Bajo las aguas turquesas que hoy fotografían millones de turistas desde la cima de la Piedra del Peñol yace un pueblo entero. Sus casas, su iglesia, su plaza: todo quedó sumergido cuando, en los años setenta, una represa inundó el valle y obligó a los habitantes del viejo El Peñol a abandonar sus hogares y empezar de cero en otro sitio. Una cruz solitaria, plantada sobre el agua, todavía marca el lugar donde estuvo el campanario. Esa herida fundacional —un paisaje precioso construido sobre una pérdida— es la clave para entender Guatapé y El Peñol. Pero la historia empieza mucho antes, cuando aquí no había más que montañas.
Mucho antes de que existiera el gran embalse que hoy define el paisaje, la región de Guatapé y El Peñol era una zona de montañas, ríos y tierras fértiles del oriente antioqueño. Antes de la conquista, el territorio estuvo habitado por pueblos indígenas, y durante la Colonia y la época republicana se fue poblando con campesinos y colonos antioqueños que se dedicaban a la agricultura, la ganadería y, en algunas zonas de Antioquia, a la minería del oro, actividad central en la historia del departamento.
Guatapé fue creciendo como un pueblo agrícola del oriente antioqueño, con su plaza, su iglesia y su vida rural, atravesado por ríos y rodeado de montañas verdes. El vecino pueblo de El Peñol tenía una historia similar, con su propio casco urbano asentado en un valle. Ambos eran poblados tranquilos, lejos del bullicio turístico que llegaría mucho después.
Un elemento del paisaje ya destacaba entonces sobre todos los demás: el enorme monolito de granito conocido como la Piedra del Peñol, una sola roca gigantesca que se elevaba solitaria sobre el terreno. Para los habitantes de la región era un punto de referencia inconfundible, y con el tiempo se convertiría en el símbolo de toda la zona. Pero su transformación en atracción turística, y la del propio paisaje, estaba aún por llegar, ligada a una gran obra que cambiaría la región para siempre.
La Piedra del Peñol —también llamada La Piedra de El Peñol o Peñón de Guatapé— es el ícono natural de la región y una de las atracciones más célebres de Colombia. Geológicamente, se trata de un descomunal afloramiento de roca de granito (un monolito), una sola piedra de unos 220 metros de altura sobre el terreno, formada hace millones de años y expuesta por la erosión. Su mole solitaria, visible desde lejos, siempre fue un punto de referencia para los habitantes de la zona.
En torno a la Piedra existen tradiciones y relatos. Su nombre se vincula al antiguo pueblo de El Peñol, y la historia más recordada en tiempos modernos es la de su 'conquista': la construcción de la escalera que permite subir a la cima. En una grieta natural de la roca se edificó, a mediados del siglo XX, una escalera de mampostería de más de 700 escalones que zigzaguea hasta lo alto, lo que transformó al monolito de simple hito del paisaje en una atracción turística accesible.
Desde la cima, la vista es espectacular, sobre todo tras la formación del embalse: el laberinto de agua, islas y penínsulas que rodea la Piedra es uno de los paisajes más fotografiados del país. Curiosamente, hay una pequeña 'rivalidad' histórica entre Guatapé y El Peñol por la Piedra, reflejada en la inscripción de letras gigantes que en algún momento se empezó a pintar en uno de sus flancos. La Piedra es hoy, sin discusión, el símbolo compartido de toda la región.
El acontecimiento que transformó para siempre la región fue la construcción de la represa de El Peñol-Guatapé, una de las grandes obras hidroeléctricas de Colombia, levantada entre fines de los años sesenta y los setenta del siglo XX para aprovechar las aguas de la región en la generación de energía. La obra implicó la creación de un enorme embalse que inundó vastas extensiones de tierra del oriente antioqueño, cambiando radicalmente el paisaje.
El costo humano fue alto. Las aguas del embalse cubrieron fincas, tierras de cultivo y, sobre todo, el casco urbano del viejo pueblo de El Peñol, que quedó sumergido. Sus habitantes debieron ser reubicados, y el pueblo fue reconstruido por completo en un nuevo emplazamiento. Para la comunidad, ver desaparecer bajo el agua su pueblo, su iglesia, sus casas y sus recuerdos fue un episodio traumático que dejó una marca profunda en la memoria local.
Hoy, esa memoria se mantiene viva: en el embalse, una cruz señala el lugar donde quedó el viejo El Peñol, y existen iniciativas, réplicas y espacios que recuerdan cómo era el pueblo antes de la inundación. El embalse, con su laberinto de islas y penínsulas, es a la vez un paisaje turístico admirado y un testimonio del costo social de las grandes obras de desarrollo. Esta historia es clave para entender el lugar y suele ser parte de los relatos de los guías en los paseos por el agua.
Si la Piedra y el embalse dieron a la región su paisaje, los zócalos le dieron a Guatapé su personalidad inconfundible. Los zócalos son los relieves de colores que decoran la parte baja de las fachadas de las casas, con figuras de animales, flores, objetos, oficios, escenas cotidianas y motivos diversos. Esta tradición, que se fue desarrollando y consolidando a lo largo del siglo XX, convirtió al pueblo en una verdadera galería de arte popular al aire libre.
El origen de la costumbre suele asociarse a una práctica funcional —proteger la base de las paredes— que con el tiempo se transformó en expresión artística y decorativa, en la que los propios habitantes plasman elementos ligados a su vida, su oficio o su gusto. El resultado es un conjunto vibrante y único: cada fachada es distinta, y muchos zócalos cuentan pequeñas historias sobre quienes viven en la casa. Calles enteras del pueblo, como la conocida 'Calle del Recuerdo' y la Plazoleta de los Zócalos, se volvieron íconos fotográficos.
Gracias a los zócalos, su colorido y su belleza, Guatapé se ganó la fama de ser uno de los pueblos más bonitos y fotogénicos de Colombia, y un destino turístico de primer orden. La combinación de ese pueblo de colores con el espectáculo natural de la Piedra del Peñol y el embalse hizo de la región uno de los paseos más populares del país, especialmente desde Medellín. Hoy, Guatapé vive en buena medida del turismo, conservando con orgullo su tradición de zócalos como seña de identidad.