Hace medio siglo, llegar a Jacó desde San José era una pequeña odisea de varias horas por caminos de tierra y curvas: la playa era un rincón de pescadores al que casi nadie iba. Hoy, gracias a una autopista, esas mismas montañas del Valle Central se cruzan en hora y media, y Jacó se convirtió en la salida de playa más rápida y popular del país. Esa distancia —o mejor dicho, esa cercanía— es la que explica casi toda la historia moderna del pueblo.
Jacó se ubica en el Pacífico Central de Costa Rica, en el cantón de Garabito, provincia de Puntarenas, a poco más de 100 kilómetros de San José. Separados por la Cordillera Central y la llanura costera, la capital y la playa quedaron unidas por la moderna Ruta 27, en una región donde vive la mayor parte de la población del país, que ahora tiene el mar a la mano.
La playa de Jacó es una larga franja de arena oscura, de origen volcánico, en una bahía abierta al océano Pacífico y enmarcada por cerros cubiertos de bosque tropical. La orientación al oeste regala atardeceres espectaculares y olas que rompen de forma constante casi todo el año, ideales para el surf. Al sur, muy cerca, está Playa Hermosa, de oleaje más grande y potente; al norte, hacia el río Tárcoles y el Parque Nacional Carara, comienza una región de manglares y bosque de gran biodiversidad.
El clima es cálido y húmedo todo el año, con una estación seca marcada (diciembre a abril) y una lluviosa (mayo a noviembre) en la que las tardes suelen traer aguaceros intensos y el paisaje se vuelve de un verde exuberante. Esa combinación de mar, bosque, ríos y cerros explica que Jacó ofrezca, en un radio muy chico, surf, naturaleza y aventura.
La región del actual cantón de Garabito estuvo habitada por pueblos indígenas mucho antes de la llegada de los españoles. El nombre del cantón rinde homenaje al cacique Garabito, uno de los líderes indígenas más célebres de la resistencia frente a la conquista española en el siglo XVI, en la zona del Pacífico Central y el Valle Central de lo que hoy es Costa Rica. Su figura quedó como símbolo de la resistencia originaria del país.
Durante siglos, lo que hoy es Jacó fue un punto apartado de la costa, un caserío de pescadores y campesinos que vivían de la pesca y de pequeños cultivos, en una zona de difícil acceso, rodeada de bosque y manglares. No había caminos buenos ni servicios, y la playa permanecía prácticamente ajena al desarrollo del resto del país.
El cantón de Garabito, con cabecera en Jacó, fue creado oficialmente en 1980, separándose del cantón de Puntarenas. Para esa época, el pueblo ya empezaba a vivir los primeros signos del cambio que lo transformaría: la llegada del turismo y, sobre todo, del surf.
El gran motor de la transformación de Jacó fue el surf. A partir de las décadas de 1970 y 1980, surfistas costarricenses y extranjeros empezaron a frecuentar las olas constantes de la playa de Jacó y, sobre todo, las más grandes y exigentes de la vecina Playa Hermosa. La fama de la zona como destino de surf fue creciendo, y con ella llegaron las primeras escuelas, hospedajes y negocios orientados a los visitantes.
A esa vocación surfera se sumó el factor decisivo: la cercanía a San José y la mejora de las rutas. Durante años, el viaje desde la capital era largo y por caminos sinuosos. La situación cambió radicalmente con la inauguración, en 2010, de la autopista a Caldera (Ruta 27), una vía rápida que acortó drásticamente el trayecto desde el Valle Central hasta el Pacífico Central. De pronto, Jacó quedó a hora y media de la capital, y se consolidó como el balneario favorito de los josefinos para una escapada de fin de semana.
A lo largo de las décadas siguientes, Jacó se desarrolló con fuerza: hoteles, condominios, restaurantes, bares y discotecas se multiplicaron a lo largo de su calle principal y su orilla. El pueblo ganó fama no solo por el surf, sino también por su vida nocturna animada —con bares, casinos y música en vivo—, convirtiéndose en uno de los polos de fiesta más conocidos del país.
Aunque hoy parezca una ciudad turística consolidada, Jacó es un pueblo joven en términos formales. Su primera escuela abrió en 1927 y su iglesia se construyó en 1946, señales de una comunidad que crecía despacio alrededor de la pesca y la agricultura. Durante buena parte del siglo XX, el litoral del Pacífico Central de Costa Rica fue una zona de frontera, poco poblada y de difícil acceso, muy alejada del eje económico del Valle Central cafetalero.
El salto administrativo llegó en 1980: por la Ley 6512, del 25 de septiembre de ese año, se creó el cantón de Garabito —separándolo del extenso cantón de Puntarenas— y Jacó, como cabecera de la nueva unidad, adquirió oficialmente la categoría de ciudad. No era casual: el turismo de surf ya estaba despegando y el pueblo empezaba a tener un peso propio.
Ese origen reciente marca el carácter de Jacó. A diferencia de ciudades coloniales como Cartago o Heredia, aquí no hay iglesias centenarias ni cascos históricos: la identidad del lugar se forjó en las últimas décadas, en torno al mar, la tabla de surf y el flujo de visitantes, lo que le da ese aire desprejuiciado, moderno y algo caótico que lo distingue del resto del país.
Hoy Jacó es uno de los destinos de playa más visitados de Costa Rica y, sin duda, el más accesible desde la capital. Su perfil es claro: un pueblo de surf, playa y vida nocturna, directo y animado, muy distinto a los pueblos coloniales del interior o a los refugios escondidos de la costa. Quien busca movimiento, oferta gastronómica variada, surf fácil y diversión lo encuentra todo concentrado en pocas cuadras.
Al mismo tiempo, Jacó funciona como una excelente base para explorar la naturaleza del Pacífico Central. A pocos minutos están el Parque Nacional Carara, famoso por sus lapas rojas; el río Tárcoles, con sus enormes cocodrilos; cataratas, pozas, canopy y cabalgatas. Esa combinación de fiesta y naturaleza a la mano es uno de sus grandes atractivos.
Como todo destino de crecimiento rápido, Jacó enfrenta los desafíos típicos del turismo masivo: presión sobre el ambiente, desarrollo inmobiliario intenso y la necesidad de cuidar la seguridad y la convivencia. Aun así, para el viajero con pocos días sigue siendo la puerta de playa más práctica del país: la forma más rápida de pasar de las montañas del Valle Central a una tabla de surf bajo el sol del Pacífico.