Rovinj nació, como muchas ciudades del Adriático, sobre una isla cercana a la costa, una ubicación que ofrecía protección natural frente a los ataques por tierra. Esa antigua isla es hoy el casco histórico de la ciudad, ya unido al continente, pero durante la mayor parte de su historia Rovinj fue literalmente una población insular, apretada y amurallada, mirando al mar por todos lados.
La región de Istria estuvo habitada desde tiempos prehistóricos por los histri, pueblo que dio nombre a la península, y fue incorporada al mundo romano, que dejó su huella en toda la zona. El nombre antiguo de Rovinj aparece en fuentes como Ruvigno o Ruginium, y se cree que el asentamiento se desarrolló a partir de la época romana tardía y altomedieval. Tras la caída del Imperio romano de Occidente, Istria pasó por la órbita de distintos poderes, incluido el Imperio bizantino, que controló buena parte del Adriático y dejó su impronta en el arte y la organización eclesiástica de la región.
Durante la alta Edad Media, Rovinj fue creciendo como comunidad de pescadores y marinos en su isla, desarrollando una identidad propia y una fuerte devoción religiosa. Como tantos puntos de la costa istriana y dálmata, su destino estuvo siempre ligado al mar y a las potencias que dominaban el Adriático, en una sucesión de soberanías que culminaría con la llegada del poder que más profundamente marcaría su carácter: la República de Venecia.
Pocas ciudades tienen una historia fundacional espiritual tan poética como Rovinj. Su patrona es Santa Eufemia, una mártir cristiana de Calcedonia (en la actual Turquía) que, según la tradición, fue martirizada a comienzos del siglo IV durante las persecuciones romanas, arrojada a las fieras pero salvada milagrosamente. Sus reliquias se veneraban en Oriente y luego en Constantinopla.
La leyenda rovinjesa cuenta que, en torno al año 800, durante los conflictos religiosos que sacudían al Imperio bizantino (el período iconoclasta), el pesado sarcófago de mármol con los restos de la santa desapareció y, tras una tormenta, apareció flotando milagrosamente en el mar frente a las costas de Rovinj. Los habitantes, asombrados, intentaron subir el sarcófago a la colina sin conseguirlo, hasta que —según el relato— un niño con dos terneros logró arrastrarlo sin esfuerzo hasta lo alto, donde hoy se levanta la iglesia que lleva su nombre. Desde entonces, Santa Eufemia es la protectora de la ciudad.
Esta historia, mezcla de fe y leyenda, está en el corazón de la identidad rovinjesa. Sus reliquias se conservan en un sarcófago dentro de la gran iglesia barroca que corona el casco antiguo, y cada 16 de septiembre, día de la santa, la ciudad celebra su fiesta mayor con peregrinos y devoción popular. La figura de la santa coronando el campanario, girando como veleta con el viento, vela simbólicamente sobre Rovinj y su gente de mar.
El período que más profundamente moldeó a Rovinj fue el de la República de Venecia. A partir de 1283, la ciudad quedó bajo la soberanía de la Serenísima, a la que perteneció durante más de cinco siglos, hasta la caída de Venecia en 1797 a manos de Napoleón. Ese largo dominio veneciano definió prácticamente todo lo que hoy reconocemos como la identidad rovinjesa.
Bajo Venecia, Rovinj prosperó como puerto pesquero y comercial. Su arquitectura adoptó las formas venecianas que aún vemos en sus casas, palacios, ventanas y en el propio campanario de Santa Eufemia, inspirado en el de San Marcos. La lengua que se impuso fue un dialecto véneto, el istrioto o istrioveneto, que todavía pervive en parte y que convive con el croata. El símbolo del león alado de San Marcos, emblema de Venecia, quedó esculpido en puertas y edificios, como el Arco de los Balbi. La ciudad creció tanto sobre su pequeña isla que las casas se fueron apretando y elevando, dando lugar al laberinto vertical de callejuelas que la caracteriza.
Un momento clave de la transformación urbana llegó en 1763, cuando se rellenó el estrecho canal que separaba la isla del continente, uniendo definitivamente el casco antiguo a tierra firme. Para entonces, Rovinj era una de las localidades más pobladas de Istria, un próspero centro pesquero y de comercio marítimo. La caída de la República de Venecia en 1797, en el marco de las guerras napoleónicas, cerró esta larga etapa y abrió un período de cambios de soberanía que continuarían en el siglo XIX.
Tras la caída de Venecia y el breve paréntesis del dominio napoleónico, Rovinj —junto con toda Istria— pasó a formar parte del Imperio austríaco, luego austrohúngaro, en el que permanecería durante todo el siglo XIX y hasta la Primera Guerra Mundial. Bajo el águila de los Habsburgo, la ciudad vivió una etapa de modernización y desarrollo económico que la transformó de villa pesquera veneciana en un activo centro portuario e industrial.
En el siglo XIX, Rovinj se convirtió en un importante puerto del Adriático norte y desarrolló industrias notables. La más célebre fue la del tabaco: la gran fábrica de cigarrillos de Rovinj (la Manifattura Tabacchi) fue una de las mayores de la región y dio empleo a buena parte de la población durante generaciones. También floreció la industria conservera (pescado en lata) y otras actividades ligadas al mar y al comercio. La ciudad creció más allá de su antiguo perímetro insular, extendiéndose por el continente.
Fue además en esta época cuando comenzó a despuntar el atractivo de Rovinj y su entorno como destino de descanso. El barón Georg Hütterott adquirió a finales del siglo XIX las islas frente a la ciudad y la zona de Punta Corrente (Zlatni Rt) con la idea de crear un balneario de élite al estilo de los grandes destinos de moda del Imperio, y plantó allí el bosque de especies mediterráneas que hoy forma el parque. Aunque su proyecto no se completó del todo, sembró la semilla del futuro turístico de Rovinj.
El siglo XX trajo a Rovinj y a toda Istria una sucesión de cambios de soberanía dramáticos y dolorosos. Tras la Primera Guerra Mundial y la disolución del Imperio austrohúngaro, Istria —incluida Rovinj— pasó a formar parte del Reino de Italia. Durante el período de entreguerras, bajo el dominio italiano y luego el fascismo, se reforzó el carácter italiano de la ciudad y se aplicaron políticas de italianización que afectaron a la población de habla croata y eslava.
La Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias volvieron a cambiarlo todo. Tras el conflicto, en virtud de los tratados de paz, Istria pasó a integrarse en la Yugoslavia socialista de Tito. Este cambio de soberanía, junto con el clima político y las tensiones étnicas, provocó el llamado éxodo istriano-dálmata: la emigración masiva de gran parte de la población italiana de Istria, Rijeka y Dalmacia hacia Italia, entre finales de los años cuarenta y los cincuenta. Rovinj, que había sido una ciudad de mayoría italiana, vio partir a muchos de sus habitantes históricos, en un episodio que dejó una herida profunda y cambió para siempre la composición de la población.
A pesar de ello, Rovinj conservó su carácter bilingüe y buena parte de su herencia italiana, reconocida oficialmente: la ciudad mantiene hoy el croata y el italiano como lenguas, con señalización y nombres bilingües y una comunidad italiana activa. Bajo la Yugoslavia socialista, además, Rovinj empezó a desarrollar el turismo que, décadas más tarde, se convertiría en su principal motor económico.
Con la disolución de Yugoslavia y la independencia de Croacia en 1991, Rovinj quedó integrada en el nuevo Estado croata, manteniendo su estatus oficial bilingüe croata-italiano, un reflejo de su larga historia compartida. A diferencia de otras zonas del país, Istria quedó relativamente al margen de los combates de la Guerra de Independencia, lo que le permitió desarrollar su economía turística con cierta continuidad.
En las décadas siguientes, y especialmente a partir de los años 2000, Rovinj se transformó en uno de los grandes destinos turísticos del Adriático y en la joya turística de Istria. Su casco antiguo intacto, su atmósfera romántica, su gastronomía de primer nivel (pescado, trufas, vinos y aceites istrianos) y su cuidada oferta hotelera —que incluye hoteles de lujo y de diseño— la convirtieron en un destino de prestigio internacional, frecuentado tanto por el turismo de masas en verano como por viajeros que buscan algo más sofisticado.
Hoy Rovinj equilibra su éxito turístico con la conservación de su patrimonio y su identidad. La ciudad sigue siendo un puerto pesquero vivo, mantiene sus tradiciones (como la barca típica batana, reconocida por la Unesco como patrimonio cultural inmaterial, con su propio ecomuseo) y cuida su entorno natural protegido. Para el viajero, Rovinj es la síntesis perfecta de la Croacia mediterránea: historia veneciana, alma italiana, mar Adriático y una belleza que justifica por sí sola un viaje a Istria.