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Historia de Hvar

Pharos: los griegos que dibujaron una isla (siglo IV a.C.)

Mucho antes de los yates y de la lavanda, en la llanura fértil del este de Hvar ocurrió algo excepcional: un grupo de colonos griegos trazó una cuadrícula de campos tan perfecta que, veinticuatro siglos después, todavía se cultiva sobre ella. Es, probablemente, el paisaje agrario antiguo mejor conservado de todo el Mediterráneo.

Hacia el año 384 a.C., colonos procedentes de la isla egea de Paros fundaron en la actual Stari Grad una ciudad a la que llamaron Pharos, en recuerdo de su patria. Como toda ciudad-Estado griega, Pharos tenía un núcleo urbano (el asty) y un territorio agrícola (la chora). Y lo que hace única a Hvar es esa chora: los colonos dividieron la llanura vecina en unas 75 parcelas rectangulares de tamaño casi idéntico (cada una de unas 16 hectáreas), delimitadas por muros de piedra seca y separadas por caminos ortogonales. Era el reparto igualitario de la tierra entre los colonos, un catastro geométrico del siglo IV a.C. que ha sobrevivido intacto en su trazado.

La fundación no fue pacífica: los griegos tuvieron que imponerse a la población iliria de la isla, y una fuente antigua recuerda una batalla naval en la que los recién llegados, con ayuda de Dionisio de Siracusa, derrotaron a los ilirios que intentaban expulsarlos. Con el tiempo, un hombre de Pharos, Demetrio (Demetrio de Faro), llegó a mandar tropas ilirias y a casarse con una reina de esa estirpe; hacia los años 220 a.C. desafió a Roma, y su derrota arrastró a la ciudad: Pharos fue tomada y arrasada por los romanos en el 219 a.C.

Roma reconstruyó y latinizó la isla, que pasó a llamarse Pharia y luego, en boca de sus habitantes, derivó hacia el actual Hvar. Pero el mayor legado de aquellos griegos no fueron las murallas ni los templos, sino los campos: la Stari Grad Plain, con sus lindes de piedra y sus mismos cultivos de vid y olivo, fue inscrita por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad en 2008, testimonio vivo de una continuidad agrícola de más de dos mil cuatrocientos años.

Entre Bizancio, los eslavos y los reyes croatas

Con la caída del Imperio romano de Occidente, Hvar quedó en la órbita de Bizancio, que controlaba la costa dálmata y sus rutas marítimas. La isla, con sus puertos naturales y su posición a mitad de camino del Adriático, era una escala valiosa en la navegación entre Italia y Oriente.

Entre los siglos VII y VIII llegaron los eslavos, que se asentaron en las islas y en la costa y terminaron por dar a Dalmacia su fisonomía croata. Durante la Alta Edad Media, Hvar osciló entre la soberanía nominal de Bizancio, la influencia de los reyes croatas y las apetencias de las ciudades marítimas italianas. El centro de poder se desplazó: el antiguo Pharos griego (Stari Grad) fue cediendo protagonismo, y con los siglos surgiría en el extremo occidental de la isla un nuevo puerto, la actual Hvar pueblo, mejor situado para vigilar las rutas y más fácil de defender.

Como toda la costa dálmata, la isla sufrió la amenaza constante de la piratería. Los corsarios de Omis y, más tarde, las incursiones venidas del mar obligaron a fortificar los núcleos habitados y a construir refugios en altura. Fue en este contexto de inseguridad marítima donde se fue gestando el papel de Hvar como plaza estratégica, un papel que alcanzaría su máxima expresión cuando la isla entrara, de manera duradera, en la órbita de la República de Venecia.

Venecia: esplendor, arsenal, teatro y una gran rebelión

En 1331 Hvar reconoció la soberanía de la República de Venecia, que salvo breves interrupciones dominaría la isla hasta 1797. Fueron casi cinco siglos que marcaron para siempre su fisonomía: el mármol blanco de sus palacios, sus logias, sus fortificaciones y su cultura llevan sello veneciano.

Venecia hizo de Hvar pueblo una base naval de primer orden. Su bahía protegida, cubierta por las islas Pakleni, era el fondeadero ideal para las galeras que hacían la ruta hacia Levante; la ciudad se convirtió en punto de aprovisionamiento y reparación de la flota. De esa función nació el Arsenal, el gran edificio del puerto donde se carenaban las naves de guerra, y sobre él, en 1612, la comuna levantó un teatro público considerado uno de los más antiguos de Europa: no un teatro de corte reservado a la nobleza, sino un espacio abierto en principio a los distintos estamentos de la ciudad, algo notable para su tiempo. Se construyeron también la catedral de San Esteban y las fortalezas que aún coronan la ciudad, entre ellas la Fortica, reforzada en el siglo XVI —con intervención de ingenieros al servicio de la corona española de los Habsburgo, de ahí su apodo de 'Spanjola'— para resguardar el puerto de corsarios y de la flota otomana.

Pero el esplendor tenía un reverso duro. La sociedad hvarina estaba dividida entre una minoría de nobles, que monopolizaba el poder y la tierra, y una mayoría de plebeyos, marineros y campesinos sin derechos políticos. Esa tensión estalló en la gran rebelión popular de 1510 a 1514, encabezada por Matija Ivanic, uno de los primeros grandes levantamientos sociales del Adriático. Los rebeldes llegaron a controlar la isla, pero Venecia terminó por reprimir el movimiento con dureza: sus cabecillas fueron ejecutados y algunos ahorcados en público como escarmiento. A las convulsiones sociales se sumaron las plagas: la peste golpeó a Hvar en varias oleadas, diezmando a su población, y las incursiones navales dejaron cicatrices, como el saqueo otomano de 1571, en vísperas de la batalla de Lepanto. Aun así, bajo Venecia Hvar vivió también un notable florecimiento cultural, con poetas renacentistas en croata y en latín, como Hanibal Lucic y Petar Hektorovic, este último constructor en Stari Grad de su célebre casa-fortaleza, el Tvrdalj.

De Austria al nacimiento del turismo

La caída de Venecia en 1797, a manos de Napoleón, abrió un período de cambios rápidos. Tras un breve dominio francés (integrado en las Provincias Ilirias del Imperio napoleónico), Hvar pasó en 1815, por el Congreso de Viena, a manos del Imperio austríaco, luego austrohúngaro, bajo cuya soberanía permanecería hasta 1918.

El siglo XIX trajo, junto a la modernización administrativa, una crisis económica profunda. La filoxera, la plaga que devastó los viñedos europeos, arruinó el vino, uno de los pilares de la economía isleña, y empujó a miles de hvarinos a emigrar, sobre todo a las Américas y a Australia. En ese contexto, dos cultivos ganaron peso en las laderas: el romero y, muy especialmente, la lavanda, cuya destilación se convertiría en la primera mitad del siglo XX en un sostén de la isla y en parte de su identidad.

Pero el siglo austríaco dejó también un legado inesperado y duradero: el turismo. En 1868 se fundó en Hvar pueblo la Sociedad Higiénica (Hygienic Society), una de las asociaciones turísticas más antiguas de Europa, que promocionaba el excepcional clima de la isla —de los más soleados del continente— como destino de salud y descanso para los viajeros centroeuropeos. Se construyeron los primeros hoteles y sanatorios, y Hvar empezó a labrarse su fama de refugio invernal de aire suave. Aquel temprano descubrimiento del clima como recurso fue la semilla de lo que, un siglo más tarde, convertiría a la isla en uno de los destinos más codiciados del Adriático.

Guerras, Yugoslavia y la Hvar de hoy

El siglo XX arrastró a Hvar por la misma corriente que al resto de Croacia. Tras el desmembramiento de Austria-Hungría en 1918, la isla se integró en el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, luego llamado Yugoslavia. Durante la Segunda Guerra Mundial, Dalmacia fue ocupada primero por la Italia fascista y después por la Alemania nazi; en las islas y en la costa se organizó una fuerte resistencia partisana, y muchos civiles dálmatas fueron evacuados a campos de refugiados en el desierto egipcio de El Cairo para escapar de los combates y las represalias.

Terminada la guerra, Hvar quedó integrada en la Yugoslavia socialista de Tito. Fueron décadas de emigración continua desde una isla de recursos limitados, pero también de despegue definitivo del turismo: a partir de los años sesenta y setenta, el sol garantizado, el mar transparente y el patrimonio veneciano hicieron de Hvar un destino cada vez más popular, con grandes hoteles y una temporada estival en expansión.

Con la desintegración de Yugoslavia, Croacia declaró su independencia en 1991 y libró la guerra de la independencia (o guerra de la Patria) hasta 1995. Hvar, alejada de las líneas del frente terrestre, no sufrió los combates y la destrucción que padecieron ciudades como Vukovar o la propia Dubrovnik, pero sí acusó el golpe brutal al turismo durante los años del conflicto, con temporadas prácticamente vacías que afectaron a toda la economía isleña.

Recuperada la paz, y con la entrada de Croacia en la Unión Europea en 2013 y en la zona euro en 2023, Hvar vivió un auge turístico espectacular. Hoy es a la vez una isla de dos caras: la del glamour internacional —yates, bares de moda, alta gastronomía, precios de lujo y masificación en pleno verano— y la de siempre, la de los campos griegos que aún se cultivan, la lavanda del interior, los viñedos verticales del sur y los pueblos de piedra donde la vida sigue su ritmo lento. Entender esa doble naturaleza es la mejor manera de disfrutarla.

📚 Bibliografía

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