Mucho antes de que llegaran los conquistadores españoles, el fértil valle donde hoy se levanta Popayán estaba habitado por pueblos indígenas que dieron a la región buena parte de su identidad y de sus nombres. La zona era conocida como el valle de Pubenza, y de allí proviene el gentilicio 'payanés' y el propio nombre de la ciudad, que suele relacionarse con un cacique llamado Payán o Popayán que gobernaba estas tierras a la llegada de los europeos. Era un territorio de clima templado, regado por ríos como el Cauca y el Molino, en una posición privilegiada del macizo colombiano, donde nacen algunos de los grandes ríos del país.
Los grupos que habitaban la región pertenecían a distintas familias y señoríos andinos. En las inmediaciones del valle vivían los pubenenses; más al oriente y en las montañas se hallaban pueblos como los paeces (nasa) y los guambianos (misak), que aún hoy conservan su lengua, su organización y sus tradiciones en territorios cercanos como Silvia y Tierradentro. Eran sociedades agrícolas y guerreras, organizadas en cacicazgos, que cultivaban maíz, papa y otros productos de altura, y que mantenían intercambios con los pueblos del Pacífico y del valle del Cauca.
La llegada de los españoles en la década de 1530 alteró para siempre ese mundo. La conquista del suroccidente fue especialmente violenta y estuvo marcada por la resistencia indígena, entre cuyas figuras se recuerda al cacique Payán y, sobre todo, a la legendaria cacica Gaitana, lideresa indígena de la región del Alto Magdalena que encabezó una feroz rebelión contra los conquistadores. Aunque la dominación española terminó imponiéndose, los pueblos originarios del Cauca nunca desaparecieron: sus descendientes, los nasa y los misak, son hoy comunidades vivas, con fuerte presencia política y cultural en el departamento.
Popayán fue fundada el 13 de enero de 1537 por el conquistador español Sebastián de Belalcázar (o Benalcázar), uno de los capitanes de Francisco Pizarro que, tras participar en la conquista del Perú y de Quito, avanzó hacia el norte fundando ciudades en su camino. Belalcázar buscaba a la vez nuevas riquezas —impulsado por el mito de El Dorado— y asegurar el dominio español sobre el suroccidente del actual territorio colombiano. En su recorrido fundó Santiago de Cali y, poco después, Popayán, en el corazón del valle de Pubenza.
La elección del sitio no fue casual. El valle ofrecía un clima templado y agradable durante todo el año, tierras fértiles, agua abundante y una posición estratégica en mitad del camino entre Quito, al sur, y Santafé de Bogotá y la costa del Caribe, al norte. Esa ubicación convertiría a Popayán en un nudo clave de las rutas coloniales y en un centro de poder de primer orden. La ciudad se trazó según el modelo español de damero, con su plaza mayor —el actual Parque Caldas— en el centro, y alrededor de ella la iglesia, el cabildo y las casas de los vecinos principales.
La fundación de Popayán fue también el comienzo de un largo y conflictivo proceso de sometimiento de los pueblos indígenas de la región, que opusieron una resistencia tenaz. La consolidación de la ciudad llevó años de combates y de fundación de encomiendas. Con el tiempo, Popayán dejó de ser un simple fuerte de avanzada para transformarse en una de las ciudades más importantes y ricas del virreinato.
Durante los siglos coloniales, Popayán vivió su época de mayor esplendor. Su ubicación estratégica y su clima la convirtieron en cabecera de la Gobernación de Popayán, una enorme jurisdicción que llegó a abarcar buena parte del suroccidente del actual territorio colombiano e incluso zonas del actual Ecuador. La ciudad fue sede de autoridades civiles y eclesiásticas, y un polo de poder político, religioso y económico que rivalizaba en prestigio con las grandes capitales del virreinato.
La riqueza de Popayán se sustentaba en buena medida en la minería de oro de las regiones del Pacífico y del Chocó, trabajada con mano de obra esclavizada africana, y en las grandes haciendas agrícolas y ganaderas que rodeaban la ciudad. Esa prosperidad permitió a una elite de familias poderosas levantar el conjunto monumental que hoy admiramos: iglesias y conventos barrocos como San Francisco, Santo Domingo, San Agustín y La Ermita, junto a casonas señoriales de gruesos muros encalados, patios floridos y balcones de madera. La 'Ciudad Blanca' nació de esa combinación de poder, fe y dinero.
Popayán fue además, desde temprano, un importante centro intelectual y religioso. Se fundaron seminarios, colegios y, más tarde, la Universidad del Cauca, que formaron a las elites del suroccidente. La ciudad cultivó una identidad aristocrática, refinada y profundamente católica, que se expresó en su arquitectura, en su cocina y en sus celebraciones religiosas, en particular en una Semana Santa que se viene celebrando de manera ininterrumpida desde la época colonial y que es una de las más antiguas del continente americano.
El proceso de independencia, a comienzos del siglo XIX, encontró a Popayán en una posición singular y contradictoria. A diferencia de ciudades vecinas del valle del Cauca, como Cali, que se inclinaron tempranamente por la causa patriota, Popayán fue mayoritariamente realista durante buena parte de las guerras de independencia. Su elite, ligada a la Corona y a la Iglesia, y la presencia de fuerzas militares españolas hicieron de la ciudad un bastión del bando realista, lo que la convirtió en escenario de disputas, ocupaciones y combates entre patriotas y realistas que se tomaron y retomaron la plaza varias veces.
Pese a ese carácter inicialmente realista, Popayán dio a la naciente república una cantidad notable de figuras de primer orden. De sus familias y de su Universidad del Cauca salieron presidentes, vicepresidentes, juristas, científicos, poetas y próceres que marcaron la historia nacional durante los siglos XIX y XX. Esa abundancia de hombres de Estado le valió a la ciudad el apodo de 'ciudad de los próceres' o 'cuna de próceres', un orgullo que los payaneses todavía reivindican.
Entre las figuras ligadas a Popayán se cuentan numerosos presidentes de Colombia, además de intelectuales y poetas como Guillermo Valencia, cuya casa es hoy museo. La ciudad mantuvo a lo largo del siglo XIX su peso político y cultural, aun cuando el dinamismo económico se fue desplazando hacia otras regiones del país. Popayán conservó así su aire señorial y su prestigio como uno de los grandes centros tradicionales de Colombia.
A lo largo de su historia, Popayán ha convivido con la amenaza sísmica, propia de su ubicación en una región de fallas geológicas del macizo andino. Pero ningún episodio quedó tan grabado en la memoria de la ciudad como el terremoto del 31 de marzo de 1983, ocurrido justamente un Jueves Santo, en plena Semana Santa. El sismo, de magnitud cercana a 5,5 pero de epicentro muy superficial y cercano, golpeó a la ciudad cuando muchos fieles se preparaban para las celebraciones religiosas, y causó un número importante de víctimas y daños enormes.
El terremoto afectó gravemente el patrimonio colonial: iglesias, conventos, casonas y edificios históricos quedaron dañados o parcialmente destruidos, y la torre de la Catedral, entre otros monumentos, sufrió serios desperfectos. Para una ciudad cuya identidad descansa en su conjunto arquitectónico, el golpe fue devastador no solo en lo material, sino también en lo simbólico. La tragedia, además, ocurrió en el día y el contexto más cargados de significado para los payaneses.
La respuesta de Popayán fue, sin embargo, ejemplar. En los años siguientes se emprendió una cuidadosa labor de reconstrucción y restauración que devolvió a la ciudad su fisonomía colonial, recuperando fachadas, templos y casonas con criterios de respeto al patrimonio. Hoy, quien recorre el centro histórico difícilmente imagina la magnitud de aquel desastre: la 'Ciudad Blanca' luce de nuevo impecable. Aquella reconstrucción es uno de los grandes orgullos de los payaneses y un testimonio de su apego a la memoria y a las tradiciones.
Si algo define la identidad de Popayán por encima de todo, es su Semana Santa. Celebrada de manera ininterrumpida desde el siglo XVI, es la más antigua y solemne de Colombia y una de las más tradicionales del continente. Cada noche del Martes al Sábado Santo, los 'cargueros' —vecinos que heredan el honor de generación en generación— llevan en hombros pesados 'pasos' (andas con imágenes religiosas, algunas de gran valor artístico) por las calles del centro histórico, en procesiones de profundo recogimiento que recorren un itinerario fijo entre las iglesias coloniales. La ciudad entera se vuelca a esta tradición, que combina fe, arte y memoria colectiva.
En 2009, la Unesco inscribió las procesiones de Semana Santa de Popayán en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, reconociendo su antigüedad, su continuidad y su valor como expresión viva de la cultura local. La distinción consolidó a Popayán como uno de los grandes destinos de turismo religioso y cultural de Colombia, que en esas fechas multiplica sus visitantes.
La otra gran seña de identidad payanesa es su gastronomía, también reconocida internacionalmente: en 2005, Popayán fue declarada Ciudad Creativa de la Gastronomía por la Unesco, la primera de América en recibir ese título. La cocina payanesa, refinada y de hondas raíces coloniales y mestizas, ofrece platos como el tamal de pipián, las empanadas de pipián con ají de maní, el champús, las carantantas y los dulces tradicionales, muchos de ellos protagonistas del Congreso Gastronómico de Popayán que se celebra cada año. Entre su patrimonio colonial restaurado, su Semana Santa centenaria y su cocina, Popayán reúne todas las capas de su larga historia en una identidad única.