y cuevas de Viñales les sirvieron de refugio y de espacio sagrado: en grutas como la Cueva del Indio se han hallado vestigios arqueológicos precolombinos. Esa presencia temprana quedó luego en los nombres y en la memoria del lugar.
A partir de la colonización, el valle fue poblándose lentamente con familias campesinas. Buena parte de los pobladores llegó de las Islas Canarias, y también de Galicia y Asturias: gente de campo que se asentó en estos suelos rojos y fértiles para vivir de la tierra. Encontraron en el valle condiciones excepcionales para un cultivo que iba a marcar su destino, el tabaco, y se organizaron en vegas y bohíos, con una cultura rural muy particular, la del guajiro pinareño.
Esa forma de vida campesina, con técnicas agrícolas tradicionales transmitidas de generación en generación, es la que se conserva hasta hoy y la que le da al paisaje su valor cultural. El arado con bueyes, la siembra a mano, los secaderos de tabaco de techo de guano y los bohíos no son una recreación para turistas: son el modo real en que se sigue trabajando buena parte del valle.
Si Viñales tiene un alma, es de hoja de tabaco. El valle forma parte de la región de Vuelta Abajo, en Pinar del Río, considerada la mejor tierra del mundo para el cultivo del tabaco y la principal fuente de hoja para los célebres Habanos. La combinación de suelo, clima, humedad y saber campesino de esta zona occidental es, según los propios productores, única en el planeta: es la única región que produce todos los tipos de hoja (capa, capote y tripa), las distintas partes que componen un puro.
Detrás de cada habano hay un oficio entero, el del veguero. El proceso es largo y artesanal: se siembra y se cosecha la hoja a mano, planta por planta y en fases sucesivas; luego las hojas se llevan a los secaderos, donde cuelgan ventiladas entre 45 y 60 días para perder humedad; después vienen la fermentación y el añejamiento, claves para el aroma y el sabor. Se estima que un solo puro cubano hecho como manda la tradición requiere más de cien pasos hasta quedar terminado por las manos de un maestro torcedor.
Esta cultura del tabaco no es un detalle pintoresco: es el corazón productivo y simbólico del valle, y la razón por la que los métodos agrícolas tradicionales sobrevivieron 'sin cambios durante siglos', en palabras de la propia Unesco. El veguero pinareño, con su bohío, su yunta de bueyes y su secadero, es una figura central de la identidad cubana.
El pueblo de Viñales, tal como lo conocemos, es relativamente joven: nació en el siglo XIX, en torno a la hacienda San Francisco de Viñales. El núcleo urbano empezó a consolidarse hacia mediados de la década de 1860, y dio un paso decisivo cuando, en 1875, Andrés Hernández Ramos, heredero de la hacienda, donó varios terrenos para levantar el Ayuntamiento y la iglesia. A ese asentamiento fueron llegando colonos, muchos de origen canario, gallego y asturiano, que le dieron al pueblo su fisonomía rural.
El proceso institucional se completó a fines de esa década: el 28 de octubre de 1878 se aprobó la creación del distrito municipal de Viñales, y el municipio quedó oficialmente fundado el 1 de enero de 1879. Poco después, entre 1880 y 1883, se construyó la iglesia parroquial del Sagrado Corazón de Jesús, que preside la plaza y de la que el pueblo tomó a su patrón. Hacia 1882 el municipio ya rondaba los diez mil habitantes, con sus primeras escuelas, su telégrafo y sus servicios básicos.
Ese origen explica la traza del pueblo actual: una calle principal ancha, casas bajas de portal y columnas, la iglesia en el centro y un aire de villa de campo que se conserva. Viñales creció como pueblo de vegueros y comerciantes al servicio de un valle agrícola, y esa vocación rural sigue marcando su carácter.
El reconocimiento mayor llegó a fines del siglo XX. En diciembre de 1999, la Unesco inscribió el Valle de Viñales en la lista del Patrimonio Mundial bajo la categoría de Paisaje Cultural de la Humanidad. Esa categoría es importante para entender por qué se lo premió: no se trata solo de un paisaje natural espectacular, sino de la combinación entre ese entorno y la huella de la actividad humana que lo modeló durante generaciones.
En la descripción de la Unesco, el valle es un sobresaliente paisaje kárstico en el que los métodos tradicionales de agricultura, principalmente el cultivo del tabaco, han sobrevivido sin cambios durante siglos. A eso se suma la riqueza de la arquitectura vernácula (los bohíos, los secaderos), la diversidad cultural de sus comunidades campesinas, de raíces hispanas y africanas, y la música y las tradiciones populares vinculadas a ese mundo rural. Es esa convivencia entre naturaleza y cultura lo que lo hace único.
Ese mismo año, 1999, el valle fue también declarado Parque Nacional Viñales, una figura que protege el patrimonio natural: los mogotes, las cuevas, la flora endémica y la fauna. Entre ambas declaraciones, la cultural de la Unesco y la natural del parque, el Valle de Viñales quedó reconocido como uno de los paisajes más valiosos de Cuba, y como un caso ejemplar de que un lugar puede ser, a la vez, una maravilla geológica y el hogar vivo de una cultura campesina.