Antes de ser la ciudad veneciana de piedra dorada que hoy admira el mundo, Trogir fue una colonia griega. A fines del siglo III a.C., colonos dorios procedentes de Issa —la actual Vis, una isla del Adriático que a su vez había sido fundada por Siracusa— establecieron un puerto comercial en un islote frente a la costa iliria y lo llamaron Tragurion. El nombre venía del griego: 'tragos' (macho cabrío) y 'oros' (monte o colina), es decir, algo así como 'el promontorio de las cabras', quizá por los rebaños que pastaban en las lomas cercanas.
La elección del sitio fue astuta y define a Trogir hasta hoy: un islote entre el continente y la isla de Čiovo, protegido, fácil de defender y con un canal navegable a cada lado. Los griegos trazaron la ciudad con el característico plano ortogonal helenístico, una cuadrícula de calles que se cortan en ángulo recto en torno a dos ejes principales. Lo asombroso es que ese trazado de hace más de 2.200 años todavía se reconoce en el laberinto del casco antiguo: caminar por Trogir es pisar, literalmente, el plano griego original, una continuidad urbana rarísima en Europa.
Tragurion prosperó como emporio: comerciaba vino, aceite y cerámica, y servía de escala en las rutas del Adriático. Su época de máximo protagonismo, sin embargo, sería relativamente breve, porque muy cerca crecía una rival que terminaría por eclipsarla.
Con la expansión de Roma por la costa dálmata, Tragurion quedó integrada en el mundo romano. En el siglo I d.C. se convirtió en municipio con el nombre latino de Tragurium (Tragurium Civium Romanorum), vinculado administrativamente a la gran capital provincial de la región: Salona, la enorme ciudad romana situada junto a la actual Split. El propio emperador Diocleciano, oriundo de la zona, levantaría a pocos kilómetros su célebre palacio de retiro, el núcleo alrededor del cual nacería Split.
La prosperidad arrolladora de Salona le quitó importancia a Tragurium, que quedó como una población menor a su sombra. Pero la historia dio un giro: entre los siglos VI y VII, las invasiones de ávaros y eslavos arrasaron Salona (destruida hacia el año 614-641). Sus habitantes huyeron, y buena parte de ellos se refugió precisamente en Tragurion y en el palacio de Diocleciano. Aquella catástrofe de la gran capital fue, paradójicamente, la salvación de la pequeña Trogir: recibió población, siguió habitada sin interrupción y conservó su vida urbana cuando tantas ciudades antiguas desaparecían.
Esa continuidad ininterrumpida —del asentamiento griego al romano y de este al medieval, sin abandono— es uno de los rasgos que hacen única a Trogir. Un eco lejano y curioso de esa herencia antigua es el relieve del dios Kairós, la personificación griega del 'momento oportuno', que todavía se conserva en un convento de la ciudad y que Trogir adoptó como símbolo, llamándose a sí misma con orgullo 'la ciudad del instante propicio'. Otro guiño a la Antigüedad llegaría mucho después: hacia 1650 se descubrió en Trogir un manuscrito del 'Satiricón' del autor romano Petronio, el célebre 'Codex Traguriensis', que contenía la 'Cena de Trimalción', uno de los grandes textos de la literatura latina.
Tras la Antigüedad, Trogir entró en la órbita de los nuevos pobladores eslavos y del reino croata que se formaba en la región, sin dejar de mirar hacia Bizancio y hacia el otro lado del Adriático, Venecia. Pagó tributo a los gobernantes croatas y al Imperio bizantino a partir del siglo IX, y en el XI se estableció la diócesis (obispado) de Trogir, señal de su peso religioso y urbano.
En 1107, el rey Colomán de Hungría —que había unido las coronas de Hungría y Croacia— otorgó a Trogir una carta que le garantizaba amplia autonomía como comuna: la ciudad se gobernaba a sí misma a cambio de reconocer al soberano. Fue un modelo que las ciudades dálmatas defenderían con uñas y dientes durante siglos. No todo fue tranquilo: en 1123 los sarracenos atacaron y arrasaron casi por completo la ciudad. Pero Trogir se recuperó y vivió entonces su mayor esplendor medieval, en los siglos XII y XIII, con un intenso comercio marítimo y un florecimiento artístico.
El símbolo de aquella edad de oro es la catedral de San Lorenzo, cuya construcción comenzó en 1213 sobre las ruinas de un templo anterior destruido por los sarracenos. Y en 1240, el maestro local Radovan esculpió y firmó el gran portal oeste de la catedral: una obra maestra románica, riquísima en escenas de la vida de Cristo, los meses del año, escenas de caza y las figuras de Adán y Eva sobre dos leones. El portal de Radovan es considerado la portada medieval más importante de esta parte de Europa, y el hecho de que el artista lo firmara con su nombre —algo excepcional en la Edad Media— revela el orgullo de una ciudad culta y próspera. En esos siglos la poderosa familia Šubić ejerció con frecuencia el gobierno de la comuna, y en 1242 el rey Bela IV de Hungría se refugió en Trogir huyendo de la invasión mongola.
En 1420, tras décadas de pujas entre Hungría, Venecia y las propias ciudades dálmatas, la República de Venecia impuso su dominio sobre Trogir, que pasaría a llamarse en italiano Traù. Comenzaban casi cuatro siglos de gobierno veneciano (1420-1797) que moldearon para siempre el rostro de la ciudad.
Venecia gobernaba a través de un rector y controlaba el comercio, pero también dejó su marca en piedra. De esta época son las murallas y puertas que aún se conservan, el castillo Kamerlengo (levantado hacia 1420-1437 para alojar la guarnición y controlar el puerto; su nombre viene del 'camerlengo', el funcionario que administraba las finanzas) y la torre de San Marcos, con el león alado símbolo de la Serenísima. La ciudad se llenó de palacios de su aristocracia, entre los que destaca el conjunto de los palacios Cipiko (Cippico), frente a la catedral, con sus bellísimas ventanas góticas caladas: la familia Cipiko llegó a ocupar toda una manzana junto a la plaza mayor.
En los talleres de Trogir trabajaron grandes maestros del Renacimiento adriático, como Niccolò Fiorentino (Nikola Firentinac) y Andrea Alessi (Andrija Aleši), autores de joyas como la Capilla del Beato Juan de Trogir, dentro de la catedral, con sus ángeles de mármol. Así, sobre el trazado griego y las iglesias románicas se fueron superponiendo capas renacentistas y barrocas, hasta componer el conjunto armonioso que hoy se ve. La vida bajo Venecia no siempre fue plácida —hubo tensiones sociales, epidemias de peste (a las que se debe, por ejemplo, la iglesia votiva de San Sebastián en la plaza) y la constante amenaza otomana en el interior—, pero fue la época que definió la personalidad artística de Trogir.
En 1797, con el Tratado de Campoformio, la milenaria República de Venecia se derrumbó ante Napoleón, y Trogir —como toda Dalmacia— pasó a manos de los Habsburgo austríacos. Hubo un breve paréntesis napoleónico: entre 1806 y 1814 la ciudad quedó integrada primero en el Reino napoleónico de Italia y luego en las Provincias Ilirias francesas, de cuya época data el pequeño templete o 'gloriet' junto al Kamerlengo, dedicado al mariscal francés Marmont. Terminadas las guerras napoleónicas, Trogir volvió al Imperio austríaco (luego austrohúngaro), bajo el cual permaneció, ya como tranquila ciudad provincial, hasta 1918.
Tras la Primera Guerra Mundial y el fin del Imperio austrohúngaro, Trogir se integró en el nuevo Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, que pronto se llamaría Yugoslavia. La Segunda Guerra Mundial fue especialmente dura para la Dalmacia costera: entre 1941 y 1943 Trogir fue anexionada por la Italia fascista dentro del Gobernorato de Dalmacia, y después quedó bajo el Estado Independiente Croata bajo supervisión alemana. Los partisanos de Tito liberaron la ciudad definitivamente el 27 de octubre de 1944. Terminada la guerra, Trogir formó parte de la Yugoslavia socialista.
Con la desintegración de Yugoslavia y la declaración de independencia de Croacia en 1991, Trogir pasó a integrar la nueva República de Croacia. A diferencia de otras zonas del país, la ciudad no sufrió combates directos durante la guerra de independencia. En 1997, la UNESCO inscribió el centro histórico de Trogir en la lista del Patrimonio de la Humanidad, reconociéndolo como uno de los conjuntos románico-góticos mejor conservados no solo del Adriático, sino de toda Europa central, con su trazado que se remonta a la época helenística y su continuidad urbana de más de 2.300 años. Hoy Trogir es una pequeña ciudad de unos 10.000 habitantes que vive del turismo y del mar, y que en 2023, junto con toda Croacia, adoptó el euro e ingresó plenamente en el espacio Schengen europeo.