Uno de los jardines de orquídeas más importantes de América Latina nació de un duelo. A mediados del siglo XX, un abogado canario llamado Tomás Felipe Camacho, roto por la muerte de su esposa y su hija, plantó en una ladera fresca del occidente de Cuba cientos de orquídeas en su memoria. Ese homenaje íntimo terminó convertido en el orquideario que hoy da fama a Soroa, el enclave verde al que llaman 'el Arco Iris de Cuba'. Pero la historia de este rincón de la Sierra del Rosario empieza mucho antes de las orquídeas, con una familia, unos cafetales y una montaña que estuvo a punto de perder su bosque para siempre.
El nombre de Soroa proviene de una familia que se asentó en la zona en el siglo XIX. Según la tradición más difundida, se trataba de los Soroa, una familia de origen vasco-francés que llegó a estas montañas del occidente cubano y adquirió tierras en la sierra, donde se dedicó, como tantos otros propietarios de la región, al cultivo del café. El apellido quedó ligado para siempre al lugar, que pasó a conocerse simplemente como 'Soroa'.
Esta forma de bautizar parajes y haciendas con el apellido de las familias propietarias era habitual en la Cuba rural del siglo XIX. En el caso de Soroa, el topónimo terminó designando no solo a la antigua propiedad, sino a todo el enclave de naturaleza que hoy conocemos, con su orquideario, su cascada y sus miradores. Es un nombre breve y sonoro que, con el tiempo, se volvió sinónimo de uno de los rincones verdes más célebres del occidente de Cuba.
Más allá de los detalles concretos sobre la familia Soroa —que, como suele ocurrir con estos orígenes, se mezclan con la tradición oral—, lo cierto es que el nombre ancla al lugar en la historia del poblamiento y la explotación agrícola de la Sierra del Rosario en el siglo XIX, una historia marcada por los cafetales y por la llegada de colonos europeos a estas montañas.
Soroa forma parte de la Sierra del Rosario, una región que a comienzos del siglo XIX vivió un intenso desarrollo cafetalero. El protagonismo de aquel auge correspondió a colonos franceses que llegaron a Cuba huyendo de la revolución de Haití —la antigua colonia francesa de Saint-Domingue—, donde habían perdido sus plantaciones. Estos colonos encontraron en las frescas y húmedas laderas de la sierra condiciones ideales para el cultivo del café.
A lo largo de estas montañas se establecieron numerosos cafetales, trabajados por personas esclavizadas traídas de África. Se construyeron casas-vivienda para los hacendados, secaderos donde el grano se secaba al sol, molinos y barracones para los esclavizados. Durante algunas décadas, el café fue un cultivo próspero y la Sierra del Rosario —incluida la zona de Soroa— vivió una época de relativa riqueza agrícola, integrada en la economía de plantación que caracterizaba a la Cuba colonial.
Con el tiempo, el cultivo del café en la zona decayó, desplazado por el azúcar y afectado por crisis y fenómenos naturales, y muchas plantaciones fueron abandonadas. La tala asociada a los cafetales y a otras explotaciones dejó, además, un paisaje crecientemente erosionado, problema que solo se revertiría más de un siglo después con el gran proyecto de reforestación de la sierra. Hoy, las ruinas de antiguos cafetales dispersas por la región —y, muy especialmente, el conjunto restaurado del cercano Cafetal Buenavista, en Las Terrazas— son el testimonio de aquel pasado.
En la primera mitad del siglo XX, Soroa cambió de vocación. Su clima fresco, sus aguas, su cascada y la belleza de su entorno montañoso lo convirtieron en un lugar de descanso y en un incipiente balneario de montaña, frecuentado por quienes buscaban escapar del calor de la llanura y la ciudad. La zona empezó a recibir visitantes y a dotarse de algunas construcciones pensadas para el ocio y el reposo.
De esa época data una de las construcciones más características del lugar: el Castillo de las Nubes, una pintoresca residencia-mirador levantada en lo alto de una loma, con forma que evoca un pequeño castillo o torre. Fue concebida como casa de descanso, aprovechando las vistas privilegiadas sobre la Sierra del Rosario. Con el tiempo, el Castillo de las Nubes ha funcionado en distintos momentos como hotel, restaurante o punto de visita, y se ha convertido en uno de los símbolos de Soroa, especialmente por sus panorámicas.
Esta etapa como balneario y lugar de villegiatura sentó las bases del Soroa turístico que conocemos hoy. La idea de un enclave de montaña dedicado al descanso y al contacto con la naturaleza, en torno a su cascada y sus miradores, se mantuvo y se reforzó en las décadas siguientes, cuando a estos atractivos se sumó la creación del orquideario, que daría fama internacional al lugar.
La atracción que dio fama internacional a Soroa, su orquideario, nació a mediados del siglo XX gracias a la pasión de una persona. Su creador fue Tomás Felipe Camacho, un abogado de origen canario aficionado a la botánica, que decidió crear en sus terrenos de Soroa un jardín de orquídeas como homenaje a la memoria de su esposa e hija fallecidas. Lo que comenzó como un proyecto personal se transformó, con los años, en una de las colecciones de orquídeas más importantes de Cuba.
Camacho reunió en el jardín, dispuesto en una ladera con terrazas y senderos, cientos de especies de orquídeas, tanto autóctonas de Cuba como traídas de otras partes del mundo, junto a numerosas plantas ornamentales. El orquideario se convirtió en un centro de cultivo, exhibición y conservación de estas flores, y su belleza atrajo a visitantes y especialistas. Tras la muerte de su fundador y con los cambios en Cuba, el jardín pasó a manos de instituciones del Estado.
Con el tiempo, el orquideario quedó vinculado a la Universidad de Pinar del Río, que lo gestiona como centro de investigación, conservación y docencia, además de atracción turística. Hoy es considerado uno de los orquidearios más importantes de Cuba y de América Latina, y la principal razón por la que muchos viajeros visitan Soroa. La obra de Camacho convirtió un homenaje íntimo en un patrimonio botánico de valor nacional.
El entorno de Soroa recibió un reconocimiento de primer nivel en 1985, cuando la Unesco, a través de su Programa sobre el Hombre y la Biosfera (MAB), declaró la Sierra del Rosario como Reserva de la Biosfera, la primera de Cuba en obtener esa categoría. La distinción reconocía el éxito de la recuperación ambiental de la sierra —que había revertido siglos de deforestación y erosión gracias al gran proyecto de reforestación iniciado en 1968— y el valor de su biodiversidad, con numerosas especies endémicas de Cuba.
La condición de reserva de la biosfera reforzó la protección del entorno natural de Soroa y lo integró en un marco de conservación reconocido mundialmente, compartido con la cercana comunidad de Las Terrazas. La sierra pasó a ser un espacio protegido, con senderos, áreas de investigación y normas orientadas a compatibilizar la visita turística con la preservación del ecosistema. Soroa, con su orquideario, su cascada y sus miradores, se consolidó así como uno de los destinos de ecoturismo del occidente cubano.
Hoy Soroa combina su atractivo histórico —el orquideario, el Castillo de las Nubes, las huellas del pasado cafetalero— con la riqueza natural de la Sierra del Rosario. Para el viajero representa una escapada de naturaleza a poco más de una hora de La Habana, que suele combinarse con Las Terrazas y que ofrece una cara verde, fresca y tranquila de Cuba, muy distinta a la de las playas y las grandes ciudades. La historia de Soroa es, en buena medida, la historia de cómo la pasión por la naturaleza y la conservación transformaron un viejo paraje cafetalero en un jardín y un destino ecológico.