Mucho antes de que en 1961 un médico plantara la primera piedra del pueblo, esta curva de selva donde el río Loretoyacu se abraza con el Amazonas ya tenía dueños: los ticuna, uno de los pueblos indígenas más numerosos de la Amazonía, que llaman a su mundo por otros nombres y llevan aquí incontables generaciones. La historia de Puerto Nariño no empieza con su acta de fundación, sino miles de años antes, cuando estas comunidades ribereñas aprendieron a leer el río, la selva y sus ciclos como quien lee un libro abierto. Los ticuna —el pueblo más numeroso de la zona—, junto con los cocama y los yagua, han habitado esta región de selva y ríos desde mucho antes de cualquier fundación oficial, con una cultura profundamente ligada al agua, la selva y sus ciclos.
Los ticuna desarrollaron una rica cosmovisión, expresada en mitos, danzas, máscaras, tejidos y artesanías, y un conocimiento detallado de la fauna, la flora y las plantas medicinales de la Amazonía. Su vida se organiza en torno a la pesca, la caza, la recolección y la agricultura de chagra, y a un sistema de clanes y rituales —como el ritual de la pelazón, asociado al paso a la adultez de las jóvenes— que aún pervive.
Esa presencia indígena no es cosa del pasado: hoy la gran mayoría de los habitantes de Puerto Nariño son indígenas, sobre todo ticuna. El pueblo y sus alrededores son territorio vivo de estas comunidades, lo que da a Puerto Nariño un carácter singular: no es solo un destino natural, sino también un lugar donde la cultura amazónica originaria sigue siendo protagonista de la vida cotidiana.
Puerto Nariño, como localidad formal, es relativamente joven. Fue fundado el 18 de agosto de 1961 por el médico José Humberto Espejo Hernández, en un asentamiento a orillas del río Loretoyacu, cerca de su desembocadura en el gran Amazonas, dentro del Trapecio Amazónico que Colombia había incorporado pocas décadas antes.
La nueva población se desarrolló sobre un territorio habitado por las comunidades indígenas de la zona, en una región remota a la que solo se llegaba —y se llega— por el río. Durante sus primeras décadas, Puerto Nariño fue creciendo lentamente como pequeño centro poblado del sur del Amazonas, ligado a la vida ribereña, la pesca y las comunidades de la región.
Con el tiempo, el municipio fue tomando una identidad propia que lo distinguiría de otros pueblos amazónicos: una apuesta consciente por el orden, la limpieza, la convivencia con la naturaleza y, más adelante, el ecoturismo. Esa vocación, sumada a su entorno natural privilegiado, transformaría a Puerto Nariño en un caso ejemplar dentro de Colombia.
Lo que hizo célebre a Puerto Nariño es una decisión tan sencilla como radical: ser un pueblo peatonal, sin autos ni motos. En su casco urbano no circulan vehículos a motor; la gente se desplaza a pie o en canoa, y el resultado es un lugar silencioso, limpio y en armonía con la selva que lo rodea. El sonido que predomina no es el del tráfico, sino el de la naturaleza.
Esta apuesta se acompañó de un fuerte compromiso comunitario con la sostenibilidad: manejo de residuos, cuidado del entorno, senderos y espacios públicos bien mantenidos, y un enfoque de turismo responsable. Puerto Nariño se convirtió así en un referente nacional de ecoturismo y de buenas prácticas ambientales, demostrando que un pueblo amazónico puede crecer cuidando su entorno y su cultura.
El turismo comunitario es hoy una herramienta clave para la región: donde se promueve el ecoturismo, aumentan los ingresos locales y se reduce la presión sobre la selva. Iniciativas como el Centro de Interpretación Natütama —gestionado por la comunidad y dedicado a la fauna acuática y su conservación— encarnan ese espíritu, combinando educación ambiental, cultura ticuna y desarrollo local. Visitar Puerto Nariño es, en buena medida, apoyar ese modelo.
El gran tesoro natural de los alrededores de Puerto Nariño es el complejo de humedales conocido como los Lagos de Tarapoto: un sistema de lagos interconectados, alimentados por el río Amazonas, de aguas oscuras y enorme riqueza biológica. Es uno de los mejores lugares de Colombia para avistar delfines de río —los rosados (Inia) y los grises (tucuxi)—, además de victorias regias, pirañas, manatíes y una abundante avifauna.
El reconocimiento internacional de su valor llegó en 2018, cuando los Lagos de Tarapoto fueron declarados sitio Ramsar, es decir, humedal de importancia internacional bajo la Convención Ramsar. Fue el primer sitio Ramsar de la Amazonía colombiana, distinguido por su biodiversidad acuática y por su papel en la conservación de especies emblemáticas como los delfines de río, amenazados en buena parte de su distribución.
La declaratoria reforzó los esfuerzos de conservación y de manejo sostenible del humedal, en los que participan las comunidades indígenas locales, fundaciones y autoridades ambientales. Para Puerto Nariño, Tarapoto es a la vez su mayor atractivo turístico y una responsabilidad: el equilibrio entre recibir visitantes y proteger a los delfines y su hábitat es hoy el gran reto del destino, y la razón por la que se insiste en un turismo respetuoso y de bajo impacto.
Ningún animal encarna el alma de Puerto Nariño como el delfín rosado del Amazonas, el 'boto' o bufeo (Inia geoffrensis), el mayor delfín de río del mundo y una de las criaturas más enigmáticas de la selva. De piel rosada, cuerpo robusto y hocico largo, habita las aguas oscuras del Amazonas, el Orinoco y sus afluentes, y en el lago Tarapoto encuentra uno de sus mejores refugios. Verlo emerger y volver a hundirse entre la vegetación inundada, al amanecer, es la imagen que atrae a viajeros de todo el mundo hasta este rincón del sur de Colombia.
Pero el delfín rosado es mucho más que un atractivo turístico: es un personaje central de la mitología amazónica y, muy especialmente, de la cosmovisión ticuna. Según una leyenda extendida por toda la cuenca —y con una versión propiamente ticuna—, el boto puede transformarse en un hombre apuesto y elegante, a veces descrito como un 'gringo' vestido de blanco, que sale del río en las noches de fiesta para seducir a las jóvenes y desaparecer al amanecer, dejándolas embarazadas antes de regresar al agua. Por eso, en muchas comunidades, se lo respeta y se lo teme a la vez: es un ser de frontera entre el mundo humano y el mundo del agua, un espíritu del río. Estos mitos, transmitidos de generación en generación, forman parte del patrimonio inmaterial que hace de la Amazonía un territorio tan rico culturalmente como biológicamente.
Ese aura mística, sin embargo, no lo ha protegido: al contrario. El delfín rosado está clasificado como especie En Peligro por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) desde 2018. Sus principales amenazas son la contaminación por mercurio proveniente de la minería ilegal de oro, la captura como carnada para la pesca, la fragmentación de su hábitat por represas y las redes de pesca en las que queda atrapado. En este contexto, el trabajo de conservación que se hace desde Puerto Nariño —a través de iniciativas comunitarias como la Fundación Natütama, de la declaratoria Ramsar del lago Tarapoto y del turismo responsable— cobra un valor enorme. Cuidar al delfín rosado es, en el fondo, cuidar la salud de todo el ecosistema amazónico y honrar la cultura de los pueblos que lo consideran sagrado. Cada viajero que llega a ver los delfines con un operador respetuoso participa, sin saberlo, de esa cadena de protección.