Durante siglos, el imponente cono que hoy conocemos como Volcán Arenal fue para los habitantes de la zona norte de Costa Rica poco más que un cerro cubierto de selva. Llevaba cientos de años sin actividad eruptiva conocida —los estudios geológicos posteriores estimaron unos 400 años de reposo aparente— y muchos pobladores ni siquiera lo consideraban un volcán, sino simplemente una montaña más entre las llanuras de San Carlos y las estribaciones de la cordillera de Tilarán.
La región estuvo habitada en tiempos precolombinos por pueblos indígenas vinculados a las culturas de la vertiente norte y de Guanacaste, que dejaron huellas arqueológicas en la zona del actual lago. Con la llegada de los colonos a fines del siglo XIX y comienzos del XX, las tierras bajas y fértiles alrededor del volcán se fueron poblando con familias dedicadas a la ganadería y la agricultura. El poblado que daría origen a La Fortuna nació de esa colonización agrícola, en un entorno de selva, ríos y suelos volcánicos muy productivos.
El nombre 'La Fortuna' refleja, según la tradición local, la buena suerte de sus pobladores por la fertilidad de la tierra y la abundancia de agua. Nadie imaginaba entonces que aquel 'cerro dormido' que dominaba el paisaje guardaba en su interior una fuerza capaz de cambiar para siempre la historia de la región.
Todo cambió en la mañana del 29 de julio de 1968. Tras varios días de sismos en la zona, el Volcán Arenal despertó de forma súbita y extremadamente violenta. Una serie de explosiones gigantescas abrió nuevos cráteres en su ladera oeste y lanzó rocas incandescentes, gases y flujos piroclásticos a gran velocidad y a varios kilómetros de distancia. La erupción tomó por sorpresa a todos: aquel 'cerro dormido' resultó ser un volcán activo y peligroso.
Los flujos y la lluvia de piedras arrasaron los poblados que se encontraban en la dirección del estallido —Tabacón, Pueblo Nuevo y San Luis—, causando 87 muertes y sepultando más de 15 kilómetros cuadrados bajo rocas, lava y ceniza. Fue una de las tragedias naturales más graves de la historia moderna de Costa Rica, y marcó profundamente a las comunidades de la región, que debieron reconstruirse y aprender a convivir con un volcán que, a partir de entonces, ya no volvería a estar quieto.
La erupción de 1968 no fue un episodio aislado, sino el inicio de una larga fase de actividad continua. En los años y décadas siguientes, el Arenal mantuvo una actividad estromboliana persistente, con la formación de un nuevo cono activo y la emisión frecuente de coladas de lava, columnas de gas y explosiones. Lo que había comenzado como una catástrofe se convirtió, con el tiempo, en un fenómeno geológico que pondría a la región en el mapa mundial.
Tras la erupción de 1968, el Arenal entró en una fase de actividad eruptiva casi continua que se prolongaría por más de cuatro décadas. El volcán construyó un nuevo cono activo y, de forma regular, emitía coladas de lava que descendían por sus laderas, columnas de gases y ceniza, y explosiones que arrojaban bloques incandescentes. De noche, el espectáculo era sobrecogedor: ríos de lava brillante bajando por la ladera oscura del cono, visibles desde los alrededores.
Ese fenómeno, único y accesible, transformó la economía de la región. A partir de los años ochenta y noventa, La Fortuna pasó de ser un tranquilo pueblo agrícola a convertirse en uno de los principales destinos turísticos de Costa Rica. Viajeros de todo el mundo llegaban con la esperanza de ver la lava nocturna, y alrededor de esa atracción floreció toda una industria: hoteles, restaurantes, tour operadores y, muy especialmente, los complejos de aguas termales que aprovechan el calor geotérmico del volcán.
Para proteger el volcán y su entorno de selva tropical, en 1991 se creó el Parque Nacional Volcán Arenal, integrado al Área de Conservación Arenal-Tempisque. El parque resguarda no solo el cono activo, sino también bosques, fuentes de agua y una notable biodiversidad. La combinación de aventura, naturaleza y relax termal consolidó a La Fortuna como uno de los grandes pilares del modelo de turismo de naturaleza por el que Costa Rica se hizo famosa en el mundo.
Mientras el volcán protagonizaba su fase eruptiva, a sus pies se gestaba otra gran transformación del paisaje. En la década de 1970, Costa Rica construyó una represa para crear un gran embalse aprovechando las aguas de la zona: nació así la Laguna (o Lago) de Arenal, el mayor lago del país. La obra tenía un objetivo central: generar energía hidroeléctrica, que durante décadas ha aportado una parte importante de la electricidad de Costa Rica, un país que basa buena parte de su matriz energética en fuentes renovables.
La creación del embalse implicó inundar tierras donde existían poblados y fincas. El antiguo pueblo de Arenal quedó bajo las aguas, y sus habitantes fueron reubicados en un nuevo asentamiento construido más arriba, conocido hoy como Nuevo Arenal. Esa historia de un pueblo sumergido bajo el lago forma parte de la memoria de la región y suele mencionarse en los recorridos por la zona.
El lago no solo cumplió su función energética, sino que completó el paisaje turístico que hoy enamora a los visitantes: el cono del Arenal reflejándose en sus aguas tranquilas. Además, su extremo oeste, hacia Tilarán, resultó tener vientos excepcionalmente constantes, lo que lo convirtió en uno de los mejores sitios de Centroamérica para el windsurf y el kitesurf, y propició también la instalación de parques eólicos en las colinas cercanas.
Después de más de cuatro décadas de actividad casi continua, el Volcán Arenal entró en una nueva fase a partir de 2010. Las erupciones, coladas de lava y explosiones que habían sido su sello durante tantos años fueron cesando, y el volcán entró en un período de reposo o calma eruptiva que se mantiene hasta hoy. Para los vulcanólogos esto no significa que el volcán esté 'apagado' —sigue siendo un volcán activo, monitoreado de cerca por instituciones como el OVSICORI—, sino que atraviesa una etapa de menor actividad superficial.
El fin de la lava nocturna obligó a la región a reinventar su oferta turística. La Fortuna, que durante años había vendido el espectáculo de la lava, demostró que su atractivo iba mucho más allá: la catarata, las aguas termales, los senderos del parque nacional, los puentes colgantes, el lago, el rafting, el avistamiento de fauna y las excursiones a destinos cercanos como el Río Celeste o Caño Negro mantuvieron al destino en lo más alto del turismo costarricense. Hoy La Fortuna es uno de los puntos más visitados del país.
El Arenal de hoy es un volcán en reposo pero vigilante, cuyo cono simétrico sigue dominando el paisaje y cuyo calor geotérmico continúa alimentando las aguas termales que tanto disfrutan los viajeros. Su historia —de cerro dormido a tragedia, de tragedia a espectáculo natural y de espectáculo a destino consolidado— es también la historia de cómo una comunidad aprendió a convivir con un volcán y a transformar su fuerza en una forma de vida sostenible.