Cruzar de San José al Caribe Sur es cambiar de país sin salir de Costa Rica. Aquí el desayuno huele a rice and beans cocinado en leche de coco, en las calles suena el calypso, se escucha un inglés criollo llamado mekatelyu y el ritmo de la vida baja varias revoluciones. Playa Cocles y Playa Chiquita, junto a Puerto Viejo de Talamanca, son la puerta de entrada a esa otra Costa Rica: la afrocaribeña, indígena y bohemia, tan distinta del país del Valle Central y del Pacífico turístico.
Playa Cocles y Playa Chiquita se encuentran en el cantón de Talamanca, una región del Caribe Sur de Costa Rica con una historia y una composición cultural particulares. Antes de la llegada europea, y aún hoy, este territorio ha sido hogar de pueblos indígenas como los bribris y cabécares, que conservan sus territorios, lenguas y tradiciones en las montañas y valles de la Cordillera de Talamanca, una de las zonas con mayor presencia indígena del país.
A esta raíz indígena se sumó, a partir del siglo XIX y comienzos del XX, la llegada de pobladores afroantillanos —en gran parte jamaicanos— que se asentaron a lo largo de la costa caribeña como pescadores, agricultores y trabajadores vinculados al ferrocarril y al banano de la región de Limón. De su herencia provienen el inglés criollo (mekatelyu), la música calypso y reggae y la cocina de coco que caracterizan al Caribe Sur.
Durante gran parte del siglo XX, la costa de Talamanca, incluidos los parajes de Cocles y Chiquita junto al pueblo de Puerto Viejo, permaneció apartada y de difícil acceso, dedicada a la pesca artesanal y a cultivos como el cacao, que tuvo gran importancia económica hasta que una plaga (la monilia) afectó duramente las plantaciones a mediados del siglo. Esa relativa marginación preservó tanto los ecosistemas como la fuerte identidad cultural de la zona.
La historia moderna del Caribe costarricense está marcada por la construcción del ferrocarril al Atlántico, en las últimas décadas del siglo XIX, una obra titánica impulsada por el empresario Minor Keith para conectar el Valle Central con el puerto de Limón. Para levantarlo se contrató mano de obra extranjera, en especial trabajadores afroantillanos de Jamaica y otras islas del Caribe, muchos de los cuales se quedaron y poblaron el litoral, dando origen a la comunidad afrocaribeña de la provincia de Limón.
De la mano del ferrocarril llegó el auge del banano: las compañías —entre ellas la United Fruit Company, nacida en parte de los negocios de Keith— convirtieron a Limón en uno de los grandes centros bananeros del mundo a comienzos del siglo XX. Sin embargo, la franja sur de Talamanca, donde están Cocles y Chiquita, quedó al margen de las grandes plantaciones por su lejanía y la falta de caminos, lo que la mantuvo como una zona de pequeños agricultores y pescadores.
En ese contexto, el cacao se convirtió en el cultivo emblemático del Caribe Sur. Las familias de la zona vivieron durante décadas de las plantaciones de cacao, hasta que la enfermedad de la monilia las devastó en los años setenta, provocando una crisis económica que empujó a la región a buscar nuevas fuentes de ingreso. Esa búsqueda desembocaría, años después, en el turismo. Hoy el cacao revive de la mano de fincas artesanales y tours de chocolate que recuperan esa tradición.
El destino de Cocles, Chiquita y todo el entorno de Puerto Viejo de Talamanca cambió a partir de las últimas décadas del siglo XX, cuando la mejora de los accesos por carretera y el creciente interés mundial por el surf y la naturaleza pusieron al Caribe Sur en el mapa turístico. Las olas de la zona —entre ellas la legendaria 'Salsa Brava' de Puerto Viejo y las de Playa Cocles— atrajeron a surfistas internacionales que descubrieron una costa aún virgen y auténtica.
Alrededor del surf y de las hermosas playas de arena dorada, palmeras y selva, fue surgiendo una oferta turística que transformó la economía local: cabinas, hoteles boutique, restaurantes, escuelas de surf y alquiler de bicicletas. La zona atrajo además a una comunidad cosmopolita de residentes extranjeros, que aportó una sorprendente diversidad gastronómica y un ambiente bohemio e internacional, mezclado con la raíz afrocaribeña.
Este crecimiento no estuvo exento de tensiones: la presión inmobiliaria, la especulación de tierras y los problemas de titulación de terrenos en la franja costera generaron conflictos que aún hoy se discuten. Aun así, Puerto Viejo y sus playas lograron crecer conservando buena parte de su carácter, sin los grandes complejos hoteleros del Pacífico, y manteniendo un perfil de turismo de pequeña y mediana escala.
Paralelamente al auge turístico, el Caribe Sur consolidó una vocación conservacionista que hoy es parte central de su identidad. La creación del Parque Nacional Cahuita, al norte, protegió uno de los pocos arrecifes de coral de Costa Rica, y la del Refugio Nacional de Vida Silvestre Gandoca-Manzanillo, al sur, en 1985, puso bajo protección una extensa franja de selva, manglares, humedales y costa hasta la frontera con Panamá, donde anidan tortugas marinas y prospera una riquísima biodiversidad.
En este entorno de selva que llega hasta el mar, la fauna se volvió un atractivo en sí mismo, y surgieron iniciativas de rescate y educación ambiental. El Jaguar Rescue Center, fundado en Playa Chiquita, se convirtió en uno de los centros de rehabilitación de fauna más reconocidos del país, dedicado sobre todo a perezosos, monos, aves y reptiles heridos o huérfanos, con el objetivo de devolverlos a la naturaleza. Jardines botánicos, mariposarios y fincas de cacao orgánico completan una oferta de naturaleza muy ligada a la comunidad local.
Así, en pocas décadas, Cocles y Chiquita pasaron de ser parajes apartados de pescadores y cacaoteros a un destino que combina playa, surf, gastronomía afrocaribeña y un fuerte componente de conservación. Esa mezcla —cultura, naturaleza y un ritmo de vida pausado— es lo que define hoy a este rincón del Caribe costarricense y lo distingue del resto del país.