Antes de la llegada de los españoles, la región donde hoy se levanta Barichara estaba habitada por el pueblo guane, una de las sociedades indígenas más notables del nororiente colombiano, perteneciente a la gran familia lingüística y cultural chibcha. Los guanes ocupaban la provincia de Guanentá —que da nombre a la actual subregión— en torno al cañón del río Chicamocha y los valles secos de la cordillera, con asentamientos en lugares como la actual Guane, Barichara, San Gil y sus alrededores.
Los guanes eran reconocidos sobre todo por su textilería: tejían finas mantas de algodón, decoradas con diseños, que constituían un bien de prestigio y de intercambio. Eran también agricultores que cultivaban maíz, algodón, fríjol y otros productos en las laderas y terrazas de la región, adaptándose a un entorno árido de bosque seco tropical. Su organización social se basaba en cacicazgos.
Del pueblo guane se conservan testimonios arqueológicos importantes, como restos óseos, momias, cerámica y tejidos, parte de los cuales se exhibe hoy en el museo de Guane. Curiosamente, en esa misma región se encuentran también abundantes fósiles marinos —amonites y otras criaturas—, prueba de que el territorio estuvo cubierto por el mar en eras geológicas remotas. El legado guane sobrevive en la toponimia (Guane, Guanentá), en las tradiciones textiles y en el patrimonio que dio origen, mucho después, al pueblo de Barichara.
Barichara nació en el siglo XVIII, en pleno período colonial, como un poblado vinculado a la devoción religiosa y al asentamiento de pobladores en la región de Guanentá. Su fundación suele situarse hacia 1741, en torno a la construcción de una capilla dedicada a la Virgen. La tradición popular cuenta que el origen del pueblo está ligado a una aparición: se dice que la imagen de la Virgen se habría manifestado en una piedra (una laja de arenisca), lo que motivó la edificación de un templo en ese lugar y, alrededor de él, el crecimiento del poblado.
El nombre 'Barichara' tiene raíz guane, y existen distintas interpretaciones sobre su significado, varias de las cuales lo asocian a ideas como 'lugar de descanso' o 'lugar bueno' o 'apacible'. Como ocurre con muchos topónimos indígenas, no hay una única traducción aceptada de manera unánime, por lo que conviene tomarlas como aproximaciones.
Desde sus inicios, Barichara se construyó con los materiales que ofrecía la tierra: la piedra arenisca local —blanda y fácil de trabajar— y la tierra apisonada mediante la técnica de la tapia pisada para los muros de las casas. Esa unidad de materiales y técnicas, sumada al cuidado en el trazado, dio como resultado el conjunto arquitectónico armonioso que hoy distingue al pueblo y que se mantuvo casi intacto a lo largo de los siglos.
Si algo distingue a Barichara es la coherencia y belleza de su arquitectura, fruto del uso inteligente de los materiales locales. La piedra arenisca de la región, de tono dorado-ocre y relativamente blanda, fue la materia prima de las calles empedradas, los muros, los detalles arquitectónicos y, sobre todo, de las iglesias, labradas con destreza por los canteros del lugar. La iglesia principal, dedicada a la Inmaculada Concepción, es el mejor ejemplo de ese trabajo de la piedra.
Las casas, por su parte, se levantaron con la técnica de la tapia pisada: muros gruesos de tierra apisonada entre encofrados, encalados de blanco, con zócalos de tonos tierra, puertas y ventanas de madera, y tejados de barro cocido. Esta arquitectura de tierra y piedra no solo es bella, sino también funcional para el clima cálido y seco de la zona, ya que los gruesos muros mantienen el frescor en el interior.
El oficio del tallado en piedra se convirtió en una tradición que pasa de generación en generación, y aún hoy hay talladores que trabajan la arenisca en sus talleres. Junto al trabajo del fique —heredero de la tradición textil guane— y a otras artesanías, conforma la identidad artesanal del pueblo. Esa unidad de materiales, colores y técnicas, conservada a lo largo del tiempo, es lo que le da a Barichara su inconfundible armonía y lo que la convierte en un ejemplo notable de arquitectura popular colombiana.
Uno de los grandes tesoros históricos de Barichara es el Camino Real que la une con el vecino pueblo de Guane. Estos caminos empedrados tienen un origen muy antiguo: los pueblos indígenas de la región, los guanes, ya tenían senderos que conectaban sus asentamientos a través del terreno árido y quebrado. En época colonial y republicana, varios de esos caminos fueron empedrados y mejorados para el tránsito de personas, animales y mercancías.
La figura más asociada a la reconstrucción de los caminos reales de la región es la del alemán Geo von Lengerke, un empresario y comerciante que se instaló en Santander en el siglo XIX y que promovió la apertura y el empedrado de caminos para facilitar el comercio, en especial hacia el río Magdalena y los mercados. Su nombre quedó ligado a la red de caminos reales que aún hoy se conserva y se recorre en la zona, siendo el tramo Barichara–Guane el más célebre y transitado por los visitantes.
El Camino Real a Guane no es solo un atractivo turístico, sino un testimonio vivo de la historia de la región: une el pueblo patrimonial de Barichara con Guane, el caserío que conserva el nombre y la memoria del pueblo indígena originario, y atraviesa el paisaje seco que define a esta parte de Santander. Caminarlo es, de algún modo, recorrer las capas de historia —indígena, colonial y republicana— que se superponen en este territorio.
El extraordinario estado de conservación de Barichara y el valor de su conjunto arquitectónico llevaron a que el Estado colombiano reconociera oficialmente su importancia. En 1978, Barichara fue declarada Monumento Nacional de Colombia (hoy se hablaría de Bien de Interés Cultural de carácter nacional), una distinción que protege su patrimonio y que ha sido clave para mantener intacta su fisonomía colonial frente a las presiones del crecimiento y la modernización.
Esa protección permitió que el pueblo conservara sus calles empedradas, sus casas de tapia pisada, sus iglesias de piedra y su armonía general, evitando construcciones que rompieran el conjunto. Gracias a ello, Barichara se ganó con el tiempo la fama de 'pueblo más lindo de Colombia' y se integró a la Red Turística de Pueblos Patrimonio de Colombia, un circuito que reúne a los poblados históricos más representativos del país.
Hoy Barichara es, a la vez, un pueblo vivo y un destino turístico de primer orden. Su belleza, su tranquilidad y su rica tradición artesanal —el tallado en piedra, el trabajo del fique— atraen tanto a viajeros como a artistas, ceramistas y emprendedores que han encontrado allí un lugar para crear y desacelerar. El equilibrio entre la conservación del patrimonio y la vida contemporánea es, precisamente, lo que mantiene su encanto y lo que lo distingue dentro del mapa turístico de Colombia.