Riohacha nació en 1535 al calor de una de las fiebres más antiguas de la conquista del Caribe: la de las perlas. La ciudad fue fundada por el conquistador alemán Nikolaus Federmann (Nicolás de Federmán), que actuaba al servicio de los Welser, una poderosa casa de banqueros de Augsburgo a la que el emperador Carlos V había concedido en arriendo la explotación de la provincia de Venezuela y zonas vecinas para saldar sus deudas. Lo que atrajo a los europeos a esta costa árida fue la riqueza de sus ostrales: los bancos de ostras perlíferas frente al litoral guajiro.
Durante las primeras décadas, la explotación de perlas fue el motor de la economía y, también, el origen de uno de sus episodios más oscuros: se forzó a buceadores indígenas y, más tarde, a esclavizados africanos a sumergirse una y otra vez en condiciones extremas para extraer las ostras. El nombre 'Riohacha' (Río del Hacha) se asocia, según la tradición, a una historia local en torno a un río y un hacha, aunque su origen exacto es objeto de distintas versiones.
La ciudad creció como un enclave hispano en medio de un territorio dominado por los wayuu, en una costa estratégica pero remota. Su prosperidad inicial, ligada por completo a las perlas, la convirtió pronto en un lugar codiciado y vulnerable, y selló su destino de plaza disputada en el Caribe de la época.
La riqueza perlífera que hizo nacer a Riohacha la convirtió también en un imán para piratas y corsarios. Durante los siglos XVI y XVII, la ciudad fue atacada y saqueada en numerosas ocasiones por las potencias rivales de España y por aventureros del mar que buscaban apoderarse de las perlas y los bienes del enclave. Era una plaza rica pero pobremente defendida, lejos de los grandes sistemas de fortificación de Cartagena.
El ataque más célebre lo protagonizó el corsario inglés Francis Drake, que en su campaña por el Caribe asaltó Riohacha en 1568 y, según las crónicas, volvió a hostigarla en años posteriores. Pero Drake no fue el único: a lo largo de los siglos, corsarios franceses, ingleses y holandeses convirtieron a la ciudad en un escenario recurrente de incursiones, incendios y exigencias de rescate. Estos ataques marcaron la vida de Riohacha y obligaron a sus habitantes a convivir con la inseguridad permanente.
A medida que se fueron agotando los bancos de perlas, la importancia de Riohacha como botín disminuyó, pero su carácter de plaza de frontera —entre el dominio español y un vasto territorio indígena no sometido, y entre la legalidad y el contrabando— se mantuvo durante toda la época colonial.
La historia de Riohacha y de toda La Guajira es inseparable de la del pueblo wayuu, el grupo indígena más numeroso de Colombia y uno de los pocos que nunca fue plenamente sometido por la corona española. Habitantes ancestrales de la árida península guajira, a ambos lados de la actual frontera con Venezuela, los wayuu desarrollaron una sociedad pastoril (basada sobre todo en la cría de cabras), organizada en clanes matrilineales y regida por su propio sistema de normas y de resolución de conflictos.
Durante la Colonia, los wayuu resistieron con éxito los intentos de conquista y evangelización. Su dominio del territorio desértico, su movilidad, su carácter guerrero y su capacidad para obtener y usar armas de fuego —a menudo a través del comercio y el contrabando con ingleses y holandeses— les permitieron mantener una autonomía notable. Las crónicas registran numerosas rebeliones y enfrentamientos, en los que los wayuu defendieron su tierra y su libertad. Esa resistencia hizo de La Guajira una tierra de frontera que escapó al control efectivo de las autoridades coloniales.
Gracias a esa autonomía histórica, los wayuu conservaron hasta hoy su lengua (el wayuunaiki), su cosmovisión, su organización social y su rica tradición artesanal, especialmente el tejido de las mochilas y chinchorros que son hoy símbolo de La Guajira. Riohacha creció siempre en contacto y tensión con este pueblo, y el resultado es una región donde la cultura wayuu y la herencia hispana y afrocaribeña conviven y se entrelazan.
Agotada la riqueza perlífera que le había dado origen, la economía de Riohacha y de La Guajira se reinventó a lo largo de los siglos sobre la base de su posición estratégica y sus recursos naturales. La península, alejada de los centros de poder y de difícil control, se convirtió en una región donde el comercio y el contrabando con el Caribe (especialmente con las islas holandesas e inglesas) fueron durante mucho tiempo una actividad central y profundamente arraigada en la vida local.
Uno de los recursos tradicionales fue la sal. Las salinas de Manaure, donde el sol y el viento del Caribe permiten evaporar el agua de mar en grandes piscinas, han sido explotadas desde tiempos antiguos por los wayuu y se convirtieron en una de las principales fuentes de sal de Colombia. El paisaje blanco y deslumbrante de estas salinas es hoy también un atractivo turístico.
Ya en el siglo XX y XXI, el gran cambio económico llegó con la minería. En el sur del departamento se desarrolló El Cerrejón, una de las mayores minas de carbón a cielo abierto del mundo, que transformó la economía regional y nacional, aunque también generó fuertes debates sociales y ambientales por su impacto en el agua y en las comunidades. Mientras tanto, Riohacha consolidó su papel de capital administrativa y puerta de entrada a una península que sigue siendo una de las regiones más fascinantes, remotas y culturalmente singulares de Colombia.
En la organización político-administrativa de la Colombia moderna, Riohacha quedó consolidada como capital del departamento de La Guajira, creado a mediados del siglo XX (el territorio fue elevado a la categoría de departamento en 1964). Desde entonces, la ciudad cumple el papel de centro administrativo, comercial y de servicios de una de las regiones más extremas y singulares del país.
A pesar de su tamaño modesto y de ser una de las regiones con mayores desafíos sociales de Colombia, Riohacha ha ido ganando un lugar en el mapa turístico nacional como puerta de entrada al desierto guajiro. Cada año, miles de viajeros la usan como base para lanzarse a la aventura del Cabo de la Vela, Punta Gallinas —el punto más septentrional de Sudamérica continental— y las salinas de Manaure, en recorridos que combinan paisajes desérticos extremos, dunas que caen al mar y el contacto con la cultura wayuu.
La ciudad conserva su ritmo pausado y costeño, su malecón frente al Caribe, su muelle, su catedral y, sobre todo, la presencia constante de la cultura wayuu en sus calles, sus mercados y sus tejidos. Riohacha es, en definitiva, el umbral entre la Colombia caribeña más conocida y un mundo desértico, ancestral y remoto que sorprende a quien se atreve a adentrarse en él.