Antes de ser una de las playas más fotografiadas del planeta, Varadero fue un salar. Durante siglos, la estrecha península de Hicacos —la porción de territorio cubano que más se adentra en el mar hacia el norte, en la provincia de Matanzas— no producía turistas sino sal, evaporada del agua del Caribe para conservar la comida del occidente cubano. Que esa lengua de arena terminara convertida en el balneario más glamoroso de Cuba, con la mansión de un heredero del imperio químico DuPont en lo alto de su única loma, es una de las transformaciones más asombrosas de la historia del país. Y todo empezó con un nombre marinero.
Antes de la llegada de los españoles, la zona estuvo frecuentada por pueblos indígenas, como atestiguan los hallazgos arqueológicos y las pinturas rupestres conservadas en cuevas de la península, como la Cueva de Ambrosio. El nombre 'Hicacos' deriva del icaco o hicaco, un arbusto costero de fruto comestible que abunda en la región.
El nombre del propio balneario, 'Varadero', tiene un origen vinculado al mar y a la navegación. Un 'varadero' es el lugar de la costa donde se varaban las embarcaciones, es decir, donde se las sacaba del agua para repararlas, resguardarlas o cargarlas. La protegida zona de la península servía para esa función, y de allí quedó fijado el topónimo que terminaría dando nombre a una de las playas más célebres del mundo.
Durante la época colonial, la principal actividad económica de la península no fue el turismo, sino la sal. Las salinas de Hicacos, donde se evaporaba el agua de mar para extraer sal, abastecían de este producto esencial —usado sobre todo para conservar alimentos— a buena parte del occidente cubano. Así, durante siglos, la futura playa paradisíaca fue, ante todo, un territorio de salinas y de varaderos, lejos aún del destino de lujo en que se convertiría.
El Varadero turístico nació a fines del siglo XIX. Las familias acomodadas de la cercana ciudad de Cárdenas, atraídas por las extraordinarias playas de la península de Hicacos, comenzaron a construir allí casas de veraneo frente al mar para escapar del calor y disfrutar del baño. Se considera el año 1887 como el momento fundacional del balneario, cuando se formalizó el reparto de terrenos y se levantaron las primeras casas de descanso.
Durante las primeras décadas, Varadero fue un balneario de carácter local y familiar, ligado sobre todo a la burguesía de Cárdenas y, más tarde, de Matanzas y La Habana. Se construyeron casas de madera de estilo colonial junto a la playa, se organizaron las primeras regatas y eventos sociales, y el lugar fue ganando fama como el sitio de veraneo más bonito de la región. La playa de arena blanca y el mar turquesa eran ya entonces su gran atractivo.
Con el cambio de siglo y las primeras décadas del XX, Varadero se fue consolidando como destino de veraneo de la élite cubana. Se sumaron clubes náuticos, hoteles y una vida social cada vez más intensa en torno a la playa. Lo que había empezado como un puñado de casas de veraneo de familias cardenenses se transformaba lentamente en el balneario más prestigioso de Cuba, antesala de su época dorada.
Las décadas de 1920 y 1930 marcaron la edad dorada de Varadero como destino exclusivo y glamoroso. El gran símbolo de esa época fue la llegada del millonario estadounidense Irénée du Pont de Nemours, heredero del poderoso imperio químico DuPont, que se enamoró de la península de Hicacos y compró extensos terrenos. Allí construyó, entre fines de los años 1920 y comienzos de los 1930, su lujosa mansión de veraneo: la Casa Xanadú, sobre la elevación rocosa de San Bernardino, frente al mar.
La presencia de Du Pont impulsó la urbanización y la valorización de la península. Varadero se llenó de mansiones, clubes, hoteles de lujo y, en el clima de la Cuba de la primera mitad del siglo XX, también de casinos. Se convirtió en el lugar de veraneo de la alta sociedad cubana y de millonarios extranjeros, un destino sinónimo de lujo y exclusividad, con su playa paradisíaca como gran atractivo. El golf, los deportes náuticos y la vida social animaban la temporada.
Esa Varadero de los años de oro fue, en cierto modo, un enclave de privilegio en el que la espectacular playa estaba reservada en buena medida al disfrute de las élites. La mansión Xanadú, que hoy sobrevive como hotel y restaurante, es el testimonio más visible de aquella época en que la península fue el patio de recreo de los más ricos, antes de que la historia diera un vuelco profundo.
El triunfo de la Revolución Cubana en 1959 transformó por completo el carácter de Varadero. Las propiedades privadas —mansiones, hoteles, clubes y casas de veraneo de la élite— fueron nacionalizadas en el marco del proceso revolucionario, y la espectacular playa, hasta entonces vinculada en buena medida al disfrute de las clases altas y los extranjeros adinerados, se abrió al disfrute de toda la población cubana.
Durante las décadas siguientes, Varadero pasó a ser un lugar de descanso para los trabajadores y las familias cubanas. La mansión Xanadú y otras propiedades cambiaron de uso, y la península se reorganizó bajo la nueva lógica social. La playa pública y el acceso popular al balneario quedaron como una marca de la época. Al mismo tiempo, se mantuvo y desarrolló cierta infraestructura turística.
Esta etapa significó un cambio de fondo en la identidad de Varadero: de enclave exclusivo de millonarios a balneario abierto, símbolo del nuevo orden. Esa condición de playa pública en toda su extensión —que se conserva hasta hoy— es una de las particularidades que distinguen a Varadero de otros grandes destinos de sol y playa del mundo, donde las mejores playas suelen estar privatizadas.
A partir de las décadas de 1980 y, sobre todo, de 1990, Varadero vivió su transformación más decisiva: la conversión en el gran polo turístico de Cuba. Tras la caída del bloque socialista y la crisis económica del 'Período Especial', el gobierno cubano apostó fuertemente por el turismo internacional como fuente de divisas, y Varadero —con su playa excepcional— se convirtió en la principal apuesta de sol y playa del país.
Se construyeron decenas de grandes hoteles 'todo incluido' a lo largo de la península de Hicacos, muchos operados por cadenas internacionales en asociación con el Estado cubano, que extendieron la zona hotelera hacia el extremo nororiental. Varadero pasó a recibir cada año a cientos de miles de turistas, principalmente de Canadá y Europa, atraídos por el clima, el mar caribeño y los paquetes de descanso. El balneario se dotó de aeropuerto internacional, marinas, campos de golf, centros comerciales y toda la infraestructura de un destino turístico de masas.
Hoy Varadero es, junto con La Habana, el destino más visitado de Cuba y uno de los más conocidos del Caribe. Convive en él la 'burbuja' de los grandes resorts con un pueblo de casas particulares, paladares y vida local, y con áreas naturales protegidas como la Reserva Varahicacos. Su historia resume, en cierto modo, la del turismo cubano: de balneario de la élite a playa del pueblo y, finalmente, a motor económico de la isla a través del turismo internacional.