Mucho antes de que existieran los resorts y las sombrillas, la costa norte de Holguín, donde hoy se extiende Playa Esmeralda, fue uno de los grandes centros de población indígena de Cuba. La región estuvo densamente habitada por comunidades agrícolas y pesqueras, en especial taínas, atraídas por la abundancia de la bahía, los ríos y las tierras fértiles del interior. Esta zona es, de hecho, una de las más ricas en hallazgos arqueológicos aborígenes de todo el país.
El testimonio más extraordinario está a pocos kilómetros de la playa: el sitio de Chorro de Maíta, considerado uno de los cementerios indígenas más importantes del Caribe insular. Allí se han excavado decenas de enterramientos que han permitido reconstruir cómo vivían, qué comían y cómo trataban a sus muertos aquellas comunidades, además de hallarse objetos que revelan contactos e intercambios. Hoy un museo de sitio recrea aquella vida y exhibe parte de los hallazgos.
La cercana ciudad de Banes, conocida como 'la capital arqueológica de Cuba', alberga el célebre Museo Indocubano Baní, con una de las mejores colecciones de arqueología aborigen del país, incluido el famoso ídolo de oro (un pequeño objeto de oro guanín de manufactura indígena). Toda esta riqueza recuerda que, bajo el plácido verde de Playa Esmeralda, late un pasado precolombino profundo: la primera capa de la historia de una tierra que, siglos después, se reinventaría como paraíso turístico.
Tras la conquista española de Cuba en el siglo XVI, la región oriental, alejada de los grandes centros del poder colonial concentrados en el occidente, vivió siglos de relativa tranquilidad y aislamiento. La población indígena se redujo drásticamente por las enfermedades, el trabajo forzado y el mestizaje, y la zona quedó marcada por una economía de haciendas ganaderas, pequeños cultivos y, más tarde, plantaciones.
La costa norte de Holguín, con sus bahías recortadas —como la de Naranjo, donde se encuentra Esmeralda—, fue durante mucho tiempo un litoral apacible de pescadores, manglares y montes, lejos de las rutas principales. La provincia de Holguín, en el corazón del oriente cubano, se desarrolló sobre todo tierra adentro, en torno a la ciudad de Holguín ('la ciudad de los parques') y a una rica actividad agrícola y, en el siglo XX, agroindustrial, ligada a la caña de azúcar y al banano.
Esa larga etapa de vida rural y costera dejó a la zona de la bahía de Naranjo en un estado de notable conservación natural: playas vírgenes, arrecifes intactos y montes verdes. Precisamente ese valor paisajístico y ecológico —un litoral hermoso y poco intervenido— sería, ya entrado el siglo XX, el que atraería las miradas de quienes buscaban desarrollar un nuevo motor económico para Cuba: el turismo de playa.
El gran giro en la historia de Playa Esmeralda llegó en las últimas décadas del siglo XX, cuando Cuba —en especial tras los cambios económicos de los años noventa— apostó decididamente por el turismo internacional como fuente de divisas. La costa norte de Holguín, con su belleza natural y sus playas de aguas cristalinas, se convirtió en uno de los polos elegidos, con Guardalavaca como punta de lanza y Esmeralda como uno de sus enclaves más exclusivos.
A diferencia de los grandes desarrollos masivos, en Esmeralda y su entorno se buscó un modelo más cuidado, integrado en el Parque Natural Bahía de Naranjo, un área protegida de manglares, islotes y aguas resguardadas. Los resorts todo incluido se levantaron detrás de la franja de vegetación, procurando preservar el carácter natural de la playa. La bahía sumó atractivos como el delfinario y los paseos en barco, combinando descanso y naturaleza.
Hoy Playa Esmeralda es uno de los destinos de playa de referencia del oriente cubano, valorado por su agua verde, su entorno protegido y su ambiente tranquilo. Su historia condensa, en pocas décadas, el camino de buena parte del litoral cubano: de costa indígena y luego rural y dormida, a paraíso turístico. La cercanía de tesoros arqueológicos como Chorro de Maíta permite, además, que el visitante combine el placer de la playa con un viaje al pasado más remoto de la isla.
Pocos kilómetros al oeste de Playa Esmeralda, en la misma costa norte holguinera, se abre la bahía de Bariay, señalada por la tradición y por buena parte de los historiadores cubanos como el lugar donde Cristóbal Colón pisó por primera vez tierra cubana, el 28 de octubre de 1492, en su primer viaje. Maravillado por el paisaje, el almirante habría escrito en su diario aquella célebre frase: 'esta es la tierra más hermosa que ojos humanos vieron'. La identificación exacta del punto de desembarco se ha discutido durante siglos, pero Bariay es la candidata más aceptada y hoy alberga un parque monumental conmemorativo.
Aquel desembarco marcó el inicio del encuentro —y del choque— entre el mundo europeo y las comunidades taínas que habitaban la región, las mismas cuyos vestigios se conservan en Chorro de Maíta y Banes. En las décadas siguientes, la conquista trastocó por completo aquel universo indígena: epidemias, encomiendas y violencia diezmaron a la población originaria en apenas una o dos generaciones.
Que uno de los episodios fundacionales de la historia de América —el primer contacto en suelo cubano— ocurriera precisamente en este tramo de costa añade una dimensión histórica extraordinaria a una región hoy conocida sobre todo por sus playas. El visitante que se detiene en Esmeralda está, sin saberlo, a un paso del escenario donde empezó a escribirse la historia moderna de Cuba.
Si Playa Esmeralda tiene una historia que merece ser contada, buena parte de ella está enterrada a apenas quince kilómetros de la arena. Entre 1986 y 1988, un equipo de arqueólogos cubanos excavó en una loma cercana a Guardalavaca el sitio de El Chorro de Maíta y sacó a la luz algo excepcional: el mayor cementerio aborigen conocido de las Antillas, con 156 individuos enterrados en 111 tumbas. Nada parecido se había documentado antes en Cuba, y el hallazgo convirtió a esta esquina de Holguín en un lugar de referencia mundial para entender cómo vivían y morían los pueblos originarios del Caribe en vísperas de la conquista.
Las dataciones por radiocarbono sitúan los enterramientos entre el período prehistórico tardío y los primeros años del contacto con los europeos, es decir, justo en la bisagra entre dos mundos. Los cuerpos aparecieron en distintas posiciones —flexionados, extendidos, algunos con las manos cruzadas—, acompañados de objetos que hablan de creencias, jerarquías e intercambios: cuentas, adornos y, sobre todo, piezas de metal. Entre ellas destacan objetos de guanín y latón que, por su composición, no eran de fabricación local: revelan que estas comunidades estaban conectadas por redes de intercambio que llegaban muy lejos, incluso hasta tierra firme americana.
Pero la sorpresa mayor llegó décadas más tarde, cuando nuevas investigaciones aplicaron análisis de isótopos de estroncio y oxígeno a los dientes y huesos de los enterrados. Los resultados demostraron que varios de los individuos no eran de la zona: habían nacido lejos y migrado hasta aquí. Uno de ellos fue estudiado como un posible originario de Mesoamérica —se llegó a hablar de un 'entierro maya' en Cuba—, una hipótesis que, aun discutida, muestra hasta qué punto el Caribe precolombino era un mundo móvil y conectado, y no el conjunto de islas aisladas que durante mucho tiempo se imaginó.
Hoy El Chorro de Maíta es un museo de sitio al aire libre —Monumento Nacional de Cuba— donde los enterramientos se exhiben protegidos bajo una cubierta, junto a una Aldea Taína reconstruida que recrea la vida cotidiana de aquellos pobladores. Para el viajero que llega a Playa Esmeralda buscando sol y mar, la visita es una revelación: bajo el verde esmeralda del agua y el lujo discreto de los resorts, esta tierra guarda el archivo más completo que existe sobre los primeros cubanos, los mismos que vieron aparecer, en la vecina bahía de Bariay, las velas de las carabelas de Colón.