Pocas ciudades pueden decir que se mudaron dos veces antes de encontrar su lugar. Camagüey es una de ellas. Nació hacia 1514 como Santa María del Puerto del Príncipe, una de las siete primeras villas que el adelantado Diego Velázquez de Cuéllar plantó en Cuba durante la colonización de la isla, pero su emplazamiento original nada tenía que ver con el actual: la villa cambió de sitio varias veces antes de asentarse de forma definitiva tierra adentro, y ese origen accidentado marcó para siempre su carácter.
La villa se fundó inicialmente en la zona de la costa norte (vinculada a la bahía de Nuevitas), pero los problemas —entre ellos los ataques y las dificultades del lugar— llevaron a trasladarla. Tras una etapa intermedia, la villa se estableció finalmente, hacia 1528, tierra adentro, en su ubicación actual, junto a tierras que habían pertenecido al cacicazgo indígena de Camagüey. Ese nombre indígena de la región terminaría, con el paso de los siglos, imponiéndose popularmente al de Puerto Príncipe, hasta que la ciudad pasó a llamarse oficialmente Camagüey.
El asentamiento definitivo tierra adentro, lejos de la costa, respondía en parte a la necesidad de protegerse de los ataques marítimos. La nueva villa se desarrolló en una zona de extensas sabanas, lo que orientó su economía hacia la ganadería, y fue creciendo de un modo particular que daría lugar a una de sus señas de identidad más célebres: su trazado urbano irregular y laberíntico, distinto del de cualquier otra ciudad colonial cubana.
La característica más singular de Camagüey, y la que más fascina al visitante, es su trazado urbano. Mientras la inmensa mayoría de las ciudades coloniales hispanoamericanas se organizaron siguiendo el modelo de cuadrícula —calles rectas que se cruzan en ángulo recto en torno a una plaza central—, Camagüey creció como un laberinto de calles estrechas, curvas, torcidas y sin patrón regular, con callejones que terminan en plazuelas y se bifurcan de manera imprevisible.
La explicación más difundida y popular de este trazado tiene que ver con los piratas. La villa, pese a estar tierra adentro, sufrió ataques de corsarios y bucaneros que remontaban desde la costa; el más célebre fue el del pirata galés Henry Morgan, que asaltó y saqueó Puerto Príncipe en el siglo XVII. Según la tradición, los vecinos habrían diseñado (o reforzado) deliberadamente el trazado laberíntico de la ciudad para desorientar a los atacantes: un pirata que entrara en el dédalo de callejones quedaría perdido y a merced de los defensores, que conocían cada rincón.
Otros historiadores, más escépticos con la leyenda, atribuyen el trazado irregular simplemente a un crecimiento espontáneo y poco planificado, sin un diseño previo, condicionado por el terreno y la propiedad de las parcelas. Sea cual sea la causa real, el resultado es indiscutible: Camagüey posee uno de los conjuntos urbanos más originales de América, y ese laberinto es hoy uno de los grandes valores de la ciudad y un atractivo turístico en sí mismo.
La economía de Camagüey se asentó, durante la época colonial, en las extensas sabanas que rodean la ciudad, ideales para la ganadería. Puerto Príncipe se convirtió en una de las grandes zonas ganaderas de Cuba, y esa riqueza, junto con el comercio, sostuvo el crecimiento de una ciudad próspera, con numerosas iglesias, conventos y casonas señoriales que aún hoy conforman su patrimonio. Esa abundancia de templos le valió uno de sus apodos: la 'Ciudad de las Iglesias'.
La región, sin embargo, tenía un problema: la escasez de ríos y de agua corriente. Para resolverlo, los camagüeyanos desarrollaron una solución que terminaría convirtiéndose en su símbolo más entrañable: los tinajones. Estas enormes vasijas de barro, herederas de las tinajas españolas y fabricadas por alfareros locales, servían para recoger y almacenar el agua de lluvia en los patios de las casas. Llegaron a ser tantísimas que se transformaron en seña de identidad de la ciudad, que pasó a ser conocida también como la 'Ciudad de los Tinajones'.
En torno a los tinajones nació incluso una leyenda romántica: se dice que quien bebe el agua de un tinajón camagüeyano se queda a vivir en la ciudad, o se enamora de un camagüeyano o camagüeyana. Más allá del mito, los tinajones reflejan el ingenio de una comunidad que supo adaptarse a su entorno, y hoy adornan plazas, patios y rincones de todo el casco histórico, recordando la historia material y cotidiana de Camagüey.
Camagüey ocupa un lugar destacado en la historia de las luchas por la independencia de Cuba en el siglo XIX. La ciudad y su región fueron escenario de la Guerra de los Diez Años (1868-1878), la primera gran contienda independentista, y dieron a la causa cubana a uno de sus próceres más admirados: Ignacio Agramonte y Loynaz, conocido como 'El Mayor'.
Agramonte, abogado y patriota camagüeyano, se convirtió en uno de los principales jefes militares del Ejército Libertador en la región. Es recordado por su integridad, su valentía y por episodios legendarios, como el célebre rescate del general Julio Sanguily, en el que Agramonte, con un puñado de jinetes, liberó a su compañero capturado en una arriesgada carga de caballería. Murió en combate en 1873, joven, convirtiéndose en un mártir y símbolo de la dignidad mambisa. Su estatua ecuestre preside el parque central de Camagüey, que lleva su nombre, y su casa natal es hoy un museo.
A la tradición patriótica, Camagüey sumó una notable tradición cultural e intelectual. La ciudad es cuna del gran poeta nacional cubano Nicolás Guillén, una de las voces más importantes de la literatura en español del siglo XX, y de otras figuras de las letras y las artes. Esa combinación de heroísmo independentista y vitalidad cultural forma parte esencial de la identidad camagüeyana, una ciudad orgullosa tanto de sus mambises como de sus poetas.
Camagüey desarrolló a lo largo de los siglos XIX y XX una intensa vida cultural que la distingue dentro de Cuba. Símbolo de ese florecimiento es su Teatro Principal, una elegante sala histórica con vitrales, lámparas y decoración de aire decimonónico, que ha sido escenario de la vida artística de la ciudad y una de las salas más importantes del país. El teatro refleja el gusto y la prosperidad de la Camagüey de otras épocas y sigue siendo hoy un orgullo local.
En la segunda mitad del siglo XX, la ciudad sumó una joya cultural de proyección internacional: el Ballet de Camagüey, fundado en 1967, que se convirtió en una de las compañías de danza clásica más prestigiosas de Cuba y de América Latina, solo por detrás del célebre Ballet Nacional de Cuba. Con sede en el Teatro Principal, la compañía ha formado bailarines de primer nivel y ha llevado el nombre de Camagüey por escenarios de todo el mundo, consolidando la fama de la ciudad como un centro artístico de excepción.
A esa tradición se suman la rica vida literaria (con la herencia de Nicolás Guillén y otros), las galerías, los talleres de artistas —como el de la escultora Marta Jiménez Pérez, autora de las populares figuras de bronce de la Plaza del Carmen— y una bohemia que se respira en plazas y calles. Camagüey es, así, no solo un museo de patrimonio colonial, sino una ciudad de cultura viva, donde el arte forma parte del día a día.
El valor excepcional del casco histórico de Camagüey obtuvo el máximo reconocimiento internacional en 2008, cuando la Unesco inscribió el 'Centro histórico de Camagüey' en la Lista del Patrimonio Mundial. La distinción reconoció tanto su singular trazado urbano —ese laberinto de calles irregulares único en América, fruto de su peculiar historia— como la riqueza y autenticidad de su patrimonio arquitectónico: sus iglesias, plazas, conventos y casonas coloniales, magníficamente conservados.
La Unesco valoró a Camagüey como un ejemplo excepcional de asentamiento urbano colonial relativamente aislado del interior, que desarrolló un urbanismo y una arquitectura propios, alejados de los modelos habituales. El reconocimiento abarca un amplio conjunto del centro histórico, con sus plazas emblemáticas (San Juan de Dios, el Carmen, Agramonte), sus numerosos templos y el tejido de calles que articula todo el conjunto, junto con los tinajones que lo caracterizan.
Hoy, Camagüey combina su condición de gran ciudad del centro-oriente de Cuba con la de joya patrimonial protegida. Es a la vez una urbe viva, con su vida cultural —el Ballet, el teatro—, su economía y su gente, y un destino turístico de primer orden para quien busca patrimonio colonial auténtico, lejos de los circuitos más masificados. Perderse por su laberinto de calles, descubrir sus plazas e iglesias y dejarse atrapar por el agua de sus tinajones —como dice la leyenda— sigue siendo una de las experiencias más singulares que ofrece Cuba.