La región del Caribe Norte de Costa Rica, donde hoy se encuentra Tortuguero, es un mundo dominado por el agua: un vasto territorio de selva tropical lluviosa entrecruzado por ríos, lagunas, humedales y una llanura costera que se inunda con las abundantes lluvias. Esta geografía anfibia, plana y exuberante, ha sido el escenario de la vida de la zona desde mucho antes de la llegada de los europeos.
En tiempos precolombinos, pueblos indígenas habitaron y recorrieron estos territorios, aprovechando la riqueza de las aguas y los bosques: pescaban, cazaban, recolectaban y se desplazaban por los ríos y canales naturales en sus embarcaciones. La abundancia de tortugas marinas en las playas y de fauna en la selva hacía de la región un lugar rico en recursos, aunque de difícil acceso y vida exigente por el clima húmedo.
Tras la conquista española, esta costa caribeña, como el resto de la vertiente atlántica, quedó en gran medida al margen de los centros de poder del país, concentrados en el Valle Central. La lejanía, la falta de caminos y lo inhóspito del clima mantuvieron a la región de Tortuguero como un rincón remoto y escasamente poblado durante siglos, un territorio salvaje donde la naturaleza reinaba casi sin contrapeso.
Durante mucho tiempo, la relación de los habitantes de la zona con las tortugas marinas fue de explotación. Las tortugas verdes que llegaban por miles a desovar en las playas de Tortuguero eran una fuente abundante de alimento y comercio: se aprovechaban su carne, sus huevos —muy demandados— y, en el caso de algunas especies como la carey, su caparazón, codiciado para la fabricación de objetos. Esta caza, practicada durante generaciones y luego intensificada con fines comerciales, llegó a representar una seria amenaza para las poblaciones de tortugas.
La región también vivió de la explotación de otros recursos naturales, en particular la madera. Los bosques de la zona fueron objeto de tala, y se abrieron y aprovecharon vías de agua para transportar los troncos y los productos. La economía local se basaba en estas actividades extractivas, en la pesca y en una vida dura y aislada, propia de una zona de frontera selvática y húmeda.
El pueblo de Tortuguero, en su estrecha franja de tierra entre los canales y el mar, era una pequeña comunidad ligada a estas actividades. Nadie imaginaba entonces que aquellas tortugas que se cazaban terminarían siendo, décadas más tarde, el motor de una nueva economía basada en su protección, ni que aquel rincón remoto se convertiría en uno de los destinos de ecoturismo más célebres del país. Para que eso ocurriera, hizo falta la mirada de la ciencia.
El gran punto de inflexión en la historia de Tortuguero llegó de la mano de la ciencia, y muy especialmente de un hombre: el biólogo estadounidense Archie Carr, una de las figuras pioneras y más influyentes en el estudio y la conservación de las tortugas marinas en el mundo. A mediados del siglo XX, Carr centró su atención en las playas de Tortuguero, donde estudió las anidaciones de la tortuga verde, una de las colonias más importantes del Caribe.
Las investigaciones de Carr fueron decisivas para comprender la biología, los ciclos de migración y anidación, y la asombrosa fidelidad de las tortugas a sus playas natales. Su trabajo, divulgado además en libros que despertaron el interés del público, puso a Tortuguero en el mapa científico mundial y, sobre todo, encendió la alarma sobre el declive de las tortugas y la urgencia de protegerlas. Carr no solo estudió a las tortugas: se convirtió en un apasionado defensor de su conservación.
De ese impulso nació la creación de una estación de investigación en Tortuguero y de una organización dedicada a la protección de las tortugas, que con el tiempo se convertiría en la Sea Turtle Conservancy (Caribbean Conservation Corporation, en sus orígenes). Esta presencia científica y conservacionista permanente, iniciada por Carr y sus colaboradores, fue el germen del cambio: la idea de que las tortugas valían más vivas, estudiadas y protegidas, que cazadas. Ese cambio de paradigma transformaría para siempre el destino de Tortuguero.
El esfuerzo científico y conservacionista cristalizó en 1970 con la creación del Parque Nacional Tortuguero, una de las áreas protegidas más importantes y emblemáticas del sistema de parques de Costa Rica. El parque fue establecido para proteger las playas de anidación de las tortugas marinas —en especial la tortuga verde— y, con ellas, todo el extraordinario ecosistema circundante: los canales, las lagunas, los humedales y la selva tropical lluviosa de la zona.
La creación del parque marcó el paso definitivo de un modelo de explotación a uno de conservación. La caza de tortugas y la recolección de huevos quedaron prohibidas o estrictamente reguladas dentro del área protegida, y las playas de desove pasaron a ser vigiladas y estudiadas. La protección abarcó no solo a las tortugas, sino a la enorme biodiversidad de la selva inundable: monos, perezosos, caimanes, manatíes, una riquísima avifauna y mucho más.
El Parque Nacional Tortuguero se integró así a la red de áreas protegidas que convirtió a Costa Rica en un referente mundial de conservación. El sistema de canales —en parte natural y en parte ampliado por la mano humana para facilitar la navegación en una región sin carreteras— se transformó en la vía de acceso y exploración del parque, dando forma al destino tal como lo conocemos hoy: un lugar al que solo se llega por agua o aire, donde la naturaleza es la indiscutible protagonista.
La transformación más profunda de Tortuguero no fue solo geográfica o ecológica, sino humana. Con la creación del parque y el auge del ecoturismo a lo largo de las últimas décadas del siglo XX, la comunidad de Tortuguero vivió un cambio notable: muchos de quienes antes cazaban tortugas o explotaban los recursos de la selva se convirtieron en guías naturalistas, boteros, anfitriones de lodges y guardianes de la naturaleza que los rodea. Las tortugas pasaron de ser un recurso para cazar a ser un atractivo para mostrar y proteger.
El modelo de turismo de Tortuguero —basado en recorridos por los canales, observación de fauna y, en temporada, la observación regulada del desove de las tortugas— se convirtió en un ejemplo de cómo la conservación puede generar beneficios económicos para una comunidad. Los ingresos del ecoturismo dieron un valor tangible a las tortugas y a la selva vivas, alineando el interés de la población con la protección del entorno.
Hoy Tortuguero es uno de los destinos de naturaleza más emblemáticos de Costa Rica y un caso celebrado de conservación basada en la comunidad. No está exento de desafíos —la presión turística sobre las tortugas y los canales, el manejo de residuos en una zona sin carreteras, la necesidad de que los beneficios lleguen a la población local—, pero su historia es, en esencia, una historia de redención: la de un pueblo y una región que aprendieron a cuidar aquello que antes consumían, y que hoy comparten con el mundo el espectáculo de una naturaleza protegida. Las tortugas que inspiraron su nombre siguen llegando, año tras año, a las mismas playas, ahora bajo la mirada atenta de quienes las cuidan.