La noche del 26 de septiembre de 1876, un hombre prendió fuego a su propia casa para que ardiera junto con toda la ciudad. Era el general Vicente García, y prefería ver Las Tunas reducida a cenizas antes que dejarla intacta en manos del ejército español. De aquella decisión nació el lema que la ciudad todavía repite con orgullo: 'Quemada sí, esclava nunca'. Pocas ciudades cubanas tienen un origen de su identidad tan dramático, y para entenderlo hay que remontarse mucho más atrás, al paisaje seco donde creció el poblado.
La región de Las Tunas, en la entrada del oriente cubano, estuvo habitada por pueblos originarios antes de la llegada de los españoles. La zona se pobló de manera más tardía y dispersa que otras partes de Cuba, en un territorio de llanuras, sabanas y una de las áreas más secas del oriente, dedicada históricamente a la ganadería y la agricultura. El nombre 'Las Tunas' se asocia a la abundancia de la planta conocida como tuna o nopal (un tipo de cactus de fruto comestible), muy presente en este paisaje. Con el tiempo, el asentamiento creció y se consolidó como un punto clave en el camino del oriente, sobre la ruta que más tarde sería la Carretera Central.
La ciudad llevó durante mucho tiempo el nombre de Victoria de Las Tunas. Esa raíz —entre el paisaje del cactus y la memoria bélica— acompaña la identidad de un lugar que, andando el tiempo, se haría célebre por motivos muy distintos y luminosos: el arte de la escultura y la poesía campesina de la décima.
El gran capítulo histórico de Las Tunas se escribió durante las guerras de independencia de Cuba contra España, en la segunda mitad del siglo XIX. La región tuvo un papel destacado en la lucha mambisa, y produjo a uno de los grandes líderes independentistas del oriente: el general Vicente García González, hijo de la ciudad y figura tutelar de su memoria patriótica.
Su acción más recordada fue la toma e incendio de Las Tunas en septiembre de 1876, durante la Guerra de los Diez Años (1868-1878). Al amanecer del 23 de septiembre, con el apoyo de la población local, las tropas mambisas sorprendieron a la guarnición española y, tras unas ocho horas de combate a machete, tomaron la ciudad (entonces Victoria de Las Tunas). Sin medios para retenerla frente al inevitable contraataque, la noche del 26 de septiembre Vicente García ordenó reducirla a cenizas, empezando por su propia casa. Aquella frase suya —preferir la ciudad quemada antes que esclava— dio origen al lema tunero 'Quemada sí, esclava nunca', y emparenta la gesta con la de otras ciudades patrióticas del oriente como Bayamo.
Por todo esto, la figura de Vicente García y la lucha mambisa ocupan un lugar central en la identidad de Las Tunas. El parque principal de la ciudad lleva su nombre, el Museo Provincial rinde homenaje a su figura, y buena parte de los monumentos locales giran en torno a esa historia de resistencia. La ciudad se reconstruyó tras las guerras, conservando viva la memoria de aquella época heroica.
Junto a la memoria patriótica, hay otra tradición que define profundamente a Las Tunas: la de la décima y el repentismo, la poesía improvisada y cantada del campo cubano. Y en el centro de esa tradición está la figura de Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, conocido como 'El Cucalambé', poeta decimista cubano del siglo XIX, oriundo de la región, considerado uno de los grandes representantes de la poesía popular campesina de la isla.
El Cucalambé encarna el alma de la cultura rural cubana: la décima (estrofa de diez versos), el punto cubano (el género musical campesino), el laúd y la guitarra, y el arte de improvisar versos. Su obra y su figura se convirtieron en símbolo de esta tradición, y la región lo adoptó como uno de sus máximos referentes culturales.
En su honor se celebra cada año la Jornada Cucalambeana, la gran fiesta de la décima y la cultura campesina cubana, que reúne a repentistas, músicos y público de todo el país en torno al complejo de El Cucalambé, en las afueras de la ciudad. Esta fiesta, junto con la tradición viva de la décima en peñas y casas de cultura, ha hecho de Las Tunas un bastión de la poesía improvisada cubana, un patrimonio inmaterial profundamente arraigado en la identidad local y nacional.
Ya en el siglo XX, y especialmente en sus últimas décadas, Las Tunas desarrolló la faceta que hoy más la distingue para el visitante: la de ciudad de la escultura. Un fuerte movimiento escultórico local, impulsado por artistas de la región y por eventos y bienales dedicados a la escultura, fue poblando la ciudad de obras al aire libre, hasta ganarse el título de 'Capital de la escultura cubana'.
Monumentos, conjuntos escultóricos y piezas de diversos estilos y temáticas —patrióticas, simbólicas, abstractas— se distribuyeron por plazas, parques, avenidas y rincones, convirtiendo el espacio urbano en una suerte de museo a cielo abierto. Algunas de estas obras se transformaron en hitos y símbolos de la ciudad, reconocidos por los tuneros y por los visitantes.
Así, la Las Tunas contemporánea combina sus distintas capas de identidad: el paisaje seco y el nombre del cactus, la memoria heroica de la gesta mambisa y del general Vicente García, la tradición viva de la décima y la Jornada Cucalambeana, y la vocación escultórica que llena sus calles de arte. Capital provincial, cruce de caminos del oriente sobre la Carretera Central y puerta hacia las tranquilas playas de la costa norte, la ciudad ofrece una experiencia de la Cuba más auténtica y cultural, lejos de los grandes circuitos turísticos.