Vista desde el mar, Korcula es una mancha oscura de bosques que se recorta sobre el azul del Adriático. Esa densa arboleda le dio su nombre más antiguo: los griegos la llamaron Korkyra Melaina, 'Korcula la Negra', para distinguirla de la otra Korkyra, la actual isla de Corfú. De aquel nombre, latinizado como Corcyra Nigra y luego Curzola por los venecianos, deriva el actual Korcula.
La presencia griega en la isla está documentada de forma excepcional. En Lumbarda, en el extremo oriental, se halló una losa inscrita conocida como el Psefisma de Lumbarda: un decreto, fechado hacia los siglos III-II a.C., que registra la fundación de una colonia por griegos procedentes de Isa (la actual Vis) y el reparto de parcelas de tierra entre los nuevos colonos, con los nombres de las familias beneficiadas. El Psefisma no es solo un testimonio conmovedor de cómo se organizaba una colonia griega; es, además, el documento escrito más antiguo hallado en territorio croata, y hoy se conserva en el Museo Arqueológico de Zagreb.
Antes y alrededor de los griegos vivían en la isla los ilirios, y una tradición aún más antigua atribuía la primera fundación a colonos venidos de Cnido. Con la expansión de Roma, Korcula quedó integrada en la provincia de Dalmacia, y sus canteras de piedra caliza —blanca, dura y fácil de tallar— empezaron a labrarse: esa piedra, y la maestría de los canteros korculanos, marcarían la historia constructiva de toda la costa dálmata durante siglos.
Tras la caída de Roma, Korcula pasó por la órbita de Bizancio y quedó, como toda Dalmacia, expuesta a los vaivenes de la Alta Edad Media: la llegada de los eslavos, las incursiones de piratas, la disputa entre poderes vecinos. La isla fue codiciada por principados eslavos del sur, por el reino de Hungría-Croacia, por la vecina República de Ragusa (Dubrovnik) y, sobre todo, por la pujante Venecia, que veía en Korcula una escala clave en su ruta marítima hacia Oriente.
En medio de esas presiones, la comunidad de la isla dio un paso notable para su época: hacia 1214 se redactó el Estatuto de Korcula, un cuerpo de leyes que regulaba la vida de la isla y garantizaba un grado de autonomía frente a sus sucesivos señores. Es uno de los códigos jurídicos más antiguos de Europa, y contiene, entre otras cosas, una temprana prohibición del comercio de esclavos. Que una pequeña comunidad insular se diera a sí misma un estatuto escrito en pleno siglo XIII habla del grado de organización y de conciencia cívica de la Korcula medieval.
Durante estos siglos se fue consolidando también la ciudad amurallada: un núcleo de piedra sobre una punta, defendido por murallas y torres, con su catedral, sus cofradías religiosas y sus gremios de canteros y astilleros. La piedra korculana viajaba a Dubrovnik, a Venecia y a media Dalmacia, y los maestros de la isla eran requeridos para levantar palacios e iglesias por toda la costa.
El episodio más célebre de la historia de Korcula ocurrió en el mar, a la vista de sus murallas. El 8 o 9 de septiembre de 1298, en aguas frente a la isla, chocaron las flotas de las dos grandes repúblicas marítimas rivales del Mediterráneo: Venecia y Génova, enzarzadas en una larga guerra por el control del comercio. La batalla de Korcula (o de Curzola) fue un desastre para Venecia: los genoveses, al mando de Lamba Doria, destrozaron la flota veneciana y capturaron a miles de prisioneros.
Entre esos prisioneros, según una tradición recogida por primera vez en el siglo XVI y aceptada de forma popular desde entonces, estaba Marco Polo. El viajero veneciano, que había regresado hacía poco de su largo periplo por Asia y la corte del Gran Kan, habría combatido en la batalla y caído prisionero. Durante su cautiverio en una cárcel de Génova, Marco Polo dictó a un compañero de celda, el escritor Rustichello de Pisa, el relato de sus viajes: el libro que conocemos como 'Il Milione' o 'Los viajes de Marco Polo', una de las obras que más influyó en la imagen europea de Oriente.
De esa conexión —la batalla frente a la isla— nace la orgullosa reivindicación korculana de Marco Polo como hijo propio. Conviene ser claro: no hay ninguna prueba documental de que el viajero naciera en Korcula, y la mayoría de los historiadores lo sitúan en Venecia. La llamada 'Casa de Marco Polo' del casco viejo es, además, un edificio muy posterior (del siglo XVII). Pero la tradición se ha vuelto parte de la identidad de la isla, alimentada por la existencia real de apellidos ligados a los Polo entre las familias korculanas. Historia y leyenda conviven, y la isla ha aprendido a cuidar ambas.
Durante buena parte de la Edad Media y la Moderna, Korcula estuvo bajo el dominio de Venecia, que la gobernó de forma casi continua desde el siglo XV hasta la caída de la República en 1797, con algún paréntesis. La marca veneciana está por todas partes: en las murallas y torres redondas que ciñen la ciudad, en el león de San Marcos esculpido en las puertas, en los palacios góticos y renacentistas del casco y en la propia catedral de San Marcos, labrada por los maestros canteros locales.
Venecia hizo de Korcula una plaza fortificada y un centro de construcción naval y de cantería. La ciudad se organizó con su ingenioso plano en espina de pez, pensado para domar el viento; se levantaron cofradías religiosas que aún hoy mantienen tradiciones, y floreció una vida cultural notable para una isla pequeña. También hubo sombras: la peste golpeó en varias oleadas, y la isla sufrió ataques, como el asalto del corsario otomano Uluj Ali en 1571, en vísperas de la batalla de Lepanto, que la ciudad logró resistir (según la leyenda, con ayuda de sus mujeres y de una oportuna tormenta).
De esta larga época procede la tradición más singular de Korcula: la Moreska, la danza de espadas. De raíz mediterránea, emparentada con las representaciones ibéricas e italianas de 'moros y cristianos', la Moreska escenifica el combate entre dos reyes por una doncella cautiva, con un choque real de espadas. Arraigó en Korcula desde al menos el siglo XVI y se convirtió en emblema de la ciudad; hoy sobrevive de forma auténtica casi solo aquí, y se sigue bailando cada verano. Junto con la cantería y el vino, es una de las señas de identidad que Venecia ayudó a cristalizar en la isla.
La caída de Venecia en 1797 abrió para Korcula, como para toda Dalmacia, un período de dominaciones sucesivas. Tras un breve paso por manos austríacas y por las Provincias Ilirias del imperio napoleónico —e incluso una ocupación británica en las guerras napoleónicas—, la isla quedó, por el Congreso de Viena de 1815, bajo el Imperio austríaco y luego austrohúngaro, al que perteneció hasta 1918. Fueron décadas de modernización lenta pero también de crisis: la filoxera, que arruinó los viñedos, y la decadencia de la construcción naval de madera empujaron a muchos korculanos a emigrar, sobre todo a las Américas y a Australia, en un éxodo que marcó a la isla.
Desmembrada Austria-Hungría al final de la Primera Guerra Mundial, Korcula se integró en el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, después Yugoslavia. Durante la Segunda Guerra Mundial, Dalmacia fue ocupada por la Italia fascista y luego por la Alemania nazi; en la isla actuó la resistencia partisana, y como en otras islas dálmatas muchos civiles fueron evacuados para escapar de los combates. Terminada la guerra, Korcula formó parte de la Yugoslavia socialista de Tito, con el turismo despegando poco a poco a partir de los años sesenta.
Con la desintegración de Yugoslavia, Croacia declaró su independencia en 1991 y libró la guerra de la independencia hasta 1995. Korcula, alejada de los principales frentes, no sufrió la devastación de ciudades como Vukovar o Dubrovnik, pero sí vivió años de tensión, con la vecina península de Peljesac y el sur de Dalmacia bajo amenaza, y con el turismo prácticamente paralizado. Recuperada la paz, y con la entrada de Croacia en la Unión Europea (2013) y en la zona euro (2023), la isla retomó su vocación turística. Hoy Korcula combina el atractivo de su casco medieval y su Moreska con una vida isleña volcada en el vino, el mar y la pesca: una de las islas más bellas y auténticas de Dalmacia, orgullosa de su piedra, de su historia y de su legendario hijo viajero.