En Manzanillo, el fin del camino del Caribe Sur, no se saluda en español sino en un cantarín inglés criollo, se cocina el pescado en leche de coco y suena el calypso: aquí Costa Rica tiene otra cara, otra lengua y otra historia. La identidad de Manzanillo y de todo el Caribe Sur está profundamente marcada por la cultura afrocaribeña. A partir del siglo XIX, y de manera más intensa hacia finales de ese siglo y comienzos del XX, llegaron a la costa de Talamanca y de Limón pobladores de origen afroantillano, en gran parte procedentes de Jamaica y otras islas del Caribe. Muchos vinieron como pescadores y agricultores que se asentaron a lo largo de la costa, y otros como trabajadores vinculados a la construcción del ferrocarril al Atlántico y a las plantaciones de banano.
Estas comunidades trajeron consigo su lengua (un inglés criollo caribeño), su religión, su música —el calypso— y, muy especialmente, su cocina, basada en el coco, el pescado y los tubérculos, que dio origen a platos hoy emblemáticos como el rice and beans y el rondón. Durante mucho tiempo, el Caribe Sur permaneció relativamente aislado del resto del país, lo que ayudó a preservar esta identidad cultural diferenciada.
Pueblos como Manzanillo, Puerto Viejo y Cahuita conservan ese sello afrocaribeño en su ambiente relajado, su gastronomía y sus tradiciones. La población afrocostarricense del Caribe ha sido una parte fundamental de la historia y la diversidad cultural de Costa Rica, y su herencia es uno de los grandes atractivos —además de los naturales— de esta región del país.
La historia de la población afrocaribeña del Caribe Sur, incluido Manzanillo, no fue solo de trabajo y cultura, sino también de exclusión. Durante buena parte de la primera mitad del siglo XX, los afrocostarricenses de la vertiente atlántica vivieron bajo restricciones discriminatorias: por largos períodos se les dificultó o impidió trasladarse libremente al Valle Central, y muchos eran legalmente extranjeros pese a haber nacido o vivido toda su vida en el país, ligados al trabajo en las bananeras y el ferrocarril.
Esa situación de aislamiento, en parte impuesta, contribuyó paradójicamente a preservar la lengua, la cocina y las tradiciones afrocaribeñas, que se transmitieron de generación en generación en comunidades relativamente cerradas a lo largo de la costa de Talamanca. La región se mantuvo durante décadas apartada del resto de Costa Rica, con caminos precarios y poca presencia del Estado.
Un punto de inflexión llegó a mediados del siglo XX. Con la nueva Constitución de 1949 —tras la guerra civil de 1948— y los cambios sociales y políticos de la época, se avanzó hacia el reconocimiento pleno de la ciudadanía costarricense de la población afrocaribeña y la eliminación de las barreras que la limitaban. A partir de entonces, las comunidades del Caribe Sur fueron integrándose más plenamente a la vida nacional, aunque conservando su identidad propia. Esa historia de resistencia cultural y de conquista de derechos es parte esencial del trasfondo de pueblos como Manzanillo.
En 1985 se estableció el Refugio Nacional de Vida Silvestre Gandoca-Manzanillo, con el objetivo de proteger uno de los conjuntos de ecosistemas costeros y marinos más valiosos del Caribe costarricense. El refugio abarca tanto áreas terrestres como marinas, e incluye playas vírgenes, selva, arrecifes de coral —de los mejor conservados del Caribe del país—, praderas marinas, manglares y humedales.
Uno de sus tesoros es el sector de Gandoca, con su laguna y su extenso manglar, reconocido internacionalmente como humedal de importancia (sitio Ramsar). Estos ecosistemas albergan especies emblemáticas y amenazadas: manatíes que pastan en las praderas marinas, delfines, cocodrilos y caimanes, y una rica avifauna. La playa de Gandoca, además, es una importante zona de anidación de tortugas marinas, en especial la tortuga baula (laúd), la más grande del mundo.
La figura de refugio de vida silvestre, junto con los programas de conservación de tortugas y el manejo del turismo, busca proteger esta biodiversidad excepcional al tiempo que se permite un ecoturismo respetuoso. El reto en el Caribe Sur ha sido equilibrar el creciente desarrollo turístico de la zona con la protección de unos ecosistemas frágiles, en una región que combina, como pocas, riqueza natural y cultural.
En la madrugada del 31 de mayo de 2013, un joven costarricense de 26 años fue secuestrado, golpeado y asesinado en una playa del Caribe mientras patrullaba nidos de tortuga baula. Se llamaba Jairo Mora Sandoval, y su muerte convirtió al Caribe Sur de Costa Rica en el centro de una conmoción internacional que todavía resuena en Manzanillo. Desde entonces, el Refugio Nacional Mixto de Vida Silvestre Gandoca-Manzanillo lleva oficialmente su nombre.
Mora era un conservacionista apasionado que dedicaba sus noches a proteger a la tortuga baula —la más grande del mundo, en peligro crítico de extinción— de los cazadores furtivos que saqueaban los nidos para vender los huevos en el mercado negro. Trabajaba en Playa Moín, cerca de Limón, uno de los sitios de anidación de baula más importantes del país, donde su grupo llegó a resguardar más de mil nidos en una sola temporada. Ese trabajo lo puso en la mira: ya en 2012 había sido amenazado a punta de pistola para que abandonara las patrullas. No lo hizo. La noche del ataque acompañaba a cuatro voluntarias, que fueron liberadas; a él lo encontraron a la mañana siguiente, maniatado y sin vida sobre la arena.
El crimen destapó ante el mundo la trama que rodea a la conservación en el Caribe: el cruce entre el furtivismo de huevos de tortuga, el narcotráfico y la violencia en playas remotas y poco vigiladas. El caso judicial fue largo y accidentado —hubo una primera absolución en 2015 que provocó indignación nacional—, hasta que, tras la apelación, cuatro de los acusados fueron finalmente condenados por el asesinato. En homenaje a Jairo, Costa Rica rebautizó el refugio de Gandoca-Manzanillo con su nombre, convirtiéndolo en un símbolo permanente de lo que cuesta, a veces, defender la naturaleza. Para el viajero que hoy recorre estas playas y se suma a un tour nocturno de tortugas, esa historia es un recordatorio de por qué las normas son tan estrictas y de que detrás de cada nido protegido hay una lucha real.
Durante mucho tiempo, Manzanillo fue, literalmente, el fin del camino: el último pueblo de la costa de Talamanca, una pequeña comunidad de pescadores afrocaribeños rodeada de selva y mar, lejos del bullicio del resto del país. La llegada de la carretera costera que conecta Limón, Cahuita, Puerto Viejo y, finalmente, Manzanillo, abrió la región al turismo a partir de las últimas décadas del siglo XX.
El auge del Caribe Sur como destino de naturaleza y de vida bohemia transformó a la zona. Puerto Viejo se convirtió en un polo turístico internacional, con surf, vida nocturna y una comunidad cosmopolita, mientras que Manzanillo, en el extremo, conservó un perfil más tranquilo y ligado a su esencia de pueblo de pescadores y al refugio que lo rodea. El ecoturismo —snorkel en los arrecifes, caminatas por el sendero costero, observación de tortugas, manglares y fauna— se volvió la principal actividad, junto con la pesca y la gastronomía afrocaribeña.
Hoy Manzanillo encarna el equilibrio que busca el Caribe Sur: aprovechar la belleza de sus playas y la riqueza de su naturaleza protegida para el turismo, sin perder su identidad cultural ni degradar unos ecosistemas frágiles. La combinación de herencia afroantillana, biodiversidad excepcional y ambiente relajado de fin de camino hace de Manzanillo y el Refugio Gandoca-Manzanillo uno de los rincones más auténticos y especiales de Costa Rica.