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Historia de Mljet

Melita: ilirios, romanos y los mitos de Ulises y San Pablo

Pocas islas del Adriático arrastran tanta leyenda como Mljet. Antes de ser un parque nacional, antes incluso de tener nombre eslavo, fue Melita: así la conocían griegos y romanos, un topónimo que probablemente aluda a la miel o a la abundancia de sus bosques.

La isla estuvo habitada desde muy antiguo. Ya en el segundo milenio a.C. se asentaron en ella los ilirios, en concreto la tribu de los ardieos, hábiles marinos y temidos piratas del Adriático. Con la expansión de Roma, Mljet quedó integrada en la provincia de Dalmacia, y de época romana tardía se conserva un testimonio notable: las ruinas de un gran palacio junto al actual pueblo de Polace (cuyo nombre significa, precisamente, 'palacio'), con muros y torres de los siglos III a V d.C. que aún se levantan entre las casas, además de restos de basílicas paleocristianas.

Pero lo que hizo célebre a Mljet fueron dos mitos, ambos discutidos. El primero, grecolatino: la tradición identifica a la isla con Ogigia, el lugar donde, según la Odisea de Homero, la ninfa Calipso retuvo enamorada a Ulises durante siete años. De ahí que una espectacular gruta marina del sur de la isla se llame la Cueva de Ulises. El segundo mito es cristiano: Mljet ha sido propuesta como la 'Melita' donde, según los Hechos de los Apóstoles, naufragó San Pablo camino de Roma, cuando una víbora le mordió sin causarle daño. Conviene ser claros: ambas atribuciones son tradiciones, no hechos comprobados. A la Melita de San Pablo aspira sobre todo Malta (que comparte ese nombre antiguo), y a la Ogigia de la Odisea, varias islas del Mediterráneo. Son leyendas hermosas que han acompañado a Mljet durante siglos, pero no historia documentada.

Los benedictinos y el monasterio del lago (siglo XII)

El episodio que dio a Mljet su símbolo más querido llegó en la Edad Media, de la mano de los monjes. En 1151 la isla fue entregada a la orden benedictina, que procedía de la región italiana de Apulia. Los monjes eligieron un enclave de una serenidad casi irreal: un islote en medio del Veliko Jezero, el lago salado grande del oeste de la isla, rodeado de agua y de pinares.

Allí, hacia finales del siglo XII, se levantó la iglesia y el monasterio de Santa María. Las crónicas vinculan su fundación y dotación a Desa, un príncipe de la casa de los Vojislavljevic, que hacia 1187-1198 habría construido y donado el conjunto a los benedictinos. El monasterio, con su iglesia románica luego reformada en estilos gótico y renacentista y su claustro tranquilo, se convirtió en el centro espiritual, cultural y también económico de la isla: los monjes administraban buena parte de Mljet, sus bosques y sus tierras.

Durante siglos, la comunidad benedictina fue la verdadera señora de la isla, y su presencia dejó una marca profunda. Con el tiempo, tras las reformas y la desamortización, el monasterio dejó de tener función religiosa y pasó por diversos usos, incluso el de hotel en el siglo XX. Hoy, restaurado y visitable, y accesible en el pequeño barco que cruza el lago, sigue siendo la imagen icónica de Mljet: la piedra clara del monasterio reflejándose en el agua salada, entre el verde del bosque.

Bajo Ragusa: feudo, cuarentena y vida isleña

La historia medieval y moderna de Mljet está indisolublemente ligada a la República de Ragusa, la actual Dubrovnik, la pequeña y astuta ciudad-estado que dominó buena parte del sur de Dalmacia. Ragusa fue extendiendo su control sobre la isla, primero de hecho y luego de derecho: en 1410 anexó formalmente Mljet, que quedó integrada en el territorio de la República.

Bajo Ragusa, Mljet fue un feudo agrícola y forestal, con una población de campesinos, pastores, pescadores y marineros repartida en pequeños pueblos del interior y de la costa. Las cargas feudales y los impuestos pesaron sobre los isleños, que en más de una ocasión protestaron. La isla aportaba a Ragusa madera, sal, vino, aceite y hombres de mar, y su posición la convertía en punto de paso de las rutas del Adriático meridional.

Ragusa fue célebre por su avanzado sistema sanitario: fue una de las primeras repúblicas en establecer cuarentenas para frenar las epidemias, obligando a los barcos y viajeros sospechosos de traer la peste a aislarse durante semanas antes de entrar en la ciudad. Islas y enclaves del territorio ragusano, Mljet entre ellos, formaban parte de ese perímetro sanitario y de control marítimo. Fue también la época en que se consolidó la fisonomía rural de la isla que aún hoy se percibe: caseríos de piedra, olivares, viñas, muros de piedra seca y un ritmo de vida pausado, marcado por el mar y por el bosque.

Las mangostas y el nacimiento del parque nacional

El siglo XX dejó en Mljet dos hitos muy distintos: una lección de ecología y la creación de uno de los primeros parques nacionales de Croacia.

La lección de ecología tiene nombre de animal: la mangosta. La isla estaba muy infestada de víboras, en especial la venenosa víbora cornuda (Vipera ammodytes), que suponía un peligro real para campesinos y ganado. En 1910, buscando una solución, se introdujeron mangostas indias, depredadoras de serpientes. El plan funcionó… demasiado bien: las mangostas acabaron con las víboras, pero, al no tener depredadores naturales en la isla, se reprodujeron sin control y se lanzaron sobre el resto de la fauna, devorando aves, huevos, reptiles y pequeños animales, y alterando gravemente el equilibrio natural de Mljet. Todavía hoy la isla convive con sus descendientes. Es un ejemplo clásico, citado en manuales, de cómo la introducción de una especie foránea para resolver un problema puede desencadenar un desastre mayor.

El segundo hito fue de signo opuesto: la protección de la naturaleza. El excepcional valor del oeste de la isla —los dos lagos salados, los bosques de pino de alepo, el patrimonio del monasterio— llevó a declarar, el 11 de noviembre de 1960, el Parque Nacional de Mljet, que protege el tercio occidental de la isla. Fue el primer parque nacional marítimo de la entonces Yugoslavia y uno de los más antiguos de Croacia, pionero en reconocer que el paisaje costero y submarino merecía la misma protección que las montañas o los lagos de interior. Desde entonces, el parque es el corazón de la identidad de Mljet y el motor de su turismo de naturaleza.

Del imperio a la Croacia de hoy

Cuando la República de Ragusa cayó, en 1808, arrastrada por las guerras napoleónicas, Mljet siguió el destino del resto de Dalmacia. Tras el breve dominio francés y las Provincias Ilirias, pasó por el Congreso de Viena de 1815 a manos del Imperio austríaco y luego austrohúngaro, al que perteneció hasta 1918. Como en tantas islas del Adriático, el siglo XIX y comienzos del XX trajeron pobreza y emigración: muchos habitantes de Mljet dejaron la isla rumbo a las Américas y a Australia en busca de una vida mejor, y la población quedó reducida a unos pocos miles de personas repartidas en pequeños pueblos.

Tras la Primera Guerra Mundial, Mljet se integró en el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, luego Yugoslavia. Durante la Segunda Guerra Mundial, el sur de Dalmacia fue ocupado por las potencias del Eje y escenario de la lucha partisana. Terminada la guerra, la isla formó parte de la Yugoslavia socialista de Tito, en cuyo marco se creó el Parque Nacional en 1960 y despegó lentamente un turismo de naturaleza, todavía discreto.

Con la desintegración de Yugoslavia, Croacia declaró su independencia en 1991 y libró la guerra de la independencia hasta 1995. El sur de Dalmacia sufrió duramente el conflicto: la vecina Dubrovnik fue sitiada y bombardeada, y toda la región vivió años de tensión y de turismo paralizado. Mljet, más apartada, no padeció la destrucción de la ciudad, pero sí el golpe económico de aquellos años. Recuperada la paz, y con la entrada de Croacia en la Unión Europea (2013) y en la zona euro (2023), la isla ha reforzado su papel de refugio verde: un destino de naturaleza, silencio y agua transparente, orgulloso de su parque nacional, de su monasterio en el lago y de una historia donde la leyenda y lo real se entrelazan como en pocos sitios del Adriático.

📚 Bibliografía

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