En Puerto Viejo se habla inglés criollo, se cocina con leche de coco y suena el calipso, pero la historia de este rincón del Caribe empieza mucho antes: con los pueblos que llevan miles de años en estas montañas. La región de Talamanca es uno de los territorios con mayor presencia indígena viva del país: aquí habitan los bribri y los cabécar, pueblos que conservan sus lenguas, sus tradiciones, sus territorios y una profunda relación espiritual y práctica con la selva de la cordillera de Talamanca, una de las más biodiversas y de difícil acceso de Centroamérica.
Los bribri y cabécar lograron mantener su autonomía e identidad en parte gracias a lo abrupto e inaccesible de su territorio montañoso, que dificultó la penetración española y colonial. La cordillera de Talamanca y los valles que la rodean fueron, durante siglos, un reducto donde estas culturas pudieron perpetuar su forma de vida, su organización social (con un sistema de clanes matrilineales), su cosmovisión y su conocimiento ancestral de las plantas, el cacao y la naturaleza.
Hoy, la cordillera de Talamanca y el Parque Internacional La Amistad (compartido con Panamá) son Patrimonio Mundial de la Unesco, en reconocimiento tanto a su extraordinaria biodiversidad como a la presencia de estas culturas indígenas. Los territorios bribri y cabécar siguen vivos en las montañas detrás de Puerto Viejo, y la posibilidad de conocerlos —a través de proyectos comunitarios respetuosos— es una de las dimensiones más profundas y enriquecedoras de visitar el Caribe Sur.
Durante buena parte de la historia de Costa Rica, la costa caribeña (atlántica) se desarrolló de manera muy diferente al resto del país. Mientras el poder y la población se concentraban en el Valle Central, separado del Caribe por montañas y selvas, la vertiente atlántica permaneció aislada, escasamente poblada y al margen de la vida nacional. Esta separación geográfica y la falta de comunicaciones hicieron del Caribe un mundo aparte.
La costa, de clima húmedo y selvático, estaba habitada por los pueblos indígenas del interior, por pescadores y por algunos pobladores dispersos. La región carecía de los caminos y la infraestructura que conectaban otras zonas, y su relación era a menudo más estrecha con el mundo del Caribe insular y con el mar que con la capital, lejana y difícil de alcanzar.
Este aislamiento histórico fue determinante para la formación de la identidad particular del Caribe costarricense. Lejos de las influencias del centro del país, la costa atlántica desarrollaría, sobre todo a partir de fines del siglo XIX, una cultura propia, marcada por la llegada de un nuevo y decisivo componente humano —la población afrocaribeña— que cambiaría para siempre su rostro y le daría la personalidad inconfundible que hoy se respira en Puerto Viejo y en toda la provincia de Limón.
El componente que definiría la identidad del Caribe costarricense llegó a fines del siglo XIX y comienzos del XX, ligado a dos grandes empresas: la construcción del ferrocarril al Atlántico y el auge de las plantaciones de banano. Para construir el ferrocarril que uniría el Valle Central con el puerto de Limón —una obra titánica a través de selvas y montañas— y para trabajar en las plantaciones, se contrató a una gran cantidad de trabajadores afrodescendientes, sobre todo provenientes de Jamaica y de otras islas del Caribe de habla inglesa.
Estos trabajadores, junto con sus familias, se asentaron en la provincia de Limón y conformaron una comunidad afrocaribeña numerosa y de cultura propia, distinta de la del resto del país. Hablaban inglés criollo (conocido como mekatelyu o patois limonense), profesaban en buena parte religiones protestantes, y trajeron consigo su música, su gastronomía y sus costumbres. La poderosa United Fruit Company y otras compañías bananeras dominaron la economía de la región durante décadas.
La población afrocaribeña vivió durante mucho tiempo en una situación de marginación y de restricciones (incluso hubo épocas en que enfrentaron limitaciones para trasladarse al Valle Central). Solo con el correr del siglo XX fueron plenamente integrados como ciudadanos. Pese a esas dificultades, su cultura echó raíces profundas y dio al Caribe limonense —y a Puerto Viejo en particular— su lengua, su música (el calipso, y más tarde la influencia del reggae), su cocina de coco y especias y su carácter alegre y relajado, hoy uno de los grandes tesoros culturales de Costa Rica.
Durante buena parte del siglo XX, Puerto Viejo de Talamanca fue un pequeño y tranquilo pueblo del Caribe Sur, dedicado a la pesca y a la agricultura (entre otros, el cacao, que tuvo gran importancia económica hasta que una plaga lo afectó duramente). Aislado, sin buenos caminos y lejos de los circuitos turísticos, conservaba un ritmo de vida pausado y una fuerte identidad afrocaribeña e indígena, ajeno al desarrollo que vivían otras zonas del país.
La transformación de Puerto Viejo en destino turístico fue relativamente tardía, y llegó sobre todo a partir de las últimas décadas del siglo XX. La mejora de los caminos que finalmente conectaron mejor la zona, junto con el descubrimiento de sus olas por parte de los surfistas, atrajeron a los primeros viajeros. La famosa ola conocida como 'Salsa Brava', una de las más potentes y respetadas del país, puso a Puerto Viejo en el mapa del surf, y el ambiente relajado, las playas y la cultura del lugar hicieron el resto.
Poco a poco, Puerto Viejo se fue convirtiendo en uno de los destinos más populares y con más personalidad de Costa Rica, atrayendo a una mezcla cosmopolita de surfistas, mochileros, viajeros de larga estadía y residentes extranjeros que se sumaron a la población local afrocaribeña e indígena. El pueblo desarrolló una vibrante oferta de hospedaje, gastronomía y vida nocturna, con su característico aire bohemio, sin perder —al menos en buena medida— la esencia caribeña que lo hace único.
El Caribe Sur de hoy combina, como pocos lugares, una naturaleza exuberante con una cultura riquísima. La región alberga áreas protegidas de gran valor: el Parque Nacional Cahuita, con su arrecife de coral y su fauna accesible; el Refugio Nacional de Vida Silvestre Gandoca-Manzanillo, con su selva, manglares, arrecifes y playas vírgenes; y, tierra adentro, la imponente cordillera de Talamanca y el Parque Internacional La Amistad. Es uno de los rincones más biodiversos del país, hogar de perezosos, monos, ranas venenosas de colores, aves y mucho más.
A esa riqueza natural se suma la cultural: la herencia afrocaribeña viva en la música (calipso, reggae), la lengua, la gastronomía (rice and beans, rondón, pan bon) y el carácter del pueblo; y la presencia de los pueblos indígenas bribri y cabécar, con su sabiduría ancestral, su cacao y sus tradiciones. Esta combinación de naturaleza y multiculturalidad es la verdadera marca del destino.
Como todo lugar que pasa de la tranquilidad al éxito turístico, el Caribe Sur enfrenta el desafío de crecer sin perder su alma ni degradar su entorno: la protección de los arrecifes y la fauna, el respeto a las culturas locales, el manejo del desarrollo y el reparto de los beneficios del turismo entre las comunidades afrocaribeñas e indígenas. La historia de Puerto Viejo de Talamanca es, en el fondo, la de un encuentro de pueblos —indígenas, afrocaribeños y viajeros del mundo— en un escenario de selva y mar, que dio origen a uno de los lugares con más personalidad y sabor de toda Costa Rica.