Casi todos los ríos del mundo hacen lo mismo: erosionan, desgastan, se llevan la piedra hacia el mar. El Krka hace lo contrario. En su camino de unos 70 kilómetros desde las montañas del interior dálmata hasta el Adriático, este río no cava su lecho: lo construye, levantando muros de piedra por los que después se despeña. Esa rareza geológica es la razón de ser del Parque Nacional Krka, y explica por qué sus cascadas no se parecen a ninguna otra.
El Krka nace cerca de la ciudad de Knin, al pie de la montaña Dinara, junto a la cascada de Topolje. Desde ahí atraviesa una tierra de karst: un paisaje de roca caliza porosa, agrietada, donde el agua se filtra, desaparece bajo tierra y reaparece cargada de minerales. La caliza es soluble, y el agua que circula por ella se lleva disuelto el carbonato de calcio de la propia roca. Ese detalle químico —agua 'dura', saturada de cal— es la semilla de todo lo que vendrá después.
A lo largo de su curso, el Krka forma siete grandes cascadas escalonadas y varios ensanchamientos parecidos a lagos, como el de Visovac. La más famosa y espectacular es la última antes del mar, Skradinski buk, donde el agua salta casi 46 metros repartidos en diecisiete saltos encadenados a lo largo de unos 400 metros. Es la mayor cascada de toba de Europa. Aguas arriba está Roški slap, con su ancha cortina de finos hilos de agua; y entre medias, el río se remansa y se abre en superficies quietas donde flotan islas. Cuando el agua dulce del Krka llega por fin a Šibenik, se encuentra con la marea del Adriático en un estuario único, uno de los pocos lugares de Europa donde un río de aguas travertínicas desemboca directamente en el mar.
El secreto de Krka —y de su hermano mayor, Plitvice— está en una palabra: toba, o travertino (sedra, en croata). La toba es una piedra caliza porosa que no se forma por presión geológica a lo largo de millones de años, sino aquí y ahora, en el agua, a una velocidad que se puede medir en milímetros por año. Y lo más asombroso es que la fabrican, en buena parte, seres vivos.
El proceso funciona así. El agua del Krka baja saturada de carbonato de calcio disuelto y de dióxido de carbono. Cuando llega a un rápido, a una piedra o a un desnivel, el agua se agita, salpica y libera CO2 al aire. Al perder ese gas, el equilibrio químico se rompe: el carbonato de calcio deja de estar disuelto y empieza a precipitar, es decir, a depositarse como una costra sólida sobre cualquier superficie irregular. Los musgos, las algas y ciertas bacterias que viven en el agua actúan como andamios: sus superficies ofrecen puntos donde el carbonato se agarra y cristaliza, de modo que la propia vegetación queda recubierta de piedra y se convierte en parte del dique.
Ese dique crece. Y al crecer, aumenta la irregularidad y la pendiente, con lo que el agua se agita todavía más, libera más CO2 y deposita más carbonato: un círculo virtuoso que va levantando, capa a capa, barreras que terminan teniendo metros de altura. Por eso las cascadas de Krka son 'vivas': están creciendo, cambiando, todo el tiempo. Se calcula que estas barreras tardan siglos y milenios en formarse, y que son extremadamente frágiles.
Esa fragilidad explica una de las noticias más importantes para el visitante de hoy: desde enero de 2021 está prohibido bañarse en Skradinski buk. Durante décadas, meterse al agua al pie de las cascadas fue la imagen icónica de Krka, y todavía hoy muchas guías lo repiten. Pero las cremas solares, el pisoteo y la erosión humana dañaban los diques de toba que tanto costó construir a la naturaleza. Prohibir el baño en la cascada principal fue una decisión de conservación: proteger una obra que la vida y la química tardaron miles de años en levantar y que una temporada de turismo masivo puede degradar. Quien quiera nadar todavía puede hacerlo, en verano, en la zona habilitada de Roški slap.
El río no solo modeló el paisaje: también atrajo a quienes buscaban aislamiento y silencio. En pleno cañón, el Krka guarda dos monasterios que resumen la historia religiosa —y la convivencia de fes— del interior dálmata.
En medio del lago Visovac, sobre una islita cubierta de cipreses, está el monasterio franciscano de Nuestra Señora de la Merced. Hubo allí antes un pequeño convento de ermitaños agustinos, pero fueron los franciscanos quienes se instalaron de forma estable en 1445, buscando refugio del avance del Imperio otomano, que en esos siglos presionaba sobre toda la frontera de Dalmacia. La isla, rodeada de agua, era un santuario natural. El monasterio sobrevivió a las guerras y hoy conserva un tesoro sorprendente para un lugar tan apartado: códices manuscritos, siete incunables (libros impresos antes de 1501) y una rarísima edición de las Fábulas de Esopo de 1487, de la que solo se conservan tres ejemplares en todo el mundo. También guarda el sable de Vuk Mandušić, un héroe croata de las guerras contra los turcos del siglo XVII inmortalizado en la literatura.
Río arriba, en una bahía tranquila cerca de Kistanje, se esconde el otro monasterio: el de Krka (Manastir Krka), el más importante de la Iglesia ortodoxa serbia en Croacia. Se menciona por primera vez en documentos de 1402, como fundación de Jelena Šubić, hermana del zar serbio Dušan, sobre los restos de un asentamiento eremítico anterior. Su arquitectura mezcla lo bizantino y lo veneciano, y bajo la iglesia se conservan catacumbas de origen paleocristiano. La existencia, a pocos kilómetros de distancia, de un gran monasterio católico y otro ortodoxo habla de un territorio de frontera, donde durante siglos convivieron —no siempre en paz— las dos tradiciones cristianas. Esa convivencia, y sus tensiones, marcarían también la historia del siglo XX en esta misma región.
Hay un capítulo de la historia de Krka que sorprende a casi todo el mundo, porque no tiene que ver con la naturaleza sino con la ingeniería: aquí, junto a Skradinski buk, funcionó una de las primeras centrales hidroeléctricas del mundo, y una ciudad croata pequeña se iluminó casi al mismo tiempo que las grandes capitales.
En los años en que Nikola Tesla —nacido precisamente en la vecina región croata de Lika— revolucionaba el mundo con la corriente alterna, un grupo de emprendedores de Šibenik decidió aprovechar la fuerza del Krka. El ingeniero Vjekoslav Meichsner obtuvo los permisos y los derechos de agua entre 1892 y 1893, y en 1895 fundó la empresa junto al alcalde de Šibenik, Ante Šupuk, y su hijo Marko. Tras dieciséis meses de obras, la central hidroeléctrica 'Krka' —después llamada Jaruga I— entró en funcionamiento el 28 de agosto de 1895.
La central generaba 240 kW con un generador bifásico Ganz a 3.000 voltios, y una línea de transmisión de unos 11,5 kilómetros, sostenida por cientos de postes de madera, llevaba la electricidad hasta Šibenik. Allí alimentaba, entre otras cosas, el alumbrado público de las calles, los molinos de harina de Šupuk y varios negocios. Con eso, Šibenik se convirtió en una de las primeras ciudades del mundo con alumbrado eléctrico público alimentado por un sistema polifásico completo.
El dato que lo vuelve legendario es la comparación con las cataratas del Niágara. La célebre central de Adams, en Niágara, arrancó apenas un par de días antes que la de Krka. Pero Niágara no transmitió su electricidad a una ciudad —Buffalo— hasta más de un año después, en 1896, cuando terminó su larga línea de transmisión. En cambio, el sistema Krka–Šibenik funcionó desde el primer día como una cadena completa: producción, transmisión, distribución y consumo real por parte de una ciudad. Por eso muchos lo consideran el primer sistema hidroeléctrico polifásico completo de Europa y uno de los primeros del planeta. Una segunda central, Jaruga II, se construyó a comienzos del siglo XX (1903-1904) y todavía sigue produciendo electricidad, lo que la convierte en una de las plantas hidroeléctricas más antiguas del mundo aún en operación.
El valor natural del bajo Krka se reconoció oficialmente en 1985, cuando el tramo entre Knin y Skradin fue declarado Parque Nacional Krka, el séptimo de Croacia. La protección buscaba preservar tanto las cascadas de toba como la biodiversidad del cañón: aquí viven decenas de especies de peces (varias endémicas), una gran riqueza de aves y una flora ligada al agua y a la roca caliza. El objetivo era claro: que el turismo, cada vez mayor, no destruyera aquello que venía a ver.
Apenas seis años después, la región entró en uno de sus capítulos más duros. Con la desintegración de Yugoslavia, Croacia declaró su independencia en 1991 y estalló la guerra. El interior dálmata, y muy en particular la zona de Knin —en la cabecera del Krka—, quedó en el centro del conflicto: Knin fue la capital de la autoproclamada República Serbia de Krajina, y toda la comarca fue escenario de combates, desplazamientos forzados de población y sufrimiento en ambas comunidades, croata y serbia. El monasterio ortodoxo de Krka y las aldeas del entorno vivieron de cerca esos años. La guerra terminó en 1995, tras la ofensiva croata conocida como Operación Tormenta, que reintegró la región al control de Zagreb y provocó, a su vez, el éxodo de buena parte de la población serbia local. Es una historia reciente y sensible, que conviene recordar con sobriedad: el paisaje sereno que hoy recorre el visitante fue, hace pocas décadas, tierra de frontera y de conflicto.
Con la paz, el parque resurgió como uno de los grandes destinos naturales de Croacia. Hoy recibe más de un millón de visitantes al año, solo por detrás de Plitvice, y esa popularidad trajo nuevos desafíos: la masificación de Skradinski buk en verano, la necesidad de un cupo diario de entradas y las medidas de conservación como la prohibición del baño desde 2021. La gestión actual apunta a repartir la presión hacia otros sectores menos conocidos —Roški slap, la cueva Oziđana pećina, el sitio romano de Burnum con su anfiteatro, el Krka Eco Campus—, para que el visitante descubra que el parque es mucho más que una cascada. Entre la química del agua, los monjes de las islas, la luz pionera de Jaruga y las cicatrices del siglo XX, el Krka sigue haciendo lo que siempre hizo: construir, capa a capa, un paisaje que no existe en ningún otro lugar.