En los años 40, Ernest Hemingway navegaba estas aguas en su yate Pilar y montó un campamento de pesca en Cayo Paraíso, un islote coralino a apenas diez kilómetros de aquí, dentro del mismo archipiélago de los Colorados. Los arrecifes y el mar cristalino que enamoraron al escritor son los mismos que hoy hacen famoso a Cayo Levisa: un pedazo de Caribe tan aislado que, para llegar, todavía hay que tomar un barco. Sin pedraplén, sin carretera y sin autos, Cayo Levisa conservó casi por accidente lo que otros cayos cubanos perdieron: el silencio y la arena virgen. Cayo Levisa es uno de los numerosos islotes que forman el archipiélago de los Colorados, una larga cadena de cayos, arrecifes y bajos que se extiende frente a la costa norte de la provincia de Pinar del Río, en el extremo occidental de Cuba. Estos cayos, separados de tierra firme por aguas someras y manglares, conforman uno de los grandes sistemas insulares del norte de la isla, junto con los Jardines del Rey en el centro o los Canarreos en el sur.
A diferencia de la costa, intensamente cultivada de tabaco y otros productos en el interior de Pinar del Río, los cayos de los Colorados permanecieron al margen del desarrollo agrícola y urbano. Cubiertos de manglares y vegetación costera, rodeados de arrecifes de coral, estos islotes eran ámbito de aves marinas, peces y otra fauna, y solo recibían la visita ocasional de pescadores y navegantes que recorrían la costa norte occidental.
Cayo Levisa, en particular, es un islote pequeño, de pocos kilómetros, con la doble cara típica de estos cayos: manglares y aguas someras del lado de tierra firme, y una playa de arena blanca abierta al mar del lado norte. Esa configuración natural, sumada a los arrecifes cercanos, es la base de su valor paisajístico y de su atractivo turístico actual. La historia de Cayo Levisa es, ante todo, la historia de un rincón natural largamente preservado por su aislamiento.
Como el resto de los cayos del archipiélago de los Colorados, Cayo Levisa permaneció durante siglos prácticamente deshabitado y al margen de la historia 'mayor' de Cuba. No hubo en él asentamientos de importancia, ni plantaciones, ni puertos relevantes: su pequeño tamaño, la falta de agua dulce y su carácter de islote rodeado de manglares y bajos lo mantenían fuera del desarrollo colonial que transformaba el interior de Pinar del Río.
La relación de los seres humanos con estos cayos fue, durante mucho tiempo, la de la pesca y la navegación de cabotaje. Pescadores de la costa norte occidental frecuentaban las aguas ricas en peces alrededor de los arrecifes, y los barcos que recorrían la costa usaban los cayos como referencias o refugios ocasionales. Era un mundo de mar, manglar y arena, ajeno a las grandes transformaciones de la isla.
Ese aislamiento, que durante siglos significó marginalidad, resultó ser, con el tiempo, la clave del valor de Cayo Levisa. La escasa intervención humana permitió que el cayo conservara su playa virgen, sus manglares y los arrecifes cercanos en buen estado, justamente los atractivos que, ya en el siglo XX y XXI, lo convertirían en un destino de naturaleza y playa apreciado por su belleza y su tranquilidad.
Una nota que suele acompañar a Cayo Levisa, como a tantos lugares de mar en Cuba, es su asociación con el escritor estadounidense Ernest Hemingway. El autor de 'El viejo y el mar' vivió largos años en Cuba y fue un apasionado de la pesca de altura, que practicó intensamente en las aguas de la isla. Su figura quedó ligada para siempre al mar cubano y a numerosos parajes costeros, y la tradición turística menciona que habría frecuentado y pescado también en la zona de cayos del occidente.
Conviene tomar estas asociaciones con prudencia: el nombre de Hemingway se vincula sobre todo a otros lugares de Cuba —su casa en las afueras de La Habana, el pueblo de pescadores de Cojímar, las aguas de la corriente del Golfo donde pescaba—, y su relación concreta con Cayo Levisa pertenece más al terreno de la tradición y la promoción turística que al de la historia documentada. Aun así, el aura del escritor forma parte del relato romántico de estos cayos.
Más allá de las leyendas, lo que sí es cierto es que las aguas del archipiélago de los Colorados, ricas en peces y arrecifes, han sido siempre un buen lugar para la pesca, y que ese carácter marinero es parte de la identidad de la región. La 'sombra de Hemingway' añade un toque de mito al encanto natural de Cayo Levisa.
Uno de los rasgos que definen la identidad de Cayo Levisa es algo que no ocurrió: a diferencia de los grandes cayos turísticos del centro y oriente de Cuba —como Cayo Coco, Cayo Guillermo o Cayo Santa María—, Cayo Levisa nunca fue conectado a tierra firme mediante un pedraplén, esas largas calzadas de piedra que cruzan el mar para permitir el acceso de vehículos a los cayos.
Los pedraplenes transformaron radicalmente a los grandes cayos del centro y oriente, abriéndolos al desarrollo de extensos complejos hoteleros 'todo incluido' con capacidad para miles de turistas. Esa transformación trajo desarrollo turístico masivo, pero también un cambio profundo en el paisaje y, en algunos casos, impactos ambientales sobre la circulación del agua y los ecosistemas. Cayo Levisa, en cambio, quedó accesible únicamente por barco, lo que limitó de raíz su escala turística.
Esa diferencia es clave para entender el Cayo Levisa de hoy. Al no haber pedraplén, el cayo conservó su carácter de islote aislado, con un único y pequeño complejo de alojamiento y un ambiente tranquilo y natural, muy distinto del de los grandes resorts. Para el viajero, llegar en barco y desembarcar en una playa poco concurrida es justamente lo que distingue a Cayo Levisa: un cayo que se mantuvo a pequeña escala precisamente porque nunca se lo unió a tierra firme.
El Cayo Levisa que conocen hoy los viajeros nació con el desarrollo del turismo de naturaleza y de playa en Cuba, a fines del siglo XX y comienzos del XXI. Aprovechando su playa de arena blanca, sus aguas turquesa y los arrecifes de coral cercanos del archipiélago de los Colorados, se instaló en el cayo un pequeño complejo de cabañas con restaurante y un centro de buceo, conectado con tierra firme por el servicio de barco desde el muelle de Palma Rubia.
La apuesta fue por un turismo de escala reducida, en sintonía con el carácter aislado del cayo: no un gran resort, sino un alojamiento modesto pensado para quienes buscan playa tranquila, naturaleza y buceo. Los arrecifes frente al cayo se convirtieron en uno de los atractivos centrales, sumando Cayo Levisa al mapa de los destinos de buceo del occidente cubano, junto con la más famosa María la Gorda en la Península de Guanahacabibes.
Así, Cayo Levisa pasó de ser un islote prácticamente desconocido a un destino apreciado, especialmente como complemento de playa de los viajes por el occidente de Cuba. Muchos visitantes lo combinan con una estadía en Viñales, sumando la arena blanca y el mar turquesa a los mogotes y las vegas de tabaco del interior. La historia reciente del cayo es la de un equilibrio entre el atractivo turístico y la conservación de aquello que lo hace especial: su tranquilidad y su naturaleza casi virgen.