La historia de Playa Ancón no puede contarse aparte de la de Trinidad, la villa colonial a la que pertenece y de la que es su playa. La península de Ancón es la franja de costa caribeña que cierra por el sur la región de Trinidad, en la actual provincia de Sancti Spíritus, y su relato está entrelazado con el de esa ciudad desde la conquista española.
Trinidad fue fundada por el adelantado Diego Velázquez de Cuéllar hacia 1514, como una de las primeras villas establecidas por los españoles en Cuba (junto a Baracoa, Bayamo, Santiago, Sancti Spíritus, Camagüey y La Habana). Llamada Villa de la Santísima Trinidad, se levantó cerca de la costa sur, en una zona habitada por pueblos originarios y rica en recursos. Su cercanía al mar le daba salida natural al exterior por la zona de Ancón y la futura Casilda, su puerto.
En esos primeros tiempos, la región combinó la ganadería, el contrabando y, más tarde, el cultivo que cambiaría su destino: la caña de azúcar. La costa de Ancón, con su bahía y su salida al Caribe, fue desde el inicio el punto de contacto de Trinidad con el mar, las rutas marítimas y el comercio (legal e ilegal) que marcó buena parte de su historia colonial.
Para entender el papel de Ancón en la historia hay que mirar a Casilda, el puerto de Trinidad, situado sobre la misma bahía, en el camino hacia la playa. Desde la época colonial, Casilda fue la puerta marítima de la villa: por allí entraban las mercancías y, sobre todo, salía la riqueza de la región hacia otros puertos del Caribe, de América y de Europa.
La península de Ancón y la bahía de Casilda fueron, así, el nexo entre Trinidad y el mundo. En los siglos del auge azucarero, el azúcar producido en el cercano Valle de los Ingenios bajaba hasta este puerto para ser embarcado. El movimiento de barcos, mercancías y personas convirtió a la zona costera en un punto estratégico, también vigilado frente a la amenaza de piratas y corsarios que merodeaban las costas del Caribe.
Mientras Casilda cumplía la función portuaria y comercial, la larga playa de arena blanca de la península de Ancón permanecía como una costa más natural, de pesca y de paso al mar. Esa combinación —un puerto histórico y una playa abierta al Caribe— define todavía hoy el carácter de la zona: Casilda conserva su aire de pueblo pesquero, y Ancón, su condición de playa.
El gran momento histórico de Trinidad —y, por extensión, de su costa— llegó con el auge del azúcar entre fines del siglo XVIII y mediados del XIX. En el cercano Valle de los Ingenios (Valle de San Luis), decenas de ingenios azucareros convirtieron a la región en una de las más prósperas de Cuba. Las grandes familias trinitarias amasaron fortunas con la producción y exportación de azúcar, y con ese dinero levantaron las mansiones, iglesias y plazas que hoy hacen de Trinidad una joya colonial.
Esa prosperidad se sostuvo sobre el trabajo forzado de miles de personas africanas esclavizadas, que trabajaban en los cañaverales y los ingenios en condiciones durísimas. El Valle de los Ingenios es hoy un testimonio de aquel sistema: conserva ruinas de ingenios, casas de hacienda y torres como la de Manaca Iznaga, asociada a la vigilancia de la mano de obra esclavizada. La historia de la región es inseparable de esa realidad de esplendor y explotación.
Todo ese azúcar necesitaba salir al mar, y lo hacía por el puerto de Casilda y la zona de Ancón. La costa fue, por tanto, parte de la maquinaria económica del azúcar trinitario. Cuando, a partir de mediados del siglo XIX, la región entró en decadencia (por la competencia, las guerras de independencia y los cambios en la industria azucarera), Trinidad quedó como detenida en el tiempo, lo que paradójicamente permitió que se conservara casi intacta hasta hoy.
Tras la decadencia azucarera, Trinidad quedó al margen del desarrollo moderno durante buena parte de los siglos XIX y XX, lo que preservó su casco colonial casi sin alteraciones. Ese aislamiento, que en su momento fue una desgracia económica, se transformó con el tiempo en su mayor tesoro: una ciudad colonial detenida en el tiempo.
El reconocimiento llegó en 1988, cuando la Unesco inscribió a Trinidad y el Valle de los Ingenios en la lista del Patrimonio Mundial, por el valor excepcional de su conjunto urbano colonial y de su paisaje azucarero histórico. La distinción consolidó a Trinidad como uno de los grandes destinos turísticos de Cuba.
En ese contexto, y con el impulso del turismo en la isla durante la segunda mitad del siglo XX, la cercana Playa Ancón fue equipada con algunos hoteles para aprovechar su arena blanca y sus aguas tranquilas, convirtiéndose en la playa de referencia para los visitantes de Trinidad. Así, la antigua costa de pesca y salida al mar de la villa azucarera asumió un nuevo papel: el de balneario que complementa la visita al patrimonio colonial. Hoy, Ancón y Casilda combinan ese rol turístico con la pesca artesanal, y forman parte de la experiencia de descubrir el corazón histórico del centro de Cuba.
Más allá de la historia humana, Playa Ancón debe su atractivo a una geografía privilegiada. La península se asoma a la costa sur del centro de Cuba, sobre el mar Caribe, en una zona de aguas relativamente tranquilas y cálidas, protegidas y con arrecifes de coral cercanos a la orilla. Esa combinación de arena blanca, mar turquesa y arrecifes la convirtió en la mejor playa de la costa sur central.
Frente a la península, hacia el sur, se extiende un área de cayos y bajos coralinos, entre los que destaca Cayo Blanco de Casilda, un pequeño cayo de arena rodeado de arrecifes que es uno de los principales destinos de las excursiones náuticas de la zona. Más al sur todavía, ya en aguas más profundas, se encuentra el gran archipiélago de los Jardines de la Reina, una de las áreas marinas mejor conservadas del Caribe, célebre entre buceadores (aunque más alejada y de acceso restringido).
Esta riqueza marina —arrecifes, peces de colores, vida costera— es la base de las actividades que hoy se practican en Ancón: el snorkel desde la playa, el buceo con botellas y las salidas en catamarán a Cayo Blanco. La península conserva, además, tramos de costa natural con vegetación y palmeras, que recuerdan cómo era este litoral antes de la llegada del turismo. Naturaleza e historia se dan la mano en esta franja de arena que cierra, frente al Caribe, el relato de la villa colonial de Trinidad.