Mucho antes de que existieran Venecia o Croacia como las conocemos, la península donde hoy se levanta Zadar ya estaba habitada. Sus primeros pobladores documentados fueron los liburnos, un pueblo de la gran familia de los ilirios que dominó esta franja del Adriático desde comienzos del primer milenio antes de Cristo. Los liburnos eran célebres navegantes y comerciantes; su asentamiento, situado en una posición defensiva privilegiada sobre un istmo fácil de proteger, se llamaba Iader (o Jader), nombre en el que ya se reconoce el Zadar actual.
A partir del siglo II a.C., Roma fue extendiendo su poder por la costa dálmata. En el siglo I a.C., Iader se convirtió primero en municipio y luego en colonia romana, refundada bajo el emperador Augusto. La ciudad recibió entonces el trazado ortogonal característico de las colonias romanas, con calles en cuadrícula, murallas, un foro monumental, templos, un acueducto que traía agua desde decenas de kilómetros y todos los servicios de una urbe imperial. El foro de Zadar, mandado erigir por Augusto, llegó a ser el mayor del lado oriental del Adriático, y sus restos —columnas, basas, inscripciones— todavía se pisan hoy en pleno casco antiguo.
De aquella Iader romana proceden los cimientos literales de la ciudad medieval: siglos después, iglesias y palacios se construirían reaprovechando los sillares, columnas y aras del foro. La capa romana no desapareció: quedó debajo y dentro de todo lo que vino después, en un palimpsesto urbano que hace de Zadar una de las ciudades con historia más profunda de toda la costa croata.
Tras la caída del Imperio romano de Occidente, Zadar pasó por manos bizantinas y quedó atrapada, durante toda la Edad Media, en el forcejeo entre dos potencias: el reino húngaro-croata, al que la ciudad se sentía ligada, y la República de Venecia, que codiciaba su puerto y su posición estratégica en la ruta adriática. Zadar cambió de bando varias veces, se rebeló contra los venecianos en repetidas ocasiones y pagó cara su insistencia en la autonomía.
El episodio más célebre y oscuro llegó en 1202, en el marco de la Cuarta Cruzada. Los cruzados, reunidos en Venecia para embarcar hacia Tierra Santa, no podían pagar el enorme precio que la República les cobraba por el transporte. El dux Enrico Dandolo les propuso saldar la deuda ayudando a Venecia a someter Zadar, que en ese momento se había puesto bajo protección del rey de Hungría. Así, un ejército cruzado —que en teoría marchaba a combatir a los musulmanes— puso sitio a una ciudad católica: Zadar cayó el 24 de noviembre de 1202 y fue saqueada, pese a que sus habitantes habían colgado cruces de las murallas para recordar que eran cristianos.
El escándalo fue enorme. El papa Inocencio III, que había prohibido expresamente el ataque, llegó a excomulgar a los responsables. El asalto a Zadar es considerado por los historiadores uno de los grandes desvíos de la Cuarta Cruzada, que poco después continuaría su deriva hasta el saqueo de la propia Constantinopla cristiana en 1204. Para Zadar, 1202 significó la destrucción y el comienzo de un dominio veneciano que, con intervalos, marcaría los siglos siguientes.
Desde comienzos del siglo XV, tras nuevas guerras y una compra al rey de Hungría-Croacia, Zadar quedó firmemente en manos de la República de Venecia, que la conservaría durante casi cuatro siglos, hasta 1797. Bajo el león de San Marcos, la ciudad se convirtió en la capital administrativa de la Dalmacia veneciana y en una plaza fuerte de primer orden, la frontera del imperio frente al avance otomano por los Balcanes.
Ese papel de bastión explica buena parte de la Zadar que se ve hoy. En el siglo XVI, Venecia rodeó la ciudad de un poderoso sistema de murallas, bastiones y puertas monumentales, obra de los mejores ingenieros militares de la época, para resistir los asedios turcos. La Puerta de Tierra Firme (Kopnena vrata), del arquitecto Michele Sanmicheli, con el león alado tallado en piedra, es el símbolo de aquella Zadar amurallada. De hecho, las fortificaciones venecianas de Zadar forman parte, junto con las de otras ciudades del Adriático, de un conjunto reconocido como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Bajo Venecia florecieron también el arte y la cultura: se levantaron y decoraron iglesias, palacios y logias, se acumuló el tesoro de orfebrería sacra que hoy se admira en la exposición del Oro y la Plata, y prosperó el comercio, incluido el del maraschino, el licor de cerezas marasca que se empezó a producir de forma industrial en la ciudad en el siglo XVIII. Cuando Venecia cayó ante Napoleón en 1797, Zadar pasó brevemente a Francia y luego, durante más de un siglo, al Imperio austríaco (y austrohúngaro), como capital del Reino de Dalmacia. Fue un período de modernización lenta, con la ciudad todavía encerrada en sus murallas y con una población de croatas e italianos que convivían no sin tensiones.
El siglo XX fue especialmente duro para Zadar. Tras la Primera Guerra Mundial y la disolución de Austria-Hungría, la ciudad —conocida en italiano como Zara— quedó separada de su entorno croata: por el Tratado de Rapallo de 1920, Zara fue adjudicada al Reino de Italia como un enclave, mientras el resto de Dalmacia se integraba en el nuevo Estado yugoslavo. Durante el período de entreguerras, Zara fue una isla italiana rodeada de territorio yugoslavo, con una identidad marcada y una economía en buena medida asfixiada por esa condición fronteriza.
La tragedia mayor llegó con la Segunda Guerra Mundial. Entre finales de 1943 y 1944, tras la caída de Italia y la ocupación alemana, las fuerzas aliadas bombardearon Zara de forma repetida y devastadora. La ciudad fue atacada decenas de veces, y una parte enorme de su casco histórico —según las estimaciones más citadas, alrededor del 60 al 80 % de los edificios— quedó destruida o gravemente dañada. Zadar fue una de las ciudades europeas más arrasadas en proporción a su tamaño, y a veces se la ha llamado 'la Dresde del Adriático'. La catedral, iglesias y palacios centenarios sufrieron daños irreparables.
Al terminar la guerra, Zadar se integró en la Yugoslavia socialista de Tito. En medio de la destrucción, del cambio de soberanía y del clima de posguerra, la mayoría de la población italiana de la ciudad emigró —parte del éxodo istriano-dálmata que afectó a toda la región—, y Zadar se repobló con habitantes croatas de las zonas vecinas. La ciudad se reconstruyó lentamente en las décadas siguientes, combinando la restauración de sus monumentos con arquitectura moderna en los solares arrasados. Este capítulo, sensible y todavía presente en la memoria de la región, se cuenta hoy de forma sobria y factual, sin borrar el sufrimiento de ninguna de las comunidades implicadas.
Cuando Croacia declaró su independencia de Yugoslavia en 1991, Zadar volvió a quedar en primera línea. La región tenía una importante población serbia en su interior, y con el estallido de la Guerra de Independencia croata (1991-1995) el conflicto llegó rápidamente a las puertas de la ciudad. En el otoño de 1991, unidades del Ejército Popular Yugoslavo y fuerzas serbias avanzaron sobre Zadar y la sometieron a bombardeos; durante un tiempo, la ciudad quedó prácticamente aislada por tierra del resto de Croacia, con el corredor hacia Zagreb cortado y el suministro de agua y energía comprometido.
Ese mismo año, la tensión interétnica también se hizo sentir dentro de la ciudad: hubo episodios de violencia y ataques contra propiedades de vecinos serbios, en un clima de miedo y represalias que forma parte, igual que los bombardeos, de la memoria dolorosa de aquellos meses. La zona de Zadar fue escenario de combates y de líneas de frente durante buena parte de la guerra, hasta que las operaciones militares croatas de 1993 y, sobre todo, la ofensiva 'Tormenta' (Oluja) de 1995 restablecieron el control croata sobre la región y pusieron fin al aislamiento de la ciudad.
La guerra dejó heridas humanas y materiales, desplazamientos de población en ambos sentidos y un largo trabajo posterior de reconstrucción y reconciliación. Estos hechos se relatan aquí de manera factual y con fuentes, sin tomar partido étnico: fueron años de sufrimiento para civiles de distintas comunidades, y su recuerdo sigue siendo delicado.
Desde el fin del conflicto, Zadar renació con fuerza. La entrada de Croacia en la Unión Europea (2013), en la eurozona y en el espacio Schengen (ambos en 2023) acompañó un auge turístico notable. Las instalaciones contemporáneas del arquitecto Nikola Bašić —el Órgano del Mar (2005) y el Saludo al Sol (2008)— reinventaron el frente marítimo y le dieron a la ciudad una nueva identidad, moderna y luminosa, que convive con sus muchas capas de historia. Hoy Zadar es una de las ciudades más dinámicas y visitadas de la costa croata, orgullosa por igual de su foro romano, su iglesia circular de San Donato y su música hecha con las olas.