Casi todas las ciudades nacen y después construyen sus monumentos. Split hizo lo contrario: primero existió el monumento, y la ciudad creció dentro de él. Ese monumento es el palacio que un emperador romano se mandó construir para dejar de ser emperador.
En el lugar donde hoy está Split hubo primero una modesta colonia griega llamada Aspálathos, fundada hacia los siglos IV-III a.C. por colonos de la isla de Vis (Issa). Pero la gran ciudad de la zona era otra: Salona, a pocos kilómetros, capital de la provincia romana de Dalmacia, con unos 60.000 habitantes. Y de Salona, o de sus cercanías, era originario Diocleciano, un militar de origen humilde que llegó a lo más alto: emperador de Roma entre los años 284 y 305.
Diocleciano fue una figura enorme y contradictoria. Reorganizó por completo un Imperio en crisis, lo dividió para gobernarlo mejor (la Tetrarquía) y estabilizó sus fronteras. Pero también protagonizó, a partir del año 303, la última y más brutal persecución de los cristianos de la historia romana, la llamada 'Gran Persecución'. Y, sobre todo, hizo algo que ningún otro emperador romano hizo por voluntad propia: abdicó. En el año 305 dejó el poder y se retiró a vivir, según la célebre anécdota, a cultivar sus huertas y sus repollos.
Para ese retiro se había hecho construir, a comienzos del siglo IV, un colosal palacio-fortaleza junto a la costa, cerca de su Salona natal, en la bahía de Aspálathos. No era una simple villa: ocupaba unos 30.000 m², con murallas, torres, cuatro grandes puertas, templos, un mausoleo para su propia tumba y aposentos imperiales asomados al mar. Allí murió Diocleciano hacia el año 311, ya como emperador retirado, viendo cómo su obra política —la Tetrarquía— se desmoronaba en guerras civiles. El palacio quedó como residencia imperial ocasional; en él pasó sus últimos días, alrededor del 480, Julio Nepote, uno de los últimos emperadores del Imperio romano de Occidente.
Durante casi tres siglos, el palacio de Diocleciano fue un edificio grandioso pero secundario, a la sombra de la vecina y populosa Salona. Lo que lo convirtió en ciudad fue una catástrofe.
En el siglo VII, oleadas de ávaros y de tribus eslavas arrasaron la costa dálmata. Hacia el año 639 (las fechas exactas se discuten, pero el hecho es cierto), Salona fue saqueada y destruida. Sus habitantes, aterrorizados, huyeron: unos a las islas cercanas, otros buscaron el refugio más seguro que había a mano. Y ese refugio eran las murallas macizas del viejo palacio abandonado de Diocleciano.
Así, alrededor de mediados del siglo VII, los refugiados de Salona se instalaron dentro del palacio. Montaron sus casas entre las columnas, dividieron los salones imperiales, ocuparon las torres, transformaron los templos. El mausoleo pagano de Diocleciano lo convirtieron en catedral cristiana —una ironía perfecta, ya que se la dedicaron a San Duje (Domnio), un obispo de Salona martirizado durante las propias persecuciones de Diocleciano—. El pequeño templo de Júpiter pasó a ser baptisterio. La fortaleza de un emperador se volvió, sin planificarlo, el casco de una ciudad medieval. La llamaron Spalatum, y de ahí viene Split.
Esta es la razón por la que Split es único en el mundo: no es una ruina romana que se visita detrás de un cordón, sino un palacio antiguo que nunca dejó de estar habitado, capa sobre capa, durante mil trescientos años. Todavía hoy viven unas 3.000 personas dentro de sus muros. Split creció bajo la órbita de Bizancio, administrada a distancia, mientras en el interior surgía en el siglo X el reino medieval de Croacia. En 1214, el artesano Andrija Buvina tallaba las famosas puertas de madera de la catedral; en 1100 se levantaba el campanario que aún hoy es el símbolo de la ciudad. Split se hacía, ladrillo a ladrillo cristiano, sobre los huesos de piedra de Roma.
Durante la Edad Media, Split fue una ciudad disputada entre Bizancio, el reino de Hungría-Croacia y la creciente potencia del Adriático: la República de Venecia. Tras siglos de tira y afloja, Venecia se hizo con el control definitivo de Split en 1420, y lo mantuvo casi cuatro siglos, hasta 1797.
Bajo el 'león de San Marcos', Split fue un puerto importante y una plaza fronteriza. Su función era estratégica: por el paso de Klis, montañas arriba, pasaban las rutas comerciales que conectaban la costa veneciana con el vasto Imperio otomano que dominaba el interior de los Balcanes. Esa cercanía con el frente turco marcó la vida de la ciudad, que reforzó sus murallas y vivió en tensión permanente. En 1537 caía Klis, la fortaleza que guardaba el desfiladero, tras la muerte de su capitán Petar Kružić, y los otomanos quedaban a las puertas de Split.
A pesar de las guerras, la cultura floreció. En Split vivió y escribió Marko Marulić (1450-1524), considerado el padre de la literatura croata: su poema épico 'Judita' (1501), escrito en croata, es una piedra fundacional de la lengua. La ciudad, de mayoría croata, conservaba un poso de la vieja cultura dálmata romance.
El fin de Venecia llegó con Napoleón: el Tratado de Campo Formio (1797) entregó Dalmacia a los Habsburgo de Austria. Siguió un breve y agitado paréntesis napoleónico —Split fue parte del Reino de Italia y de las Provincias Ilirias francesas, que modernizaron la ciudad, derribaron murallas y abrieron calles—, hasta que el Congreso de Viena (1815) confirmó a Split y toda Dalmacia bajo el Imperio austríaco. Durante el siglo XIX, como parte del Reino de Dalmacia, la ciudad vivió el despertar del nacionalismo: se enfrentaron los partidarios de la unión con Croacia y los autonomistas de tendencia italiana, en una pugna cultural y política que anticipaba los conflictos del siglo siguiente.
Con el fin de la Primera Guerra Mundial y la caída del Imperio austrohúngaro en 1918, Split pasó a formar parte del nuevo Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, que en 1929 se llamaría Yugoslavia. Como las cercanas Rijeka, Trieste y Zadar habían quedado en manos italianas, Split se convirtió en el puerto más importante del reino, y en 1925 el ferrocarril de Lika lo conectó por fin con el interior.
La Segunda Guerra Mundial fue especialmente dura. Tras la invasión del Eje en 1941, Split fue ocupada y anexada por la Italia fascista, que la incorporó a su 'Provincia de Spalato'. La ciudad, de fuerte identidad croata y antifascista, resistió: surgieron grupos partisanos, y hasta el club de fútbol Hajduk se sumó a la resistencia. Tras la capitulación italiana de 1943, la ocupó la Alemania nazi, con episodios de gran violencia. Finalmente, los partisanos de Josip Broz 'Tito' liberaron Split el 26 de octubre de 1944, y la ciudad llegó a ser capital provisional de la Croacia liberada.
En la Yugoslavia socialista de Tito (1945-1991), Split vivió su mayor expansión: su población se triplicó, se industrializó (sobre todo con los astilleros), acogió los Juegos del Mediterráneo de 1979 —para los que se construyó el estadio de Poljud— y albergó la sede de la Marina yugoslava, convirtiéndose en el mayor puerto de pasajeros y militar del país.
El desenlace llegó con la desintegración de Yugoslavia. Croacia declaró su independencia en 1991 y estalló la guerra. Split, aunque no sufrió combates urbanos como Vukovar o Dubrovnik, vivió momentos de tensión extrema: todavía tenía dentro cuarteles y buques de la Marina yugoslava. El episodio más grave ocurrió el 15 de noviembre de 1991, cuando la fragata 'Split' de la Marina yugoslava bombardeó la propia ciudad que le daba nombre, causando daños y algunas víctimas. Para enero de 1992, las fuerzas yugoslavas habían evacuado sus instalaciones. Es una historia reciente, que conviene contar con sobriedad y sin sensacionalismo: la guerra de independencia (1991-1995) dejó una huella profunda en toda Croacia, y Split fue retaguardia, refugio y puerto clave del esfuerzo bélico croata.
El reconocimiento del valor excepcional de Split había llegado ya en 1979, cuando la UNESCO inscribió el 'complejo histórico de Split con el Palacio de Diocleciano' en la lista del Patrimonio de la Humanidad. Lo que se protege no es solo un edificio antiguo, sino la extraordinaria continuidad de vida dentro de él: un palacio romano del siglo IV que, dieciocho siglos después, sigue siendo un barrio con vecinos, bares, iglesias y ropa tendida.
Tras la recesión de los años noventa, Split se reinventó a partir del año 2000 apostando por el turismo. Hoy es la segunda ciudad de Croacia, el gran nudo de transporte del sur —con su aeropuerto, sus autopistas y el mayor puerto de ferries del país— y la puerta de entrada a las islas dálmatas: Brač, Hvar, Vis, Korčula. Recibe más de un millón de visitantes al año, y la fama mundial de series como Juego de Tronos (rodada en el palacio y en la cercana fortaleza de Klis) multiplicó su atractivo.
Ese éxito trae su reverso: en julio y agosto, el casco antiguo puede sentirse desbordado por el turismo y los cruceros, un fenómeno de saturación que la ciudad intenta gestionar. Pero Split sigue siendo, por encima de todo, una ciudad mediterránea auténtica: la de la Riva al atardecer, el café que dura horas, el pescado a la brasa, el Hajduk que enloquece a sus hinchas y la colina de Marjan como refugio verde. Un lugar donde la historia no está en una vitrina, sino bajo los pies, en las paredes y en la vida cotidiana de quienes, sin saberlo, habitan el palacio de un emperador romano.