Los orígenes de Pula se pierden entre la historia y el mito. La leyenda más célebre la vincula con el ciclo griego de Jasón y los argonautas: según el relato, los colcos que perseguían a Jasón para recuperar el vellocino de oro, al no poder darle alcance, no se atrevieron a regresar con las manos vacías ante el rey Eetes y fundaron una ciudad a la que llamaron Polai, que en su lengua significaría 'ciudad de refugio' o 'asilo'. Es solo una leyenda, pero da idea de la antigüedad que los propios habitantes atribuían a su ciudad.
La historia documentada arranca con los histri, el pueblo de origen ilirio que habitaba la península y que le dio su nombre: Istria. Los histri tenían sus asentamientos fortificados (castellieri) en las colinas y se dedicaban a la agricultura, la ganadería y, según las fuentes romanas, también a la piratería en el Adriático. La colina donde hoy se levanta el Kaštel de Pula ya estaba habitada en aquella época, en una posición estratégica sobre una bahía naturalmente protegida.
Esa bahía, uno de los mejores puertos naturales del Adriático, sería la clave del destino de Pula durante los siglos siguientes. Su abrigo seguro la convirtió primero en una codiciada plaza para Roma y, mucho más tarde, en la base ideal para la flota de guerra del Imperio austrohúngaro. La geografía marcó, desde el principio, la vocación marítima y militar de la ciudad.
Roma sometió a los histri en el siglo II a.C., y la región quedó integrada en el mundo romano. Pula se convirtió en colonia, probablemente en tiempos de Julio César o de Augusto, con el nombre de Colonia Pietas Iulia Pola Pollentia Herculanea. Bajo la paz romana, y especialmente durante el reinado del emperador Augusto, la ciudad vivió su primera gran edad de oro: se trazó un urbanismo regular en torno al Foro, se construyeron templos, teatros, murallas y, sobre todo, el gran anfiteatro.
La Arena de Pula, levantada entre los siglos I a.C. y I d.C. y ampliada bajo el emperador Vespasiano, es el testimonio más espectacular de esa época: un anfiteatro para más de 20.000 espectadores, donde se celebraban combates de gladiadores y cacerías de fieras. De la misma etapa son el Templo de Augusto, dedicado a la diosa Roma y al emperador, y el Arco de los Sergii, erigido por una familia local destacada. La ciudad llegó a contar con varios miles de habitantes y fue un activo puerto comercial, exportando vino, aceite de oliva y piedra istriana.
La piedra caliza de Istria, blanca y resistente, fue uno de los grandes productos de la región: con ella se construyeron no solo los monumentos de Pula, sino que siglos después se usaría también en Venecia. Tras la crisis del Imperio, Pula pasó a la órbita bizantina y luego a manos de distintos poderes, pero la herencia romana quedó marcada para siempre en su paisaje urbano, hasta el punto de que hoy es una de las ciudades con más y mejores monumentos romanos del Adriático.
Tras la caída del Imperio romano de Occidente, Pula y toda Istria pasaron por manos sucesivas: los ostrogodos, el Imperio bizantino (que dejó su huella en los mosaicos y basílicas de la región), los lombardos y los francos. Durante la Alta Edad Media, la ciudad mantuvo cierta importancia como sede episcopal y puerto, aunque muy lejos de su esplendor romano. La inestabilidad y las luchas de poder marcaron estos siglos.
A partir de la Baja Edad Media, Istria se convirtió en escenario de disputa entre los grandes poderes del norte del Adriático: por un lado, el Patriarcado de Aquileia y los señores feudales; por otro, la pujante República de Venecia, que necesitaba controlar la costa istriana para asegurar sus rutas marítimas y abastecerse de piedra, madera, sal, vino y aceite. Pula cayó definitivamente bajo dominio veneciano y permaneció en la órbita de la Serenísima durante siglos, hasta la caída de la República en 1797.
El dominio veneciano, sin embargo, no trajo prosperidad a Pula. Al contrario: la ciudad sufrió un largo declive. Las guerras, los saqueos (incluido el de los genoveses, rivales de Venecia) y, sobre todo, las repetidas epidemias de peste y de malaria diezmaron su población, que llegó a reducirse a unos pocos miles de habitantes. Los venecianos llegaron incluso a desmontar bloques de los monumentos romanos para llevarlos a Venecia. De aquella época queda, no obstante, la fortaleza del Kaštel, construida en el siglo XVII para defender el puerto. Pula entró en la era moderna como una ciudad empobrecida y semivacía, a la espera de un renacimiento que llegaría de la mano de un nuevo imperio.
El renacimiento de Pula llegó en 1856, cuando el Imperio austríaco (luego austrohúngaro) decidió convertir su excelente puerto natural en la principal base de su Armada de guerra, la k.u.k. Kriegsmarine. Aquella decisión transformó por completo a la ciudad: en pocas décadas, Pula pasó de ser un pueblo decadente de unos pocos miles de habitantes a una pujante ciudad militar e industrial de decenas de miles de personas.
Se construyeron enormes astilleros (el Arsenal), fortificaciones por toda la bahía, cuarteles, hospitales, un observatorio naval, barrios enteros para oficiales y obreros, y edificios públicos de estilo imperial. La población se multiplicó y se volvió cosmopolita, con croatas, italianos, austríacos, húngaros y gente de todo el imperio conviviendo en la ciudad. Pula se convirtió en uno de los grandes puertos militares de Europa y en el orgullo naval de Austria-Hungría.
De esta época cosmopolita es uno de los episodios más curiosos de la historia de la ciudad: en 1904-1905, el joven escritor irlandés James Joyce, futuro autor de 'Ulises', vivió unos meses en Pula trabajando como profesor de inglés para los oficiales de la marina, antes de marcharse a Trieste. Hoy una estatua suya, sentada en una terraza del centro, recuerda aquella estancia. El esplendor austrohúngaro terminó abruptamente con la Primera Guerra Mundial y la derrota del imperio: en 1918, la flota fue desmantelada y Pula cambió de manos.
Tras la derrota de Austria-Hungría en la Primera Guerra Mundial, Pula y toda Istria pasaron a formar parte del Reino de Italia, según los acuerdos de posguerra. Durante el periodo italiano, y sobre todo bajo el fascismo, se impulsó una política de italianización que afectó a la población croata y eslovena de la región. Pula perdió su función como gran puerto militar austríaco, pero siguió siendo una ciudad importante de la Istria italiana.
La Segunda Guerra Mundial trajo un nuevo y dramático cambio. Tras la caída del fascismo y el final de la guerra, Istria fue escenario de violencia y de las foibe (matanzas y desapariciones), y la región quedó disputada entre Italia y la nueva Yugoslavia socialista de Tito. Pula estuvo unos años bajo administración aliada y, finalmente, por el Tratado de París de 1947, pasó a Yugoslavia. Este cambio provocó el éxodo istriano-dálmata: la gran mayoría de la población italiana de Pula y de Istria abandonó sus hogares y emigró a Italia, transformando profundamente la composición de la ciudad.
Bajo la Yugoslavia socialista, Pula se reconstruyó como ciudad croata, recuperó su industria (astilleros, fábricas) y desarrolló el turismo, aprovechando su patrimonio romano y su costa. La Arena empezó a usarse para festivales, como el Festival de Cine de Pula. Con la desintegración de Yugoslavia y la independencia de Croacia en 1991, Pula quedó integrada en el nuevo Estado, manteniendo su carácter bilingüe (croata e italiano) como reconocimiento a su histórica comunidad italiana, que aún pervive.
Hoy Pula es la ciudad más grande de Istria y una de las principales puertas de entrada turística a la región. Su gran activo es la combinación, poco común, de un patrimonio romano de primer nivel —la Arena, el Templo de Augusto, el Arco de los Sergii, las puertas y murallas— con una costa mediterránea de calas y aguas cristalinas y una rica cultura gastronómica istriana.
La Arena, ese anfiteatro milenario que sobrevivió a saqueos y guerras, se ha convertido en el corazón cultural de la ciudad: cada verano acoge el histórico Festival de Cine de Pula (uno de los más antiguos de Europa, celebrado en este escenario desde mediados del siglo XX) y grandes conciertos de música clásica, ópera y rock, además de espectáculos de gladiadores. Vivir un evento bajo el cielo, dentro de los muros romanos, es una de las experiencias más memorables que ofrece Croacia.
Pula conserva, además, las huellas de todas sus capas históricas: el poso austrohúngaro en sus edificios y fortificaciones, la herencia italiana en la lengua y la cocina, el pasado yugoslavo en algunos barrios. Es una ciudad de trabajo y de mar, menos 'de postal' que la vecina Rovinj pero más auténtica y con más historia visible. Para el viajero, es la base perfecta para explorar el sur de Istria: las islas Brijuni, el salvaje cabo Kamenjak, los pueblos del interior y los viñedos y oleotecas que han hecho famosa a la región. Una ciudad donde dos mil años de historia conviven con la vida cotidiana.