Hace apenas cuatro décadas, Santa Teresa no aparecía en ningún mapa turístico: era un puñado de casas de pescadores al final de un camino de tierra intransitable en épocas de lluvia, sin electricidad estable ni asfalto, donde el mayor acontecimiento del día era la vuelta de las lanchas con la pesca. Hoy ese mismo pueblo figura en las listas internacionales de las mejores playas del mundo y recibe surfistas, yoguis y viajeros de todos los continentes. La historia de cómo un caserío olvidado del extremo sur de Nicoya se convirtió en una meca global —y de cómo, en ese mismo rincón remoto, nació la conservación moderna de Costa Rica— es una de las más sorprendentes del país.
El extremo sur de la península de Nicoya, donde hoy se encuentran Santa Teresa, Mal País, Montezuma y Cabo Blanco, formó parte en tiempos precolombinos del amplio territorio de los chorotegas, el pueblo de raíz mesoamericana que dominó buena parte del Pacífico Norte de Costa Rica. Los chorotegas desarrollaron una cultura agrícola y alfarera notable, y la península conserva una rica herencia arqueológica que da testimonio de aquella presencia milenaria.
Durante la época colonial y los siglos siguientes, sin embargo, el extremo sur de la península quedó como una zona especialmente remota y de difícil acceso. Separado del resto del país por el golfo de Nicoya y por caminos precarios, este rincón costero permaneció escasamente poblado y al margen de los principales centros de actividad. La vida giraba en torno a la pesca artesanal y a una agricultura y ganadería de subsistencia, en pequeños caseríos dispersos.
Esa lejanía, que durante tanto tiempo fue una limitación, resultó a la larga una bendición para la naturaleza de la zona. Mientras otras regiones se transformaban, el sur de Nicoya conservó buena parte de sus bosques y de su litoral en estado relativamente salvaje. Y fue precisamente allí, en este rincón apartado, donde nacería una de las historias ambientales más importantes de Costa Rica y de América Latina.
La historia ambiental moderna de Costa Rica tiene una de sus raíces más profundas en este rincón del sur de Nicoya. A comienzos de los años sesenta, una pareja de inmigrantes —el sueco Olof Wessberg y la danesa Karen Mogensen— se había instalado en la zona de Montezuma. Profundamente conmovidos al ver cómo la deforestación avanzaba sobre los bosques de la península, talados para dar paso a la agricultura y la ganadería, decidieron actuar.
Wessberg y Mogensen emprendieron una campaña incansable para proteger un área de bosque en el extremo de la península. Buscaron apoyo dentro y fuera del país, recaudaron fondos a través de organizaciones internacionales y presionaron a las autoridades. Su esfuerzo dio fruto en 1963 con la creación de la Reserva Natural Absoluta Cabo Blanco, considerada la primera área protegida de Costa Rica y la piedra fundacional de lo que llegaría a ser uno de los sistemas de parques nacionales más admirados del mundo.
La categoría de 'reserva natural absoluta' refleja el espíritu pionero y radical de aquella protección: un área destinada sobre todo a la conservación y la investigación, con acceso muy restringido. La gesta de Wessberg y Mogensen inspiró el desarrollo posterior de todo el sistema de conservación costarricense. Trágicamente, Olof Wessberg fue asesinado años después, en 1975, mientras luchaba por crear otra área protegida en la península de Osa; su legado, sin embargo, quedó sembrado en cada parque nacional del país.
Durante la mayor parte del siglo XX, Santa Teresa y Mal País siguieron siendo pequeños caseríos de pescadores, prácticamente desconocidos para el viajero. La actividad principal era la pesca, y la vida transcurría al ritmo lento del campo y el mar, con caminos de tierra que apenas comunicaban estos pueblos con el resto de la península y del país. Las hermosas playas y las olas que hoy son célebres eran simplemente parte del paisaje cotidiano.
La transformación comenzó, como en otras costas del Pacífico costarricense, con el surf. Hacia fines del siglo XX y, sobre todo, a partir de los años 2000, surfistas que buscaban olas nuevas y vírgenes descubrieron la calidad y consistencia de las olas de Santa Teresa y Mal País. El boca a boca y la difusión en la comunidad surfera internacional empezaron a atraer cada vez a más visitantes a este rincón antes ignorado.
Lo que siguió fue un crecimiento acelerado. Hostels, hoteles, restaurantes y escuelas de surf fueron surgiendo a lo largo de la calle principal, y Santa Teresa pasó de ser un secreto de surfistas a convertirse en uno de los destinos de moda de Costa Rica. La llegada de una población internacional —surfistas, emprendedores, viajeros de larga estadía y residentes extranjeros— le dio al pueblo un carácter cosmopolita, aunque conservando, en buena medida, sus emblemáticos caminos de tierra y su atmósfera relajada y rústica.
A medida que Santa Teresa crecía como destino de surf, fue desarrollando una segunda identidad que la distinguiría de otras playas: una fuerte escena de yoga, bienestar y vida consciente. Atraídos por el entorno natural, el ritmo pausado y la comunidad internacional, fueron llegando profesores de yoga, terapeutas, chefs de cocina saludable y emprendedores del bienestar, que encontraron en el pueblo el lugar ideal para sus proyectos.
Así, junto a las escuelas de surf, florecieron estudios de yoga, centros de retiros, espacios de meditación y una gastronomía orientada a la comida sana, con cafés veganos, bowls y jugos naturales. Santa Teresa se convirtió en uno de los principales destinos de wellness de Costa Rica, donde es habitual combinar una sesión de surf al amanecer con una clase de yoga y comida consciente, todo en un mismo día y en un entorno de playa y selva.
Esta combinación de surf, naturaleza y bienestar, sumada a su atmósfera cosmopolita y a su belleza, consolidó la fama internacional de Santa Teresa, que ha aparecido en numerosas listas de mejores playas y destinos del mundo. El crecimiento, sin embargo, también ha traído desafíos: la presión sobre la infraestructura (caminos, agua, electricidad), el manejo de los residuos y la necesidad de equilibrar el desarrollo con la conservación del entorno que dio fama al lugar. La vecina Reserva Cabo Blanco, recordando los orígenes de la conservación costarricense, sigue siendo un faro de ese equilibrio que el sur de Nicoya intenta mantener entre el atractivo turístico y la protección de su naturaleza.