Mucho antes de que llegaran los españoles, la región donde hoy se levanta Mompox estaba habitada por comunidades indígenas que vivían en estrecha relación con el río Magdalena y las ciénagas de la llamada Depresión Momposina. Entre esos pueblos se menciona a los malibúes, grupos ribereños que dominaban la pesca, la navegación en canoa y el aprovechamiento de los humedales, un entorno anfibio donde el agua marcaba el ritmo de la vida.
El propio nombre de la villa recuerda ese origen: la tradición lo asocia al cacike Mompoj (o Mompox), señor del territorio en la época previa a la conquista. La región era un cruce natural de caminos de agua, porque el Magdalena era la gran arteria que comunicaba el interior del actual territorio colombiano con el mar Caribe.
Esa posición sobre el río, que más tarde haría la fortuna de la villa colonial, ya era importante para los pueblos originarios. La Depresión Momposina, con su laberinto de caños y ciénagas, era un territorio rico en recursos y, a la vez, una zona de paso obligado para quien quisiera moverse por el bajo Magdalena.
Santa Cruz de Mompox fue fundada en 1540 por el capitán español Alonso de Heredia, hermano de Pedro de Heredia, fundador de Cartagena de Indias. La elección del sitio no fue casual: la villa nació sobre la orilla de un brazo del río Magdalena, en un punto estratégico para el control y el comercio del río que conectaba el interior del Nuevo Reino de Granada con el puerto de Cartagena y, desde allí, con España.
Desde sus primeros tiempos, Mompox quedó ligada al transporte fluvial. Las mercancías que subían y bajaban por el Magdalena hacían escala en la villa, que se fue consolidando como un puerto y centro de intercambio. Su nombre completo, Santa Cruz de Mompox, combina la advocación religiosa con el topónimo de raíz indígena.
La villa creció al amparo del río y de la actividad comercial. Con el correr de las décadas se levantaron iglesias, conventos y casonas, y se fue formando el trazado urbano paralelo al Magdalena que todavía hoy define el centro histórico. Mompox se preparaba así para su época de mayor esplendor durante los siglos coloniales.
Durante los siglos XVII y XVIII, Mompox vivió su época dorada. Su posición sobre el principal brazo navegable del río Magdalena la convirtió en uno de los puertos fluviales más importantes del Virreinato de Nueva Granada: por aquí pasaba buena parte del tráfico de mercancías, plata, oro y productos que circulaban entre el interior andino y el Caribe. Los comerciantes momposinos acumularon grandes fortunas, y la villa se llenó de iglesias, casonas señoriales, conventos y edificios públicos que dan testimonio de aquella prosperidad.
Una parte importante de esa riqueza se ligó al oro y a la orfebrería. Mompox desarrolló una tradición refinadísima de filigrana, el arte de trabajar hilos finísimos de oro y plata para crear joyas de gran delicadeza, una técnica con influencias mediterráneas y moriscas llegadas con los españoles. Esa tradición artesanal, heredada de generación en generación en talleres familiares, sigue viva hasta hoy y es uno de los grandes símbolos de la villa.
La abundancia de metales preciosos y el intenso comercio también dieron a Mompox fama de ser un punto donde se movían riquezas de origen dudoso y se 'lavaba' oro de contrabando, una leyenda que forma parte de su mística. Lo cierto es que la villa fue, durante mucho tiempo, una de las poblaciones más ricas e influyentes de la región caribeña.
Mompox tuvo un papel destacado en el proceso de independencia de Colombia. El 6 de agosto de 1810, la villa fue una de las primeras poblaciones del territorio en proclamar su autonomía e independencia absoluta de España, adelantándose a muchas otras y mostrando un temprano fervor patriota. Esa declaración convirtió a Mompox en un símbolo del movimiento emancipador en el Caribe neogranadino.
Gracias a su riqueza y a su posición estratégica sobre el río, la villa aportó hombres, recursos y apoyo a las campañas libertadoras. La figura de Simón Bolívar quedó especialmente unida a Mompox: a su paso por la villa logró reclutar soldados y reunir medios que resultaron decisivos para sus campañas. De esa relación nace la célebre frase que se le atribuye al Libertador: 'Si a Caracas debo la vida, a Mompox debo la gloria'.
Más allá de la exactitud literal de la cita, la frase resume el peso que tuvo la villa en la gesta independentista y el orgullo con que los momposinos recuerdan ese capítulo de su historia. Mompox aportó, así, no solo riqueza material, sino también un fuerte impulso a la causa de la libertad.
El destino de Mompox estuvo siempre atado al río Magdalena, y fue justamente el río el que decidió su declive. A lo largo del siglo XIX, el caudal principal y navegable del Magdalena se fue desplazando hacia otro brazo (el brazo de Loba), dejando al de Mompox cada vez con menos calado y dificultando la navegación de los grandes barcos que habían sido la base del comercio de la villa.
Con el tiempo, la navegación comercial pesada dejó de pasar por Mompox, y la villa fue perdiendo el papel de gran puerto fluvial que la había enriquecido. El comercio y la actividad se trasladaron a otras poblaciones mejor conectadas con las nuevas rutas, y Mompox entró en una larga etapa de decadencia económica y de aislamiento respecto de los grandes centros del país.
Ese aislamiento, sin embargo, tuvo una consecuencia inesperada y afortunada: como la villa quedó al margen del crecimiento, la modernización y las grandes reformas urbanas que transformaron otras ciudades, su patrimonio colonial se conservó casi intacto. Las casonas, iglesias y calles que habían florecido en la época de esplendor permanecieron en pie, congeladas en el tiempo. Lo que parecía una desgracia económica terminó siendo la salvación del extraordinario conjunto histórico que hoy admira el mundo.
El reconocimiento mundial llegó en 1995, cuando la Unesco inscribió el centro histórico de Santa Cruz de Mompox en su lista de Patrimonio de la Humanidad. La distinción valoró la excepcional conservación de la villa colonial: su trazado urbano paralelo al río, sus tres plazas históricas, sus iglesias, conventos y casonas de los siglos XVI al XIX, que forman uno de los conjuntos coloniales más íntegros y armoniosos de América.
La Unesco destacó que Mompox conserva la fisonomía de una ciudad colonial española de gran importancia, vinculada al comercio fluvial del Magdalena, y que ese conjunto representa un testimonio único de una época. La declaración impulsó esfuerzos de restauración y puesta en valor del patrimonio, y consolidó a Mompox como uno de los grandes destinos culturales de Colombia.
A su valor arquitectónico, Mompox suma un aura literaria poderosa. La villa, con su calor, su quietud y sus leyendas, encarna como pocas el universo del realismo mágico latinoamericano, asociado a la obra de Gabriel García Márquez, que evocó pueblos ribereños somnolientos del Caribe colombiano. Esa mezcla de patrimonio vivo, tradición orfebre, fervor religioso en Semana Santa y atmósfera mágica hace de Mompox un lugar singular, donde la historia parece seguir respirando entre las paredes encaladas.