La región del Pacífico Sur de Costa Rica, donde se encuentra Uvita, tiene una historia precolombina fascinante y, en parte, todavía enigmática. Estas tierras estuvieron habitadas por pueblos indígenas vinculados a las tradiciones culturales del sur del país y de la región del Diquís, célebres por una de las manifestaciones arqueológicas más misteriosas de América: las esferas de piedra precolombinas.
Estas esferas, talladas en piedra con una precisión asombrosa y que van desde pocos centímetros hasta más de dos metros de diámetro, se encuentran sobre todo en el cercano Delta del Diquís, más al sur de Uvita. Fueron elaboradas por sociedades indígenas hace siglos, y su función exacta —marcadores de estatus, alineaciones astronómicas, símbolos rituales— sigue siendo objeto de estudio y debate. Los sitios con esferas del Diquís fueron declarados Patrimonio Mundial de la Unesco, en reconocimiento a su valor único.
La zona de Uvita y la Costa Ballena formaba parte de ese mundo indígena del Pacífico Sur, rico en recursos marinos y selváticos. Tras la conquista española, como en otras regiones, las poblaciones originarias declinaron drásticamente. Durante siglos, esta costa permaneció como un territorio remoto y poco poblado, dedicado a la subsistencia, hasta que el turismo de naturaleza la pusiera, mucho después, en el mapa del mundo.
Durante la mayor parte de su historia posterior a la conquista, la zona de Uvita y toda la Costa Ballena fueron un rincón remoto y de difícil acceso del Pacífico Sur. Separada de los principales centros del país por la distancia, la selva y la falta de buenas carreteras, la región se dedicaba a la pesca artesanal, la agricultura y la ganadería de subsistencia, con pequeñas comunidades rurales que vivían en relativo aislamiento.
Las hermosas playas, la selva y la fauna marina que hoy atraen a viajeros de todo el mundo eran simplemente el paisaje cotidiano de estas comunidades. Llegar a la zona implicaba viajes largos y complicados, y el turismo era prácticamente inexistente. Ese aislamiento, sin embargo, ayudó a conservar el entorno natural en buen estado.
El gran punto de inflexión fue la mejora y, finalmente, la pavimentación de la carretera costanera (la Costanera Sur), que recorre el Pacífico conectando esta región con Quepos, San José y el resto del país. La carretera redujo drásticamente los tiempos de viaje y abrió las puertas al desarrollo turístico de toda la Costa Ballena. Lo que había sido un rincón apartado empezó a recibir visitantes atraídos por su naturaleza, y Uvita comenzó su transformación en destino.
El hito fundacional del Uvita turístico fue la protección de su zona marina y costera. En 1989 se creó el Parque Nacional Marino Ballena, uno de los primeros parques nacionales marinos de Costa Rica, un país que hasta entonces había centrado su conservación sobre todo en ecosistemas terrestres. La creación de este parque marcó un reconocimiento de la importancia de proteger también los ecosistemas del mar.
El parque fue establecido para proteger una rica franja de costa y mar del Pacífico Sur: arrecifes de coral y de roca, islas, manglares, playas y, de manera muy destacada, las aguas por las que transitan y permanecen las ballenas jorobadas, los delfines y otra abundante fauna marina, además de ser zona de anidación de tortugas. Su nombre, 'Marino Ballena', ya anunciaba la estrella del lugar.
Dentro del parque se encuentra la curiosa y célebre formación de la 'Cola de Ballena', un tómbolo de arena que une la costa con un islote y que dibuja la inconfundible forma de una cola de cetáceo. Esa imagen, junto con la presencia real de ballenas, convirtió a Uvita en sinónimo de avistamiento de ballenas y dio nombre a toda la región: la Costa Ballena. La protección del parque sentó las bases para un turismo de naturaleza que respetara y aprovechara de forma sostenible la extraordinaria riqueza marina de la zona.
El gran protagonista de Uvita es la ballena jorobada (Megaptera novaeangliae), un cetáceo enorme y majestuoso famoso por sus espectaculares saltos fuera del agua, sus aletas pectorales larguísimas y los cantos de los machos. Las aguas cálidas del Pacífico Sur costarricense son un destino de reproducción y cría para estas ballenas, que llegan desde mares lejanos para tener y amamantar a sus crías en aguas seguras y templadas.
Lo que hace de Uvita un lugar excepcional en el mundo es que recibe ballenas jorobadas durante buena parte del año, gracias a la confluencia de dos poblaciones distintas que llegan en temporadas diferentes. Por un lado, las jorobadas del hemisferio norte, que migran desde aguas como las de California o México y suelen verse aproximadamente entre diciembre y abril. Por otro, las del hemisferio sur, que viajan desde las frías aguas de la Antártida y la Patagonia y protagonizan la temporada más larga y célebre, aproximadamente de julio a octubre o noviembre.
Esta doble temporada, poco común en el mundo, convirtió a Uvita en una capital del avistamiento de ballenas. En torno a este fenómeno surgió el Festival de Ballenas y Delfines, un evento que celebra la llegada de los cetáceos con tours, actividades y un ambiente festivo, y que se ha vuelto un atractivo en sí mismo. La industria del avistamiento, cuando se practica de forma responsable y respetando las distancias y normas de acercamiento, se ha convertido en un motor económico para la zona y en un poderoso incentivo para conservar a las ballenas y su hábitat.
En las últimas décadas, Uvita y la Costa Ballena pasaron de ser un rincón remoto a convertirse en uno de los destinos de naturaleza de creciente popularidad en Costa Rica. La combinación del Parque Nacional Marino Ballena, las ballenas, las cascadas (como la espectacular Nauyaca), las playas, la selva y un ambiente relajado atrajo a viajeros de todo el mundo y a una comunidad internacional de residentes y emprendedores.
A diferencia de algunos destinos masivos, Uvita ha mantenido en buena medida un perfil más tranquilo y orientado a la naturaleza y el bienestar. Han florecido eco-lodges, hoteles boutique, restaurantes de cocina saludable, mercados orgánicos y una oferta de turismo que busca, al menos en su discurso, ser sostenible y respetuosa del entorno. La cercanía de la Península de Osa —uno de los lugares con mayor biodiversidad del planeta— refuerza el carácter naturalista de toda la región.
Como todo destino en crecimiento, Uvita enfrenta el desafío de equilibrar el desarrollo turístico con la conservación de aquello que la hace especial: la salud de sus aguas y arrecifes, la protección de las ballenas y la fauna marina frente a la presión de los tours, y el manejo del crecimiento urbano y de los recursos. La historia de Uvita es, en definitiva, una historia reciente y aún en construcción: la de una costa que descubrió que su mayor tesoro eran las ballenas que la visitan y la naturaleza que la rodea, y que intenta cuidarlas mientras las comparte con el mundo.