En lo alto de la Sierra del Escambray, a 850 metros sobre el nivel del mar y rodeado de bosques de pino, se levanta una mole de once pisos que parece fuera de lugar en medio de tanta naturaleza: un edificio inmenso, gris y macizo, con capacidad para mil personas, que domina el paisaje serrano como un gigante dormido. Ese coloso —hoy el Kurhotel Escambray— no fue concebido como hotel ni como refugio de montañistas: nació para curar a los tuberculosos, y su historia es una de las más extrañas y fascinantes del turismo cubano.
La primera piedra se colocó el 15 de junio de 1937. La iniciativa partió del entonces coronel Fulgencio Batista, jefe del Ejército, que impulsó la construcción de un gran sanatorio antituberculoso aprovechando el microclima fresco, seco y aireado de las cumbres del Escambray, considerado ideal para tratar la que era una de las enfermedades más temidas y mortales de la época. El proyecto lo dirigió el arquitecto Cristóbal Díaz González, y levantar semejante estructura en un paraje tan remoto y elevado obligó a abrir caminos, transportar materiales por la sierra y vencer las enormes dificultades del terreno montañoso.
Las cifras de la obra impresionan: unos seis millones de ladrillos, más de 4.700 toneladas de cemento, miles de toneladas de acero y vigas, y decenas de miles de metros cúbicos de piedra y arena, para un edificio de 183 metros de ancho, 63 de fondo y 36 de alto, sobre una superficie de 32.000 metros cuadrados. Pero la construcción se demoró durante años: bajo los gobiernos de Batista (1940-1944), Grau San Martín (1944-1948) y Prío Socarrás (1948-1952) el proyecto apenas avanzó. Solo cuando Batista regresó al poder tras el golpe de Estado de 1952 ordenó reanudar y terminar la obra, que finalmente se inauguró el 11 de noviembre de 1954 con el nombre oficial de 'Sanatorio General Batista'.
El sanatorio no habría existido de no ser por la montaña que lo cobija. Topes de Collantes se asienta en el corazón de la Sierra del Escambray (también llamada macizo de Guamuhaya), la segunda cordillera más importante de Cuba después de la Sierra Maestra. Este sistema montañoso se extiende por el centro-sur de la isla, a caballo entre las provincias de Sancti Spíritus, Cienfuegos y Villa Clara, y constituye uno de los grandes tesoros naturales del país, con altitudes que superan los 1.000 metros en sus picos más elevados, como el Pico San Juan (o Pico de Potrerillo).
El Escambray es un macizo de gran biodiversidad: bosques de pino y latifolios, helechos arborescentes que parecen sacados de otra era, abundantes especies de flora y fauna —muchas de ellas endémicas— y una densa red de ríos y arroyos que, al descender por las laderas, forman cascadas y pozas de aguas frías y cristalinas. El clima de montaña, más fresco y húmedo que el de la costa, y el aire puro de la altura son exactamente los rasgos que, en la primera mitad del siglo XX, se consideraron beneficiosos para los enfermos respiratorios y que marcaron el destino de Topes de Collantes.
El propio nombre 'Topes de Collantes' se asocia a la zona de cumbres ('topes') de esta sierra. Situado a unos 800 metros sobre el nivel del mar, el lugar combina ese valor natural excepcional con una ubicación estratégica cerca de la histórica villa de Trinidad, en la vertiente sur de la cordillera, frente al mar Caribe. Desde estas alturas, en días despejados, la vista alcanza el valle, los bosques de la cordillera e incluso el destello del Caribe al sur.
Más allá del imponente edificio, la verdadera riqueza de Topes de Collantes está en el agua y en el verde. La joya es el Salto del Caburní, una cascada donde el río del mismo nombre se precipita desde unos 62 metros de altura entre rocas y vegetación, formando al pie un rosario de pozas naturales donde el visitante, tras un sendero exigente que baja y sube por la ladera, se premia con un baño en aguas heladas de montaña. El caudal cambia radicalmente con las estaciones: atronador y espectacular tras las lluvias del verano, más discreto en plena estación seca. No es la única cascada: el Salto Vegas Grande, más salvaje y menos transitado, y las pozas de la cueva de La Batata —donde un río subterráneo aflora entre las rocas— completan el repertorio de agua de la sierra.
La vegetación del Escambray es, en sí misma, un espectáculo. En el Parque Codina, una antigua hacienda convertida en jardín, crecen helechos arborescentes gigantes, orquídeas y bambúes, junto a cuevas y pozas de barro con propiedades consideradas medicinales, herederas de la vocación de salud del lugar. La fauna es rica en aves —muchas endémicas de Cuba—, mariposas y flora singular, lo que ha hecho de Topes uno de los paraísos del aviturismo y el senderismo en la isla.
Estas montañas guardan además una tradición cafetalera profunda. Como buena parte de las sierras del centro y el oriente cubano, el Escambray fue tierra de cafetales, y el café de altura sigue siendo uno de los productos emblemáticos de la zona: la Casa Museo del Café, en el propio complejo, recuerda ese vínculo histórico entre la montaña y el grano. Café, cascadas y bosque nublado dibujan una Cuba muy distinta de la de las playas y los cascos coloniales: la Cuba fresca, húmeda y verde de las alturas.
La Sierra del Escambray, donde se enclava Topes de Collantes, tuvo un papel destacado —y a menudo poco contado— en la historia revolucionaria de Cuba. Durante la lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista, en la segunda mitad de los años cincuenta, la sierra fue zona de operaciones de frentes guerrilleros que combatían en el centro de la isla, en paralelo a la lucha que libraba Fidel Castro en la Sierra Maestra, en el oriente. El terreno montañoso, de difícil acceso, ofrecía condiciones ideales para la guerra irregular, y por estas lomas se movieron distintas organizaciones insurreccionales, entre ellas columnas ligadas al Che Guevara en su avance hacia Santa Clara a fines de 1958.
Resulta una de las grandes ironías de la historia cubana: la misma montaña donde Batista mandó construir su faraónico sanatorio se convirtió, pocos años después, en refugio de quienes lucharon por derrocarlo. Y tras el triunfo de la Revolución en 1959, el Escambray volvió a ser escenario de combates, esta vez en el marco de la conocida como 'lucha contra bandidos' (o 'limpia del Escambray'): durante los primeros años de la década de 1960, grupos armados opuestos al nuevo gobierno se internaron en estas montañas, y las fuerzas del Estado desarrollaron prolongadas y duras operaciones para combatirlos. Estos episodios dejaron una marca profunda en la región y en la memoria de sus habitantes.
Esta dimensión histórica añade una capa de significado al macizo: más allá de su belleza natural y su valor como destino de senderismo, la Sierra del Escambray es un territorio cargado de historia, asociado a momentos clave del proceso revolucionario cubano. Conocer este pasado —el del sanatorio, el de la guerrilla y el de la posguerra civil de los sesenta— ayuda a comprender mejor el lugar singular que ocupa esta sierra en la historia del país.
Con el avance de la medicina y la aparición de tratamientos más efectivos contra la tuberculosis, el enorme sanatorio fue perdiendo su función original. Las instalaciones se reorientaron hacia otros usos de salud, reposo y rehabilitación, manteniendo esa vocación de bienestar ligada a las cualidades del entorno serrano que había justificado su construcción. El coloso de once pisos se reconvirtió, con el tiempo, en el actual Kurhotel Escambray, orientado al turismo de salud, y a su alrededor fueron surgiendo otros hoteles de montaña —Los Helechos, Villa Caburní, el complejo de reposo— que hoy alojan a los senderistas.
El entorno fue protegido y organizado como parque natural, con una red de senderos señalizados que conducen a sus principales atractivos: cascadas como el célebre Salto del Caburní, pozas naturales, cuevas con ríos subterráneos como La Batata, jardines de helechos y orquídeas como el Parque Codina, y miradores con vistas a la sierra y al mar. Esta infraestructura convirtió a Topes en uno de los grandes destinos de senderismo y ecoturismo de Cuba, muy visitado como excursión de día desde la cercana Trinidad, a apenas 20 kilómetros por una carretera de montaña empinada y sinuosa.
Hoy, Topes de Collantes es el complemento natural perfecto de la visita a Trinidad y al Valle de los Ingenios, ofreciendo a los viajeros una cara muy distinta del país: la de la Cuba de montaña, fresca y verde, donde el rumor del agua y el frescor del bosque reemplazan al calor del Caribe. Su historia —de sanatorio en las cumbres a parque natural, pasando por la guerrilla— y su biodiversidad excepcional lo convierten en un lugar único dentro del panorama turístico cubano. La historia de esta sierra se entrelaza, en el mapa y en el tiempo, con la de Trinidad, Sancti Spíritus y todo el centro de Cuba.