La historia de Poreč como ciudad arranca con los romanos. Aunque la zona ya estaba habitada por pueblos ilirios y por los histri —el pueblo que dio nombre a la península de Istria— antes de la llegada de Roma, fue bajo el dominio romano cuando el asentamiento se transformó en una verdadera ciudad. En torno al siglo I a.C., Roma fundó aquí una colonia que recibió el nombre de Colonia Iulia Parentium (de donde derivan tanto el italiano 'Parenzo' como el croata 'Poreč').
La ciudad se levantó sobre una pequeña península que se adentra en el Adriático, una posición fácil de defender y con un puerto natural protegido. Los romanos la organizaron según el esquema clásico del castrum: dos grandes calles perpendiculares, el Decumanus Maximus (de este a oeste) y el Cardo Maximus (de norte a sur), que se cruzaban cerca del foro y a partir de las cuales se trazaba una cuadrícula de calles menores. Ese trazado, asombrosamente, sobrevive casi intacto en el casco antiguo de la Poreč actual: al caminar por el Decumanus se sigue, literalmente, el plano de hace dos mil años.
En el foro, el corazón cívico y religioso de la ciudad, se alzaban templos dedicados a divinidades como Marte y Neptuno, de los que aún se conservan restos en la actual plaza Marafor. Parentium fue una próspera ciudad portuaria del Imperio, beneficiada por el comercio marítimo del Adriático y por su producción agrícola.
Con la difusión del cristianismo en los últimos siglos del Imperio romano, Poreč se convirtió en una sede episcopal y en un importante centro religioso del norte del Adriático. Ya en los siglos IV y V existían en la ciudad oratorios y basílicas paleocristianas, de las que se han conservado mosaicos de pavimento. Pero el gran momento de la historia cristiana de Poreč llegó en el siglo VI.
Fue entonces cuando el obispo Eufrasio (Euphrasius) mandó construir, sobre los restos de los templos cristianos anteriores, el espléndido complejo episcopal que hoy conocemos como Basílica Eufrasiana. Era la época en que esta parte del Adriático estaba bajo la influencia del Imperio bizantino —cuyo gran centro en la región era Rávena, en la cercana costa italiana—, y el arte de la basílica refleja plenamente ese mundo bizantino, con sus mosaicos de teselas doradas y de vivos colores.
El conjunto que ordenó Eufrasio incluía la basílica de tres naves, el atrio porticado, el baptisterio octogonal y el palacio episcopal. Los mosaicos del ábside, que representan a la Virgen entronizada con el Niño rodeada de ángeles y santos —y al propio obispo Eufrasio ofreciendo el modelo de la iglesia—, están considerados una obra maestra del arte bizantino y se cuentan entre los mejor conservados del mundo. Por su valor excepcional, el complejo episcopal de la Basílica Eufrasiana fue declarado Patrimonio Mundial de la Unesco en 1997.
Tras la caída del Imperio romano de Occidente, Poreč siguió la suerte del resto de Istria, una región codiciada por su posición estratégica en el Adriático. Durante un tiempo formó parte del Imperio bizantino, gobernado desde Rávena, lo que explica la fuerte impronta bizantina de su arte religioso. Más tarde, hacia el siglo VIII, la región pasó a la órbita del reino franco y, con él, al Sacro Imperio Romano Germánico.
Durante la Alta Edad Media, Istria fue gobernada por distintos señores feudales, marqueses y obispos, en un mosaico de poderes que cambiaba con frecuencia. Poreč, como sede episcopal, mantuvo cierta importancia, y su obispo ejercía un peso notable en la vida de la ciudad. La población, sin embargo, vivió épocas difíciles, marcadas por guerras, pestes y disputas territoriales.
La ciudad fue amurallándose y dándose una organización municipal propia, como tantas comunas del Adriático. Pero su destino, como el de buena parte de la costa istriana y dálmata, terminaría quedando ligado a la gran potencia marítima que dominaría el Adriático durante siglos: la República de Venecia, cuya sombra empezaría a proyectarse sobre Poreč hacia el final de la Edad Media.
A finales del siglo XIII, Poreč pasó a formar parte de la República de Venecia, bajo cuyo dominio permanecería durante más de quinientos años, hasta el final del siglo XVIII. Este largo período veneciano dejó una huella profunda y todavía visible en la ciudad: buena parte de los palacios, casas, ventanas góticas y venecianas, plazas y elementos decorativos del casco antiguo de Poreč son herencia de aquellos siglos. El inconfundible aire 'italiano' de la ciudad nace de esta etapa.
Venecia gobernaba sus posesiones del Adriático como puertos y plazas comerciales y militares dentro de su gran red marítima. Poreč proporcionaba productos agrícolas, vino, aceite y sal, y servía como escala en las rutas de la Serenísima. Para defenderla, se levantaron o reforzaron las murallas y las torres que aún se conservan, como la Torre Redonda y la Torre Pentagonal, construidas entre los siglos XV y XVI.
No fueron siglos fáciles. Poreč sufrió epidemias de peste que diezmaron a su población —en algún momento la ciudad quedó casi despoblada—, así como ataques y las tensiones propias de una región de frontera. Para repoblarla, Venecia favoreció la llegada de nuevos habitantes desde otras zonas, incluidos colonos de origen eslavo, lo que fue moldeando la composición de la población istriana. Cuando Napoleón puso fin a la República de Venecia en 1797, Poreč cerró una de las etapas más largas y formativas de su historia.
Tras el fin de la República de Venecia en 1797, Poreč y toda Istria pasaron a manos del Imperio austríaco (luego austrohúngaro), con un breve interludio bajo el dominio napoleónico de las Provincias Ilirias. Durante el largo período austríaco, que se extendió a lo largo de todo el siglo XIX y hasta la Primera Guerra Mundial, Poreč llegó a ser la sede de la Dieta (asamblea) regional de Istria, lo que le dio un papel administrativo destacado dentro de la provincia.
La caída del Imperio austrohúngaro al final de la Primera Guerra Mundial (1918) cambió de nuevo el destino de la ciudad. Istria, incluida Poreč, pasó a formar parte del Reino de Italia. Durante las décadas de entreguerras, bajo dominio italiano y luego fascista, la ciudad —conocida oficialmente como Parenzo— vivió una etapa marcada por las tensiones entre las poblaciones de lengua italiana y croata.
Tras la Segunda Guerra Mundial, las fronteras volvieron a redibujarse: Istria pasó a integrarse en la Yugoslavia socialista de Tito. Aquellos años trajeron un fenómeno doloroso, el éxodo de buena parte de la población de lengua italiana de Istria, y, al mismo tiempo, el comienzo del gran desarrollo turístico de la costa, con la construcción de los grandes complejos hoteleros y campings de las lagunas. Cuando Croacia se independizó de Yugoslavia en 1991, Poreč quedó integrada en el nuevo Estado croata, consolidándose como uno de sus principales destinos turísticos.
La segunda mitad del siglo XX transformó a Poreč en lo que es hoy: uno de los grandes destinos turísticos de Croacia. A partir de los años cincuenta y sesenta, en la época yugoslava, la larga costa al sur de la ciudad se llenó de hoteles, apartamentos y campings, dando origen a las hoy célebres zonas de Plava Laguna (Laguna Azul) y Zelena Laguna (Laguna Verde). El turismo se convirtió en el motor económico de la ciudad y de toda la costa oeste istriana.
Con la independencia de Croacia en 1991 y la consolidación del país como destino turístico de primer orden en el Mediterráneo, Poreč reforzó ese papel. La combinación de un casco antiguo histórico, una infraestructura turística muy desarrollada y la cercanía a las bellezas del interior istriano —los pueblos amurallados, las bodegas, los olivares y la trufa— la convirtieron en una base ideal para descubrir toda la región.
El reconocimiento internacional más importante llegó en 1997, cuando la Unesco inscribió el complejo episcopal de la Basílica Eufrasiana en la lista de Patrimonio Mundial, consagrando a Poreč como guardiana de una de las joyas del arte paleocristiano y bizantino del Mediterráneo. Hoy, la ciudad combina ese legado milenario —del castrum romano a los mosaicos de Eufrasio— con la vida de un destino veraniego moderno, en el que conviven la historia, el mar y la mejor gastronomía de Istria.