Mucho antes de que Manuel Antonio fuera un destino turístico de fama mundial, la región del Pacífico Central de Costa Rica estuvo habitada por pueblos indígenas. Entre ellos destacaban los quepoa (o quepos), que dieron nombre a la actual ciudad de Quepos. Estos pueblos vivían de la pesca, la caza, la recolección y la agricultura, aprovechando la riqueza de la costa, los esteros y la selva tropical de la zona.
La región del Pacífico Central era un punto de contacto e influencia entre distintas tradiciones culturales del país. Tras la llegada de los españoles en el siglo XVI, las poblaciones indígenas de esta zona, como en gran parte de Costa Rica, sufrieron un drástico declive a causa de las enfermedades, los conflictos y la explotación, y muchos de aquellos pueblos prácticamente desaparecieron como entidades diferenciadas, dejando su huella sobre todo en los nombres de lugares.
Durante buena parte de la época colonial y los primeros tiempos de la Costa Rica independiente, el Pacífico Central permaneció como una región relativamente apartada y poco desarrollada, de selva, costa y pequeños asentamientos. La verdadera transformación económica de la zona de Quepos llegaría mucho más tarde, ya entrado el siglo XX, de la mano de un cultivo que cambiaría su fisonomía: el banano.
El gran motor que transformó Quepos en el siglo XX fue el banano. A partir de las décadas de 1930 y 1940, la poderosa compañía estadounidense United Fruit Company (la misma que operaba en otras regiones de Centroamérica y del Caribe costarricense) estableció grandes plantaciones de banano en la zona del Pacífico Central, convirtiendo a Quepos en un importante centro bananero y puerto de exportación.
La llegada de la compañía cambió por completo la región. Se construyeron plantaciones, infraestructura, viviendas para los trabajadores, un puerto y servicios, y Quepos adquirió el carácter típico de un 'pueblo de la compañía' (company town), organizado en torno a la actividad bananera. Llegaron trabajadores de distintas procedencias, y la economía local pasó a depender en gran medida de la fruta. Fue una época de auge, pero también de las tensiones sociales y laborales que caracterizaron a la industria bananera en Centroamérica.
Con el tiempo, las enfermedades que afectaron a las plantaciones de banano (como el mal de Panamá y la sigatoka), junto con otros factores económicos, llevaron al declive de esta actividad en la zona. La United Fruit fue abandonando o reconvirtiendo sus operaciones, y buena parte de las plantaciones de banano se transformaron en plantaciones de palma africana (palma aceitera), cuyos extensos cultivos todavía se ven hoy a lo largo de la carretera costanera. Quepos quedó así, a mediados del siglo XX, buscando un nuevo rumbo económico.
El acontecimiento que reorientaría el destino de la región hacia el turismo fue la protección de su extraordinaria zona costera. En 1972 se creó el Parque Nacional Manuel Antonio, con el objetivo de proteger los bosques, las playas, el litoral rocoso y la rica fauna de esta franja del Pacífico Central. Aunque es uno de los parques nacionales más pequeños de Costa Rica en superficie, encierra una biodiversidad y una belleza paisajística excepcionales.
La creación del parque respondió, en parte, a la preocupación por proteger esta zona de la presión del desarrollo y mantener su acceso público frente a intentos de apropiación privada de las playas. El parque resguardó así uno de los conjuntos de selva y playa más hermosos del país, donde la jungla llega casi hasta la orilla del mar y donde conviven monos, perezosos, mapaches, iguanas y una enorme variedad de aves en un espacio relativamente accesible.
Con el correr de las décadas, Manuel Antonio se convirtió en uno de los íconos del turismo de naturaleza costarricense y en uno de los parques más visitados del país. Su combinación única de fauna fácil de observar y playas paradisíacas lo transformó en un imán para viajeros de todo el mundo, y en torno a él floreció una industria turística que cambió la economía de Quepos y de toda la zona.
Tras el declive de la era bananera, y de la mano de la protección del parque nacional, Quepos y Manuel Antonio experimentaron una profunda transformación a lo largo de las últimas décadas del siglo XX y comienzos del XXI. El antiguo puerto bananero fue reinventándose como puerta de entrada a uno de los destinos de naturaleza más populares de Costa Rica, y a su alrededor creció una intensa actividad turística.
A lo largo de la carretera que une Quepos con la entrada del parque se desarrollaron hoteles de todas las categorías —desde lujosos establecimientos con vistas panorámicas al Pacífico hasta hostels y cabinas económicas—, restaurantes, tiendas y operadores de tours. La zona se llenó de oferta de actividades que complementan el parque: tours de naturaleza, catamarán, pesca deportiva, rafting, canopy y excursiones a cascadas y manglares. Quepos, por su parte, modernizó su frente costero con la Marina Pez Vela, un desarrollo náutico con restaurantes y servicios que se convirtió en un nuevo polo de atracción.
Este crecimiento, motor económico de la región, también ha planteado desafíos de sostenibilidad: la gestión de la enorme cantidad de visitantes del parque (que obligó a limitar el cupo diario y a establecer días de cierre), la presión sobre el ecosistema y la fauna —acostumbrada en exceso a los humanos—, y la necesidad de equilibrar el desarrollo con la conservación. Manuel Antonio encarna así, una vez más, la historia de Costa Rica: la de una transformación de la explotación de recursos hacia un modelo basado en la riqueza natural, con los aciertos y las tensiones que ese camino implica.
El gran tesoro de Manuel Antonio es su biodiversidad, concentrada en un espacio relativamente pequeño. El parque y sus alrededores albergan una notable variedad de fauna: monos capuchinos (carablanca), monos aulladores, perezosos de dos y tres dedos, mapaches, coatíes (pizotes), iguanas, serpientes, ranas, una enorme diversidad de aves y vida marina en su litoral. Esta abundancia y accesibilidad es lo que hace del parque un lugar tan especial para el visitante.
Entre toda esta fauna, una especie se ha convertido en emblema de la zona y en símbolo de su conservación: el mono ardilla o mono tití (en la subespecie centroamericana presente en el Pacífico Central). Estos pequeños y ágiles primates, de pelaje anaranjado y carita expresiva, se mueven en bandadas por la selva y son uno de los grandes atractivos para los visitantes. Sin embargo, son una especie amenazada, afectada históricamente por la pérdida de hábitat, la fragmentación de la selva por carreteras y desarrollos, el comercio ilegal de mascotas y los accidentes (electrocuciones en cables, atropellos).
La protección del mono tití y de su hábitat se ha convertido en una causa importante en la región, con iniciativas como la instalación de 'puentes para monos' sobre las carreteras (pasos de cuerda que permiten a los primates cruzar sin bajar al suelo ni usar los cables eléctricos), campañas para no alimentar a la fauna y esfuerzos de reforestación y conexión de los fragmentos de selva. La historia del mono tití resume bien el desafío de Manuel Antonio: conservar una naturaleza extraordinaria en medio del éxito turístico, para que las generaciones futuras puedan seguir maravillándose con la vida que hace único a este rincón del Pacífico costarricense.