Bijagua nació, como tantos pueblos de la zona norte de Costa Rica, de la colonización agrícola del siglo XX. Situado en el cantón de Upala, en la provincia de Alajuela, el pueblo se asienta en un valle de bosque lluvioso enclavado entre dos volcanes: el Tenorio y el Miravalles. Esta ubicación, en plena cordillera de Guanacaste y sus estribaciones, le dio un entorno de montañas húmedas, ríos y selva exuberante.
Durante buena parte del siglo XX, familias campesinas llegaron a la región en busca de tierras, abriendo fincas en medio de la selva para dedicarse a la ganadería y la agricultura. La economía local giró en torno al campo: el ganado, los cultivos y el trabajo de la tierra en un clima lluvioso y fértil. Como en otras zonas de las Llanuras del Norte, la expansión agropecuaria implicó la tala de bosque y la transformación del paisaje, aunque la zona conservó importantes núcleos de selva, sobre todo en las laderas de los volcanes.
Durante décadas, Bijagua fue un pueblo rural tranquilo y relativamente apartado, lejos de los grandes circuitos. Su nombre proviene de la 'bijagua', una planta de hojas grandes común en la región. Pocos imaginaban entonces que ese entorno de bosque y volcanes, y especialmente un río de aguas turquesa escondido en la selva, terminaría por convertir al pueblo en un destino reconocido.
El gran tesoro escondido en la selva cercana a Bijagua es el Río Celeste, un río cuyas aguas exhiben un intenso color turquesa lechoso que durante mucho tiempo fue motivo de leyendas y de curiosidad científica. La explicación de ese color celeste no es un tinte ni un mineral disuelto que 'pinte' el agua, sino un fenómeno óptico fascinante.
La ciencia ha estudiado el fenómeno: en el punto conocido como 'los teñideros', dos quebradas de agua transparente se unen, y a partir de allí el río parece teñirse de celeste. Lo que ocurre es que el agua contiene partículas minerales en suspensión —vinculadas a la actividad volcánica del Tenorio—, y esas partículas, de un tamaño específico, dispersan la luz solar de tal manera que reflejan principalmente la luz en la franja celeste-turquesa del espectro. Es, en esencia, un efecto de dispersión de la luz, similar en principio al que hace que el cielo se vea azul.
Por eso el color del Río Celeste depende de la luz y de las condiciones del agua: en días soleados y con el río limpio, el turquesa es deslumbrante; tras lluvias muy intensas, el agua puede enturbiarse y perder temporalmente su tono característico. Este fenómeno único, sumado a la belleza de la catarata y la selva que lo rodea, convirtió al Río Celeste en uno de los íconos naturales de Costa Rica y en el imán turístico de la región de Bijagua.
El reconocimiento del valor excepcional de la región —su bosque lluvioso, su biodiversidad y, sobre todo, el fenómeno del Río Celeste— llevó al Estado costarricense a protegerla formalmente. En 1995 se creó el Parque Nacional Volcán Tenorio, que resguarda el macizo del volcán Tenorio, sus bosques y el curso del Río Celeste, integrándolo al amplio sistema de áreas protegidas que ha hecho famosa a Costa Rica en materia de conservación.
El parque, administrado por el SINAC (Sistema Nacional de Áreas de Conservación), protege un ecosistema de bosque tropical lluvioso y nuboso de gran riqueza, con abundante fauna —perezosos, monos, aves, ranas, felinos— y manifestaciones de la actividad volcánica, como fumarolas, aguas termales y pailas. La caminata habilitada para los visitantes conduce a los puntos más espectaculares: la catarata del Río Celeste, los teñideros, el mirador y la laguna.
La creación del parque fue el punto de inflexión que puso a Bijagua y su entorno en el mapa turístico nacional. Al proteger el Río Celeste y regular su visita —con horarios, cupos y la prohibición de bañarse para preservar el fenómeno y el ecosistema—, el parque garantizó la conservación del atractivo y, a la vez, abrió las puertas a un desarrollo turístico que transformaría la economía local.
Con el Río Celeste convertido en un imán turístico y el Parque Nacional Volcán Tenorio en funcionamiento, Bijagua vivió en las décadas siguientes una transformación notable. El pueblo, hasta entonces dedicado sobre todo a la ganadería y la agricultura, fue encontrando en el turismo de naturaleza una nueva y creciente fuente de ingresos. Su condición de pueblo más cercano al acceso del parque lo posicionó como la base natural para los visitantes.
La comunidad apostó por un modelo de turismo sostenible y de base local. Surgieron eco-lodges y hoteles boutique de naturaleza, guías locales especializados, y diversos proyectos de turismo rural comunitario en los que las familias y fincas de la zona ofrecen experiencias auténticas: avistamiento de fauna, caminatas, tours de chocolate y café, y comida casera. Bijagua se hizo especialmente famosa por el avistamiento de perezosos, llegando a ser considerada uno de los mejores lugares del país para verlos.
Este giro hacia el ecoturismo trajo consigo un cambio de mentalidad: la conservación del bosque y la fauna dejó de verse solo como una restricción y pasó a ser una fuente de orgullo y de sustento, ya que la naturaleza intacta es precisamente lo que atrae a los visitantes. Hoy Bijagua se presenta como un destino tranquilo, verde y auténtico, que combina su herencia rural con un turismo de naturaleza consciente, mostrando una de las caras más esperanzadoras del modelo costarricense de desarrollo ligado a la conservación.
Si el Río Celeste puso a Bijagua en el mapa, fueron los perezosos los que le dieron una identidad propia. A comienzos del siglo XXI, cuando el pueblo era todavía apenas una parada de camino hacia el Parque Nacional Volcán Tenorio, varias familias de fincas cafetaleras y ganaderas notaron algo que siempre había estado ahí, pero que el turismo ignoraba: los bosques que rodeaban sus potreros y cafetales estaban llenos de perezosos de dos y de tres dedos, fáciles de encontrar entre los árboles de sombra.
De esa observación cotidiana nació un modelo de negocio nuevo. En lugar de talar los remanentes de bosque, algunas familias empezaron a proteger los árboles y a ofrecer caminatas guiadas con telescopio para mostrar a los visitantes esos perezosos, tucanes, ranas y monos que vivían en sus propias tierras. Proyectos como los senderos de avistamiento en fincas privadas convirtieron la conservación en una fuente de ingresos directa: cada árbol en pie valía más vivo, con un perezoso encima, que talado. Bijagua terminó ganándose el apodo de 'la capital de los perezosos' de Costa Rica y hoy figura en las guías internacionales como uno de los mejores lugares del mundo para verlos en libertad.
Este giro tuvo un efecto ambiental medible: la regeneración de corredores de bosque entre el Tenorio y el Miravalles, la reforestación de riberas y la creación de reservas privadas que conectan hábitats. La historia de los perezosos de Bijagua es, en el fondo, la historia de cómo un pueblo campesino descubrió que su naturaleza intacta podía sostener a sus familias mejor que la ganadería tradicional, y decidió cuidarla.