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Historia de Dubrovnik

De las ruinas de Epidauro a la roca de Ragusa

Dubrovnik nació de una catástrofe. Hacia el siglo VII, la antigua ciudad grecorromana de Epidauro (Epidaurum, la actual Cavtat), unos kilómetros al sur, fue arrasada por las incursiones de ávaros y eslavos, alrededor del año 615. Sus habitantes huyeron y se refugiaron en un pequeño islote rocoso cercano, difícil de atacar, que llamaron Lausa —de donde derivaría 'Ragusa', el nombre latino e italiano de la ciudad—. Con el tiempo, ese asentamiento de refugiados latinos se fue fundiendo con una comunidad eslava instalada en la ladera del continente, entre robledales (dubrava, en croata, de donde vendría 'Dubrovnik'). Un brazo de mar pantanoso separaba ambos núcleos; cuando se rellenó, hacia el siglo XII, quedó convertido en la calle principal que hoy conocemos como la Stradun, y las dos comunidades se unieron en una sola ciudad.

Durante siglos, la nueva Ragusa vivió bajo la protección nominal del Imperio bizantino, mirando siempre al mar como fuente de riqueza. En 1050, según la tradición, el rey croata Esteban I le concedió tierras hacia el norte que le aseguraron agua dulce y puerto. Pequeña, encajada entre el mar y las montañas, sin apenas territorio agrícola, la ciudad entendió pronto que su destino estaba en el comercio marítimo y en la habilidad diplomática, no en la fuerza. Esa lección la convertiría, siglos después, en una de las repúblicas más originales y longevas de Europa.

La República de Ragusa: la diplomacia como arte de sobrevivir

Tras un largo período bajo la soberanía de Venecia (1205-1358), Dubrovnik logró emanciparse. Por el Tratado de Zadar de 1358, que expulsó a Venecia de gran parte de la costa dálmata, la ciudad quedó bajo la lejana soberanía del rey de Hungría-Croacia, que le exigía tributo pero apenas se entrometía en sus asuntos. Ragusa aprovechó esa autonomía para convertirse en una república independiente de hecho, gobernada por una cerrada aristocracia mercantil a través de consejos (el Gran Consejo, el Senado) y de un Rector (Knez) que ejercía como jefe de Estado ceremonial durante un solo mes, encerrado en su palacio para que nadie pudiera acumular poder personal. El lema de la ciudad, grabado en piedra, resumía su espíritu: 'Non bene pro toto libertas venditur auro' —'la libertad no se vende ni por todo el oro del mundo'—.

La clave de su supervivencia fue una diplomacia astuta y sin escrúpulos ideológicos. Rodeada de potencias mucho mayores, Ragusa jugó siempre a equilibrarlas: reconoció la soberanía húngara, pero desde 1458 pactó también con el Imperio otomano, al que pagaba un tributo anual (fijado en unos 12.500 ducados de oro hacia 1481) a cambio de comerciar libremente por todos los dominios del sultán, incluido el acceso al mar Negro, vedado a otros europeos. Más tarde, tras las guerras austro-turcas, se puso también bajo protección de los Habsburgo (1684). Con esa red de lealtades cruzadas, sin ejército digno de mención, la pequeña república sobrevivió cuatro siglos y compitió de igual a igual con Venecia. Sus barcos surcaban el Mediterráneo y el Atlántico; sus colonias comerciales se extendían por los Balcanes y Levante; y en su época dorada, hacia 1500, sus dominios llegaron a albergar cerca de 90.000 habitantes.

Una república adelantada: cuarentena y abolición de la esclavitud

Ragusa no fue solo una potencia mercantil: fue también, en varios aspectos, una comunidad sorprendentemente adelantada a su tiempo. En 1377, ante el terror de la peste negra que asolaba Europa, el Gran Consejo de la ciudad instituyó una de las primeras cuarentenas sanitarias organizadas del mundo: obligó a los viajeros y mercancías procedentes de zonas apestadas a aislarse durante treinta días (el 'trentino') antes de entrar en la ciudad, en lugares designados como el islote de Mrkan o la localidad de Cavtat. El plazo se ampliaría después a cuarenta días —'quaranta', de donde viene la palabra 'cuarentena'—. Con el tiempo, Ragusa construyó lazaretos (los edificios que aún se conservan junto a la Puerta de Ploče) para aislar a los recién llegados. Era una política de salud pública pionera, coherente con una ciudad que ya en 1317 tenía una farmacia en funcionamiento en el monasterio franciscano, todavía activa hoy.

Aún más notable fue su postura sobre la esclavitud. En 1416, el Gran Consejo prohibió el comercio de esclavos, especialmente el tráfico de personas de los Balcanes, castigando con severidad a quien lo practicara: una abolición del comercio esclavista rarísima y muy temprana para la época, siglos antes que en la mayor parte de Europa. La institución de la esclavitud doméstica no desapareció de golpe, pero la prohibición del comercio marcó un hito moral y jurídico excepcional. Estas decisiones —cuarentena, farmacia pública, freno a la esclavitud, un cuidado sistema de gobierno para evitar tiranías— revelan a una república pequeña pero muy consciente de sí misma, orgullosa de su libertad y de un cierto sentido de la organización civil que la distinguía en su tiempo.

El terremoto de 1667 y el fin de la libertad

El golpe más duro llegó de la tierra. La mañana del 6 de abril de 1667, un violentísimo terremoto sacudió Dubrovnik y su entorno. En pocos segundos se derrumbó buena parte de la ciudad: murieron unas 2.000 personas dentro de las murallas y otro millar en los alrededores, y quedaron destruidos casi todos los edificios públicos, palacios e iglesias góticas y renacentistas que habían hecho famosa a la república. A la sacudida siguieron incendios que completaron la ruina. Fue una herida de la que Ragusa, ya en lenta decadencia comercial, nunca se recuperó del todo.

La ciudad se reconstruyó, pero de otra manera: en un estilo barroco más sobrio y homogéneo, con las casas uniformes de la Stradun que hoy vemos, más bajas y austeras que los palacios perdidos. La república siguió existiendo, aferrada a su libertad y a su diplomacia, mientras el comercio mediterráneo perdía peso frente a las nuevas rutas oceánicas hacia América y Asia. El fin llegó con Napoleón. En mayo de 1806, tropas francesas al mando del general Lauriston ocuparon la ciudad neutral con el pretexto de descansar y aprovisionarse, y no se fueron; el asedio ruso-montenegrino que siguió llenó Dubrovnik de cañonazos. Dos años después, el 31 de enero de 1808, el mariscal francés Marmont proclamó la abolición de la República de Ragusa, tras más de cuatro siglos y medio de independencia. La ciudad fue integrada en el Reino napoleónico de Italia y luego en las Provincias Ilirias; caído Napoleón, el Congreso de Viena la entregó en 1815 al Imperio austríaco, dentro del Reino de Dalmacia, donde permanecería hasta 1918.

Siglo XX: Yugoslavia, el asedio de 1991 y el renacer

Tras la Primera Guerra Mundial y el fin del Imperio austrohúngaro, Dubrovnik se integró en el nuevo Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, que sería Yugoslavia. Durante el siglo XX vivió como una tranquila joya patrimonial de la costa dálmata, y en 1979 la UNESCO inscribió su casco antiguo en la lista del Patrimonio de la Humanidad, reconociendo su valor excepcional. Pero la desintegración de Yugoslavia trajo la guerra a sus murallas.

En 1991, tras la declaración de independencia de Croacia, el Ejército Popular Yugoslavo (JNA), con reservistas de Montenegro y de Herzegovina oriental, lanzó una ofensiva sobre la región de Dubrovnik. La ciudad, sin apenas valor militar y protegida por su estatus patrimonial, fue sitiada y bombardeada durante meses. Los ataques más intensos sobre el casco histórico se produjeron en octubre y noviembre de 1991 y culminaron el 6 de diciembre de ese año, el llamado 'Viernes Negro', cuando más de 600 proyectiles cayeron sobre la ciudad vieja. De los 824 edificios del casco antiguo, unos 563 —más de dos tercios— resultaron alcanzados por la artillería; monumentos, iglesias, palacios y tejados quedaron dañados, y decenas de civiles murieron. El bombardeo de una ciudad Patrimonio de la Humanidad conmocionó al mundo, y la UNESCO incluyó a Dubrovnik en su lista de patrimonio en peligro. El monte Srđ, sobre la ciudad, fue posición clave en su defensa. El asedio se levantó en 1992.

La reconstrucción fue meticulosa y ejemplar: se restauraron fachadas, iglesias y, sobre todo, los característicos tejados de tejas. Ese trabajo dejó una huella todavía hoy visible y muy real: buena parte de las tejas nuevas, más anaranjadas y brillantes, contrastan con las viejas, más pálidas y desgastadas, que sobrevivieron. Desde las murallas o el monte Srđ se distingue a simple vista qué tejados fueron reparados: un mapa silencioso de las bombas. En 1998, tras la restauración, Dubrovnik salió de la lista de patrimonio en peligro. Hoy es una de las ciudades más visitadas de Europa —tanto que debe gestionar el overtourism— y, desde 2023, forma parte plenamente de la Unión Europea con el euro y el espacio Schengen. La antigua república que sobrevivió siglos con astucia sobrevivió también a la guerra, y su piedra sigue en pie sobre el Adriático.

📚 Bibliografía

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