Un par de guacamayas rojas cruza el cielo sobre la carretera costanera, chillando, y de golpe uno entiende por qué tanta gente frena en seco a 90 kilómetros de San José. Estamos en el borde mismo del asfalto, y sin embargo aquí empieza una de las selvas más ricas y raras de Costa Rica. Esa es la primera sorpresa de Carara: la mejor postal de naturaleza del Pacífico Central no está escondida al final de un camino imposible, sino justo al costado de la ruta.
La razón de ser del Parque Nacional Carara es ecológica. Carara protege un bosque de transición, es decir, una zona donde se encuentran y se mezclan dos grandes tipos de bosque tropical: el bosque seco, característico de la región mesoamericana y del noroeste de Costa Rica (Guanacaste), y el bosque húmedo tropical, propio del Pacífico Sur del país. Carara se sitúa justo en ese límite climático y biológico, lo que lo convierte en un ecosistema de transición de enorme valor.
Esa posición fronteriza tiene una consecuencia extraordinaria: en Carara conviven especies vegetales y animales de ambos mundos. Se pueden observar árboles y plantas típicos del bosque seco junto a otros propios de la selva húmeda, y una fauna que combina elementos de las dos regiones. Esa superposición dispara la biodiversidad y hace del parque un laboratorio natural muy estudiado por los científicos.
Carara es considerado el último gran remanente de bosque transicional de Costa Rica, lo que multiplica su importancia para la conservación. Proteger este tipo de bosque significa preservar no solo muchas especies, sino también un proceso ecológico —la transición entre climas— que en otras partes del país ya se ha perdido por la deforestación y el avance agrícola.
El nombre del parque tiene raíces indígenas. 'Carara' deriva de un término de los pueblos originarios de la región que, según la tradición, significaría algo así como 'río de lagartos' o 'río lleno de cocodrilos'. La referencia es directa: el parque se asienta junto al río Grande de Tárcoles, célebre justamente por la enorme cantidad de cocodrilos americanos que lo habitan.
El río Tárcoles, en cuya cuenca baja se ubica Carara, es uno de los lugares más famosos de Costa Rica para observar cocodrilos de gran tamaño. Desde el puente que lo cruza sobre la carretera costanera, a apenas dos kilómetros del parque, los visitantes pueden ver a estos enormes reptiles tomando sol en los bancos de arena. Esa estampa explica por qué el nombre del parque quedó ligado a los lagartos.
Más allá de los cocodrilos, la desembocadura y el manglar del Tárcoles forman parte del mismo sistema natural que protege Carara, y son clave para muchas especies, incluidas las lapas rojas, que se desplazan entre el bosque del parque y los árboles del manglar. Así, el río que dio nombre al lugar es también parte esencial de su riqueza biológica.
Antes de ser un área protegida, lo que hoy es el Parque Nacional Carara formaba parte de la Gran Hacienda Coyolar, una de las mayores concentraciones de tierra de propiedad privada que ha tenido Costa Rica. Estas grandes haciendas del Pacífico Central combinaban ganadería y otras actividades agrícolas, y abarcaban extensiones enormes de bosque y sabana.
A mediados del siglo XX, Costa Rica comenzó a desarrollar una política pionera de conservación de la naturaleza, creando un sistema de parques nacionales y reservas que con el tiempo convertiría al país en un referente mundial del ecoturismo y la protección ambiental. En ese marco, y reconociendo el valor excepcional de su bosque de transición, el Estado decidió proteger esta porción de la antigua hacienda.
El 27 de abril de 1978, el área fue declarada Reserva Biológica Carara. La categoría de 'reserva biológica' es una de las más estrictas en cuanto a protección, pensada sobre todo para la investigación científica y la conservación, con un acceso del público bastante restringido. Así nació oficialmente la protección de Carara, en respuesta a la necesidad de conservar los recursos naturales de la región y, en particular, su singular bosque transicional.
A partir de 1990, la afluencia de visitantes a Carara creció notablemente. La fama de su población de lapas rojas (guacamayas rojas) —una de las más grandes y saludables de Costa Rica— y de su rica fauna empezó a atraer a turistas y observadores de aves de todo el mundo. La categoría de reserva biológica, muy restrictiva, no era la más adecuada para gestionar ese flujo de público.
Por eso, en noviembre de 1998, se modificó la categoría de manejo del área, que pasó a ser Parque Nacional Carara. La categoría de 'parque nacional' permite combinar la conservación con el uso público ordenado: senderos, centros de visitantes, guías y turismo de naturaleza. El cambio reconoció el papel de Carara como destino y permitió canalizar el interés de los visitantes sin descuidar la protección.
Carara ha sido, además, pionero en accesibilidad: fue el primer parque nacional de Costa Rica en contar con un sendero de acceso universal, pavimentado y apto para sillas de ruedas y personas con movilidad reducida, que permite adentrarse en el bosque y conocer de cerca especies endémicas como el cafecillo (Erythrochiton gymnanthus). Hoy, gestionado por el SINAC dentro del Área de Conservación Pacífico Central (ACOPAC), Carara combina su valor científico, su biodiversidad y su accesibilidad, consolidándose como uno de los parques más queridos y visitados del país.
Ninguna historia de Carara está completa sin sus lapas rojas. La guacamaya roja (Ara macao) es un loro grande y espectacular, de plumaje rojo, amarillo y azul, que llegó a estar seriamente amenazado en Costa Rica por la destrucción de su hábitat y, sobre todo, por el tráfico ilegal: durante décadas, los pichones eran robados de los nidos para venderlos como mascotas, y los adultos, cazados. A mediados del siglo XX, las lapas rojas habían desaparecido de gran parte del país y sus poblaciones se habían reducido a unos pocos reductos del Pacífico.
El bosque de Carara y el manglar del río Tárcoles se convirtieron en uno de esos últimos refugios. La protección del parque, sumada al trabajo de organizaciones locales y a una creciente conciencia sobre el valor de conservar la especie, permitió que la población se estabilizara y volviera a crecer. Hoy Carara alberga una de las poblaciones de lapa roja más importantes y saludables de Costa Rica, y verlas volar en pareja al amanecer se ha vuelto la experiencia estrella del parque.
La recuperación de la lapa roja es, además, un caso emblemático de cómo el ecoturismo puede aliarse con la conservación: las mismas aves que antes valían por su venta ilegal hoy valen mucho más vivas y libres, como imán de visitantes que dejan ingresos en la región. Ese cambio de mirada —del saqueo a la protección— resume buena parte de lo que Costa Rica logró con su modelo de parques nacionales.
Con poco más de 5.200 hectáreas, Carara es un parque pequeño en superficie pero enorme en biodiversidad. Se han registrado en él más de 400 especies de aves, junto a monos carablanca y congo, perezosos, agutíes, coatíes, armadillos, reptiles como el basilisco (el 'lagarto Jesucristo' que corre sobre el agua) y una densa vegetación de árboles gigantes, lianas y plantas endémicas. Esa concentración de vida, en un lugar tan fácil de alcanzar, lo convirtió en uno de los parques más visitados del Pacífico Central.
Gestionado por el SINAC dentro del Área de Conservación Pacífico Central (ACOPAC), Carara fue también pionero en accesibilidad, al inaugurar el primer sendero de acceso universal de un parque nacional costarricense: un tramo pavimentado y apto para sillas de ruedas que permite que casi cualquier persona se adentre en la selva. A ese sendero se suman los circuitos de Quebrada Bonita y de la Laguna Meándrica, este último ligado a un antiguo meandro del río Tárcoles y famoso por sus aves acuáticas y sus caimanes.
Hoy Carara funciona con entrada comprada por anticipado en línea y horarios que varían según la estación, y suele combinarse con el avistaje de cocodrilos en el puente del Tárcoles, a apenas dos kilómetros. Es la prueba de que conservar no está reñido con recibir visitantes: un bosque único, salvado del avance agrícola, que hoy se puede recorrer con una silla de ruedas y ver una guacamaya roja cruzar el cielo, todo al borde mismo de la carretera.