Los ticos lo apodan con humor 'Montefuma', un guiño a su fama hippie: pocos pueblos de Costa Rica cargan un mote tan revelador de su historia. Pero mucho antes de las clases de yoga y los cafés veganos, Montezuma, en el extremo sur de la península de Nicoya, fue uno de los rincones más remotos y de más difícil acceso del Pacífico costarricense. Durante generaciones fue un pequeño y aislado pueblo de pescadores y campesinos, conectado con el resto del país solo por caminos precarios y por mar. Ese aislamiento, lejos de las rutas principales, preservó tanto su entorno natural —cataratas, playas vírgenes y bosques— como un modo de vida sencillo y ligado al mar.
La península de Nicoya, territorio de raíz chorotega y luego de cultura mestiza, miró históricamente más a la ganadería y la pesca que al turismo. La punta sur, donde está Montezuma, era especialmente apartada. Esa lejanía, que en su momento fue una limitación económica, se convertiría más tarde en parte de su atractivo: un rincón natural y poco tocado al final de la península.
El entorno de Montezuma, con su río que forma cataratas antes de llegar al mar, sus playas de arena blanca y rocas y su bosque que desciende hasta la costa, ofrecía una belleza singular. Sobre ese sustrato de pueblo pesquero remoto y naturaleza intacta se construiría, décadas después, la identidad bohemia y ecologista que daría fama internacional al lugar.
Muy cerca de Montezuma se gestó uno de los capítulos fundacionales de la historia ambiental de Costa Rica. En 1963 se creó la Reserva Natural Absoluta Cabo Blanco, la primera área protegida del país, en la punta misma de la península de Nicoya. Su establecimiento se debió en gran medida al impulso de la pareja conformada por Olof Wessberg y Karen Mogensen, inmigrantes escandinavos que, alarmados por la deforestación que avanzaba sobre los bosques de la zona, lucharon por proteger ese rincón de selva y costa.
La creación de Cabo Blanco marcó el nacimiento del sistema de áreas protegidas costarricense, que con el tiempo convertiría a Costa Rica en un referente mundial de conservación. La reserva, por su categoría de 'absoluta', mantiene un régimen de protección muy estricto, con acceso limitado, para preservar al máximo sus ecosistemas. La historia de Wessberg y Mogensen, y el posterior asesinato de Wessberg mientras luchaba por nuevas áreas protegidas, se cuenta entre los relatos más significativos del ambientalismo nacional.
La proximidad de Montezuma a esta reserva pionera impregnó al pueblo de una sensibilidad ecológica desde temprano. Vivir junto a la primera área protegida del país reforzó, en la cultura local y en quienes llegaron después, una valoración de la naturaleza que sería parte esencial de la identidad de Montezuma.
A partir de las décadas finales del siglo XX, Montezuma experimentó una transformación que lo convertiría en un destino icónico. Su belleza natural —cataratas, playas, bosque— y su ambiente apartado atrajeron a viajeros alternativos, hippies, artistas, mochileros y buscadores de una vida más cercana a la naturaleza, tanto costarricenses como extranjeros. El pueblo se llenó de cafés y restaurantes vegetarianos, tiendas de artesanías, escuelas de yoga y una escena artística y contracultural que le dio un sello inconfundible.
De ese espíritu nació su apodo cariñoso, 'Montefuma', alusivo a su fama relajada y a su ambiente desenfadado. Montezuma se consolidó como uno de los referentes del turismo alternativo y ecológico de Costa Rica, un lugar donde el surf y la playa convivían con el bienestar, la espiritualidad, la conciencia ambiental y un ritmo de vida pausado.
Hoy Montezuma combina ese legado bohemio con una oferta turística más amplia —desde hostales hasta hoteles boutique y eco-lodges— sin perder su esencia. La mejora de los accesos y la cercanía con la pujante Santa Teresa lo integraron en el circuito de la punta de Nicoya, pero el pueblo conserva su carácter de refugio natural y alternativo. Su historia, de remoto pueblo pesquero a vecino de la primera reserva del país y a meca bohemia, lo hace único en el mapa turístico costarricense.
La historia de Montezuma está íntimamente ligada a la de Karen Mogensen, danesa, y Olof 'Nicolás' Wessberg, sueco, una pareja de inmigrantes escandinavos que se instaló en la zona de la punta de Nicoya a mediados de la década de 1950. Atraídos por la exuberancia del bosque tropical y alarmados por el avance acelerado de la deforestación que empezaba a arrasar la península, dedicaron su vida a la defensa de la naturaleza.
Tras tres años de campaña internacional, lograron reunir los primeros fondos —cerca de 30.000 dólares, con el apoyo de organizaciones ambientales de Suecia y Dinamarca— para comprar las tierras que en 1963 se convertirían en la Reserva Natural Absoluta Cabo Blanco, la primera área protegida del país. Wessberg fue asesinado en 1975 en la península de Osa mientras impulsaba la creación de nuevas áreas protegidas, un episodio que conmocionó al naciente movimiento ambiental costarricense. Karen Mogensen continuó la lucha durante décadas y dejó una huella imborrable: hoy una reserva natural lleva su nombre.
Ese legado marcó para siempre la identidad de Montezuma. Vivir junto a la primera reserva del país impregnó al pueblo de una sensibilidad ecológica temprana que, sumada a su belleza natural, sería el sustrato sobre el que crecería su fama de refugio bohemio y sostenible.
A partir de la década de 1980, Montezuma comenzó a transformarse en destino turístico de la mano de emprendimientos pioneros y de un perfil de viajero distinto al de los grandes resorts. Un hito fue la apertura de hospedajes y cafés con espíritu alternativo y conciencia ambiental: en el sitio donde Karen Mogensen había tenido un pequeño hotel en el centro del pueblo funciona hoy El Sano Banano, y residentes extranjeros impulsaron proyectos como Ylang Ylang Beach Resort, que con el tiempo sumaron programas de donación para ampliar las áreas de conservación de la zona.
Durante las décadas siguientes, el pueblo atrajo a viajeros alternativos, artistas, mochileros y practicantes de yoga, costarricenses y extranjeros, que reforzaron su carácter contracultural. Surgieron restaurantes vegetarianos, escuelas de yoga, retiros de bienestar y una activa escena artística, mientras la oferta se diversificaba desde los hostales más sencillos hasta hoteles boutique y eco-lodges.
La mejora gradual de los accesos —el ferry de Paquera, las carreteras de la península— y la cercanía con la pujante Santa Teresa integraron a Montezuma en el circuito turístico de la punta de Nicoya, sin que el pueblo perdiera su esencia. Hoy combina su legado conservacionista y bohemio con un turismo de naturaleza y bienestar que lo mantiene como uno de los rincones más singulares del Pacífico costarricense.