Detrás del nombre de uno de los destinos turísticos más famosos de Costa Rica se esconde un pueblo desaparecido: los quepoa. De ellos casi no quedan huellas, salvo la más duradera de todas —la palabra 'Quepos'—, pero fueron los primeros en habitar esta franja del Pacífico Central, mucho antes de que llegaran los españoles en el siglo XVI, los bananos de la United Fruit o los charters de pesca. Los quepoa (o quepo) formaban parte del mosaico de pueblos originarios del país y vivían de la pesca, la caza, la recolección y la agricultura en esta costa de selva, ríos y manglares.
Con la conquista y la colonización española, la población indígena de la región se vio diezmada por las enfermedades, los desplazamientos y el sistema colonial, como ocurrió en buena parte del país. La zona del Pacífico Central quedó, durante el largo período colonial, prácticamente despoblada y al margen de los grandes centros de poder, que se concentraban en el Valle Central.
Durante siglos, esta costa permaneció apartada y de difícil acceso, cubierta de bosque y bordeada de manglares, con apenas algunos pobladores dispersos. El nombre 'Quepos', heredado de aquel pueblo originario, quedó como una de las pocas huellas visibles de quienes habitaron primero esta tierra.
El gran salto en la historia moderna de Quepos llegó en el siglo XX, de la mano del banano. En la década de 1930, la United Fruit Company —la poderosa empresa estadounidense que dominaba el negocio bananero en buena parte de Centroamérica— estableció enormes plantaciones en la región del Pacífico Central, alrededor de Quepos. La compañía construyó infraestructura para la exportación: un muelle, líneas de ferrocarril, viviendas para los trabajadores y todo un sistema de vida girando en torno al cultivo.
Quepos se convirtió así en un puerto bananero, un enclave productivo donde la actividad económica, el empleo y hasta la organización social estaban marcados por la presencia de la compañía. Llegó gente de distintas partes del país y de la región en busca de trabajo, y el pueblo creció al ritmo de las exportaciones de fruta.
Sin embargo, el banano del Pacífico Central sufrió el embate de la llamada 'enfermedad de Panamá', un hongo que arruinaba las plantaciones. Ante la caída de la producción, gran parte de los terrenos se reconvirtieron al cultivo de la palma africana (palma aceitera), que todavía hoy domina el paisaje agrícola de los alrededores de Quepos, con sus interminables hileras de palmeras. El ciclo bananero dejó, así, paso al de la palma.
La gran transformación contemporánea de Quepos llegó con el turismo, y su detonante fue la creación, en 1972, del Parque Nacional Manuel Antonio, a apenas siete kilómetros del pueblo. Pese a ser uno de los parques nacionales más pequeños de Costa Rica, Manuel Antonio combina playas de arena blanca, selva tropical que llega hasta el mar y una fauna extraordinariamente visible —monos carablanca y ardilla, perezosos, iguanas, mapaches y una rica avifauna—, lo que lo convirtió en uno de los destinos más fotografiados y visitados del país.
A partir de entonces, la economía de la zona empezó a virar del banano y la palma hacia el turismo. A lo largo de la carretera que sube de Quepos a Manuel Antonio fueron surgiendo hoteles, lodges, restaurantes y miradores, aprovechando las espectaculares vistas a la selva y al océano. El pueblo de Quepos, por su parte, se consolidó como base de servicios: hospedajes más económicos, comercios, transporte y, sobre todo, el punto de partida de tours y de la pesca deportiva.
La popularidad de Manuel Antonio fue tal que, para proteger su frágil ecosistema, se implementaron medidas como el cupo diario limitado de visitantes, el cierre semanal (los lunes en temporada baja) y la venta de entradas exclusivamente online a través del SINAC. Hoy, el equilibrio entre la conservación del parque y la enorme demanda turística es uno de los grandes desafíos de la región.
Junto al turismo de naturaleza, Quepos cultivó otra vocación que le dio fama internacional: la pesca deportiva. Las aguas del Pacífico frente a Quepos están entre las más ricas del país para la pesca de altura, con abundancia de pez vela (sailfish), marlín (azul, negro y rayado), dorado (mahi-mahi), atún y wahoo mar adentro, y de roosterfish, pargo y otras especies en la pesca costera. Esa riqueza convirtió a Quepos en una de las grandes capitales de la pesca deportiva del Pacífico costarricense.
El símbolo moderno de esa identidad es la Marina Pez Vela, una marina de primer nivel inaugurada en la bahía de Quepos, con cientos de amarres capaces de recibir embarcaciones de gran porte, además de servicios náuticos, seguridad, combustible y un complejo de restaurantes, bares y tiendas. Desde sus muelles zarpan a diario los charters que llevan a pescadores de todo el mundo a probar suerte con el pez vela y el marlín.
Hoy, Quepos vive de la suma de sus dos motores: la naturaleza de Manuel Antonio y la pesca deportiva de la marina, sin perder del todo su carácter de pueblo portuario con historia bananera. Esa mezcla de selva, mar, fruta y deporte hace de Quepos un destino con personalidad propia dentro del Pacífico Central, mucho más que una simple puerta de entrada a un parque famoso.
El paso del banano a la palma africana no fue solo un cambio de cultivo: reconfiguró el paisaje y la sociedad del Pacífico Central. Cuando la United Fruit Company abandonó el banano a mediados del siglo XX, las tierras se replantaron con palma aceitera, y esos interminables palmerales que hoy se ven a los costados de la costanera son la herencia directa de aquella reconversión. Alrededor de la producción de aceite surgieron pueblos ligados a la agroindustria —como los antiguos 'campos' bananeros reconvertidos— y una cultura de trabajo que todavía persiste en el interior del cantón, lejos de las playas.
Mientras tanto, la costa vivía otra transformación. Con Manuel Antonio convertido en imán turístico y la pesca deportiva en auge, Quepos empezó a mirar hacia el mar y hacia el visitante extranjero. El pueblo se llenó de sodas, hospedajes, agencias de tours y tiendas, y la carretera que trepa hacia el parque se pobló de hoteles y restaurantes con vista. Sin embargo, a diferencia de otros destinos de playa que borraron su pasado, Quepos conservó su carácter de puerto de trabajo: el mercado, los pescadores, las familias que llevan generaciones en la zona.
Ese contraste es hoy la personalidad de Quepos. Es, al mismo tiempo, la puerta de entrada a uno de los parques nacionales más visitados de América Latina y un pueblo costarricense de verdad, con su historia indígena quepoa, su cicatriz bananera, sus palmerales y su marina de yates. Quien llega buscando solo las playas de Manuel Antonio descubre, casi sin querer, un lugar con muchas más capas: el turista pasa por la franja hotelera, pero la vida cotidiana late en las calles del puerto, donde se cruzan el aceite de palma, el pescado del día y los charters que salen a buscar el pez vela.
Entender esa doble alma —agrícola y turística, auténtica y cosmopolita— es la clave para disfrutar Quepos más allá de la postal. No es una simple parada camino a Manuel Antonio: es un cruce de historias donde se puede leer, en un solo lugar, buena parte de la historia económica de Costa Rica en el siglo XX.