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Historia de Villa de Leyva

Antes de la villa: el mar prehistórico y los muiscas

Mucho antes de que existiera el pueblo colonial, la región de Villa de Leyva fue, hace más de 100 millones de años, el fondo de un mar interior. Esa historia geológica quedó escrita en la tierra: toda la zona es un yacimiento de fósiles marinos del Cretácico, donde aparecen amonites, bivalvos y grandes reptiles como el Kronosaurus boyacensis, hoy estrella del Museo El Fósil. Caminar por los alrededores del pueblo es, literalmente, pisar el lecho de un océano desaparecido.

Millones de años después, ya en tiempos prehispánicos, el altiplano fue habitado por los muiscas, una de las grandes civilizaciones de la actual Colombia. Eran agricultores, orfebres y observadores del cielo, y dejaron en la zona un testimonio extraordinario de su conocimiento astronómico: el sitio que los españoles llamarían 'El Infiernito', un observatorio solar con filas de columnas de piedra alineadas para marcar solsticios y equinoccios, clave para los ciclos de siembra y cosecha.

Para los muiscas, este territorio formaba parte de un paisaje sagrado, ligado a la fertilidad de la tierra y al agua. Cuando llegaron los conquistadores españoles, en el siglo XVI, encontraron una región fértil y poblada, que pronto sería reorganizada bajo el orden colonial. Sobre esa base, en 1572, se fundaría la villa.

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La fundación colonial de 1572

Villa de Leyva fue fundada el 12 de junio de 1572 por el capitán Hernán Suárez de Villalobos, cumpliendo la orden de don Andrés Díaz Venero de Leyva, primer presidente del Nuevo Reino de Granada. El pueblo tomó su nombre de este último: 'Villa de Nuestra Señora Santa María de Leyva', luego abreviado a Villa de Leyva (o Leiva, según la grafía).

La villa nació con un propósito muy concreto: ser una despensa agrícola. La idea era aprovechar las tierras fértiles del valle para abastecer de alimentos a la región y dar un lugar de asentamiento a soldados y colonos españoles. Por eso se la trazó siguiendo las normas urbanísticas españolas de la época, con una enorme plaza central como corazón del damero, calles rectas y solares para las casas de los vecinos.

Esa Plaza Mayor, empedrada y de proporciones descomunales (unos 14.000 metros cuadrados), se convirtió en el rasgo distintivo del pueblo y en una de las plazas más grandes de toda América. Alrededor de ella se levantaron la iglesia parroquial y las casonas de adobe y teja que todavía hoy definen el casco histórico.

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Una villa que quedó fuera del tiempo

Durante la Colonia, Villa de Leyva fue un centro agrícola y un lugar de descanso para autoridades y religiosos del Nuevo Reino de Granada. Se construyeron conventos e iglesias, como el Convento del Santo Ecce Homo (fundado en 1620 por los dominicos) y el Convento del Carmen, y la villa se consolidó como un pueblo de casas señoriales, muros de adobe y techos de teja.

La villa también tuvo su lugar en la historia de la independencia. Aquí pasó sus últimos meses y murió, el 13 de diciembre de 1823, Antonio Nariño, uno de los grandes próceres de la emancipación y el precursor que había traducido al español la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, gesto que le costó años de cárcel. La casa donde falleció, del siglo XVII, se conserva hoy como la Casa Museo Antonio Nariño, en pleno centro histórico, y es una parada obligada para entender el peso de este pueblo tranquilo en la memoria del país.

La clave de su conservación está, paradójicamente, en su decadencia económica. Con el correr de los siglos, Villa de Leyva quedó al margen de las grandes rutas comerciales y del crecimiento industrial que transformó a otras ciudades colombianas. Sin presión para modernizarse ni para demoler lo viejo y construir lo nuevo, el pueblo conservó casi intacto su trazado y su arquitectura colonial.

Así, lo que en su momento fue estancamiento se transformó, con el tiempo, en su mayor tesoro: un casco histórico auténtico, sin cables ni construcciones modernas que rompan la postal. Esa fidelidad al pasado es lo que hoy convierte a Villa de Leyva en uno de los pueblos coloniales mejor preservados de Colombia.

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La arquitectura: adobe, teja y piedra

La arquitectura de Villa de Leyva es la de la Colonia española adaptada al clima del altiplano boyacense. Las casas se construyeron con gruesos muros de adobe (barro y paja secados al sol), que aíslan del frío y del calor, y techos de teja de barro a dos aguas. Las fachadas, encaladas de blanco, contrastan con los portones, ventanas y aleros de madera, y muchas casonas se organizan alrededor de patios internos.

El conjunto urbano gira en torno a la inmensa Plaza Mayor, totalmente empedrada, y a calles también de piedra que bajan hacia ella. Esa unidad estética, sin elementos modernos a la vista, es lo que le da al pueblo su atmósfera de viaje en el tiempo. Por su valor, el centro histórico fue declarado Monumento Nacional en 1954 y la villa integra la red de Pueblos Patrimonio de Colombia.

Villa de Leyva figura además en la lista tentativa de Colombia para una eventual postulación a Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Más allá de los reconocimientos, lo importante para el visitante es que casi todo lo que ve (la plaza, las casonas, las iglesias, el empedrado) responde a una misma época y una misma lógica constructiva, conservadas con un celo poco común.

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De pueblo olvidado a destino turístico

Durante buena parte del siglo XX, Villa de Leyva fue un pueblo tranquilo y poco conocido. La declaratoria de su centro histórico como Monumento Nacional en 1954 marcó un punto de inflexión: a partir de ahí se reconoció oficialmente el valor de su patrimonio y se empezó a proteger. Con el tiempo, su cercanía a Bogotá y su belleza intacta la convirtieron en una de las escapadas predilectas de los colombianos.

Hoy Villa de Leyva combina ese patrimonio colonial con una variada oferta para el visitante: museos (de fósiles, de arte religioso, casas museo de próceres como Antonio Ricaurte), atractivos naturales y arqueológicos en los alrededores, viñedos, festivales y una gastronomía boyacense de buen nivel. Cada agosto, el Festival del Viento y de las Cometas (que se celebra desde la década de 1970) llena su cielo de colores, aprovechando los fuertes vientos de la temporada seca.

Ese equilibrio entre la postal colonial preservada y una oferta turística moderna es lo que la mantiene como uno de los destinos más queridos del centro de Colombia. El desafío, como en todo pueblo patrimonio muy visitado, es sostener el encanto y la autenticidad frente al turismo masivo, sobre todo los fines de semana y en temporada alta.

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📚 Bibliografía

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