Mucho antes de que existieran fronteras, banderas o ciudades, la inmensa región del Amazonas que hoy comparten Colombia, Brasil y Perú estaba habitada por numerosos pueblos indígenas que vivían —y siguen viviendo— del río y de la selva. En el actual Trapecio Amazónico colombiano y sus alrededores conviven etnias como los ticuna (el pueblo más numeroso de la región), los cocama, los yagua, los huitoto (uitoto), los bora y muchos otros, cada uno con su propia lengua, sus saberes ancestrales y su profunda relación con el entorno.
Estos pueblos desarrollaron un conocimiento extraordinario de uno de los ecosistemas más complejos y biodiversos del planeta: la selva tropical húmeda. Sabían (y saben) leer el río, predecir sus crecidas, cultivar en pequeñas chagras o huertas selváticas, cazar y pescar de manera sostenible, y aprovechar miles de plantas para alimentarse, curarse y construir. Su vida giraba en torno al agua: el río Amazonas y sus afluentes eran a la vez despensa, camino y eje de su cosmovisión, poblada de mitos y seres espirituales, como el del delfín rosado capaz de transformarse en humano.
La Amazonía no era, pues, un 'vacío' a la espera de ser descubierto, sino un territorio densamente habitado y culturalmente riquísimo. Esa presencia indígena, milenaria y viva, es la base sobre la que se construyó —muchas veces de forma violenta— la historia moderna de la región, y sigue siendo hoy el alma del Amazonas colombiano. Comprender Leticia exige reconocer, en primer lugar, a los pueblos que estuvieron aquí mucho antes que cualquier frontera.
La historia moderna de Leticia es relativamente reciente y está marcada, desde el inicio, por la cuestión de las fronteras. La ciudad fue fundada a fines del siglo XIX, hacia 1867, como un puesto a orillas del río Amazonas. En su origen, el caserío estuvo ligado a la presencia peruana en la zona, en una época en que los límites entre las jóvenes repúblicas sudamericanas —Colombia, Perú, Brasil y Ecuador— en plena selva amazónica eran difusos y disputados.
Durante buena parte de su historia temprana, la región del actual Trapecio Amazónico fue un territorio remoto, de difícil acceso, donde la soberanía de los Estados era más nominal que efectiva. El control real lo ejercían quienes lograban establecerse sobre el río: comerciantes, caucheros, misioneros y autoridades de uno u otro país. La inmensidad de la selva y la escasa presencia estatal convertían a estas fronteras fluviales en escenarios de tensión latente entre las naciones vecinas.
La importancia estratégica de Leticia radicaba en su posición: sobre el río Amazonas, la gran vía de comunicación de toda la región, en el punto donde se acercan tres países. Quien controlara ese tramo del río controlaba el acceso a un enorme territorio interior. Por eso, a medida que los Estados sudamericanos fueron consolidándose en el siglo XX, la definición de la soberanía sobre Leticia y su entorno se volvió un asunto de primer orden, que terminaría desembocando en tratados y, finalmente, en un conflicto armado.
A fines del siglo XIX y comienzos del XX, toda la Amazonía vivió un episodio tan próspero para algunos como trágico para los pueblos originarios: la fiebre del caucho. La creciente demanda mundial de látex —impulsada por la industria, los neumáticos y nuevos productos— convirtió al caucho silvestre amazónico en una riqueza enorme, y desató una carrera por explotar los árboles de la selva. Surgieron grandes empresas y 'barones del caucho' que amasaron fortunas, mientras ciudades como Manaos e Iquitos vivían un auge espectacular.
Pero detrás de esa bonanza se escondió uno de los capítulos más oscuros de la historia americana. La explotación del caucho en regiones como el Putumayo se sostuvo sobre la esclavización, la tortura y el exterminio de miles de indígenas, obligados a trabajar en condiciones inhumanas. El caso más tristemente célebre fue el de la Casa Arana (la Peruvian Amazon Company del empresario Julio César Arana), cuyas atrocidades contra los pueblos huitoto, bora y otros en el Putumayo fueron denunciadas internacionalmente a comienzos del siglo XX, en uno de los primeros grandes escándalos de derechos humanos de la era moderna. Pueblos enteros fueron diezmados.
Esta historia, que afectó directamente a la región del actual Amazonas colombiano, dejó una huella profunda y dolorosa que las comunidades indígenas aún recuerdan. La fiebre del caucho terminó decayendo cuando la producción se trasladó a plantaciones en Asia, pero su legado de despoblamiento, desplazamiento y trauma marcó a la Amazonía. Conocer Leticia y su región implica también reconocer esta memoria: el costo humano sobre el que se construyó buena parte de la presencia económica moderna en la selva.
El episodio que dio a Leticia un lugar en la historia nacional colombiana fue el conflicto colombo-peruano de 1932-1933, conocido también como la 'guerra de Leticia'. Su origen estaba en los tratados de límites que, a comienzos del siglo XX, habían intentado definir las fronteras amazónicas entre Colombia y Perú. En particular, el Tratado Salomón-Lozano de 1922 había reconocido para Colombia el llamado Trapecio Amazónico, la franja de territorio que le da salida al río Amazonas, con Leticia incluida.
Muchos peruanos de la región no aceptaron de buen grado esa cesión. El 1 de septiembre de 1932, un grupo de civiles y militares peruanos tomó por la fuerza Leticia, desconociendo el tratado y reclamando el territorio para Perú. El gobierno colombiano respondió organizando una expedición militar que debió atravesar medio continente —subiendo por el Amazonas desde el Atlántico— para recuperar la zona, en una campaña difícil por la lejanía y las condiciones de la selva. Se produjeron combates en distintos puntos del Trapecio y del río Putumayo, y el conflicto despertó un intenso fervor patriótico en Colombia.
La guerra terminó por la vía diplomática. La recién creada Sociedad de Naciones (antecesora de la ONU) intervino como mediadora, administró temporalmente la zona y condujo a un acuerdo que confirmó la soberanía colombiana sobre Leticia y el Trapecio Amazónico. Aquel conflicto, aunque breve, consolidó definitivamente a Leticia como territorio colombiano y como capital de la presencia del país en la Amazonía. Hoy es recordado como un momento clave en la consolidación de las fronteras del sur de Colombia.
Consolidada como territorio colombiano y capital del departamento del Amazonas, Leticia fue creciendo a lo largo del siglo XX hasta convertirse en lo que es hoy: una pequeña ciudad fronteriza, cálida y pluricultural, en el corazón de la triple frontera entre Colombia, Brasil y Perú. Su condición de única gran población colombiana sobre el río Amazonas la transformó en el punto de encuentro de tres nacionalidades y en la puerta de entrada del país a la selva. La cercanía con la brasileña Tabatinga —prácticamente pegada a Leticia— y con la peruana Santa Rosa hace de la zona un mosaico de idiomas, monedas y culturas.
Durante buena parte del siglo XX, la región vivió de la pesca, la explotación de recursos de la selva y el comercio fronterizo, con etapas difíciles ligadas a las economías ilegales que también golpearon a la Amazonía. Pero en las últimas décadas, Leticia encontró en el ecoturismo y el turismo cultural una vocación que aprovecha su mayor tesoro: la naturaleza y la diversidad. Hoy es la base desde la que miles de viajeros se adentran en la selva, navegan el Amazonas hacia Puerto Nariño, buscan a los delfines rosados en los lagos de Tarapoto y conocen a las comunidades indígenas.
Ese turismo convive con grandes desafíos: la conservación de uno de los ecosistemas más importantes y amenazados del planeta, el respeto a los derechos y la cultura de los pueblos indígenas, y la lucha contra la deforestación y el tráfico de especies. Leticia es, en ese sentido, mucho más que un destino: es un punto de observación privilegiado para entender la Amazonía contemporánea, con su belleza desbordante, su riqueza cultural y su fragilidad. Visitarla con conciencia es sumarse, aunque sea un poco, al esfuerzo por preservar el pulmón del mundo.