Mucho antes de cualquier frontera o ciudad, el territorio del actual departamento de Amazonas fue —y sigue siendo— hogar de numerosos pueblos indígenas que habitan la selva desde tiempos inmemoriales. Entre ellos están los ticuna (el pueblo más numeroso de la región), los yagua, los cocama y los huitoto, además de muchos otros grupos repartidos por el Trapecio Amazónico y la cuenca del gran río.
Estos pueblos desarrollaron un conocimiento profundo y sofisticado de la selva: de sus plantas medicinales y alimenticias, de los ciclos del río, de la fauna y de las formas de vivir en uno de los ecosistemas más exuberantes y exigentes del planeta. Su vida se organiza en torno al río Amazonas y sus afluentes, con la pesca, la caza, la recolección y la agricultura de chagra (claros de cultivo) como sustento, y con una rica cosmovisión expresada en mitos, danzas, artesanías y rituales.
La llegada de los europeos a la Amazonía, a partir del siglo XVI, y más tarde las distintas oleadas extractivas, trajeron enfermedades, desplazamientos y violencia que golpearon duramente a estas poblaciones. Pese a todo, los pueblos indígenas del Amazonas conservaron buena parte de su cultura y su territorio, y hoy son protagonistas de la vida de la región y un componente esencial de cualquier experiencia de viaje respetuosa por la selva.
A fines del siglo XIX y comienzos del XX, la Amazonía vivió la fiebre del caucho, que transformó violentamente la región. La demanda mundial de goma convirtió a la selva en un escenario de explotación extractiva, y la zona del Putumayo y el Caquetá —parte de la Amazonía colombo-peruana— fue escenario de uno de los episodios más oscuros de la historia americana.
La empresa de Julio César Arana, la Peruvian Amazon Company (conocida como 'La Casa Arana'), sometió a los pueblos indígenas de la región —especialmente a los huitoto y otros grupos— a un régimen de trabajo forzado, deudas y crueldad extrema para la extracción del caucho. Las denuncias internacionales, sobre todo el informe del diplomático Roger Casement, sacaron a la luz un genocidio que diezmó a las poblaciones indígenas de la zona a comienzos del siglo XX.
Este período dejó una herida profunda en la Amazonía y en sus pueblos, y al mismo tiempo vinculó a la región con las disputas económicas y territoriales entre los países amazónicos. El control de las riquezas de la selva y de las vías fluviales —en particular el acceso al gran río Amazonas— se volvió un asunto estratégico que, pocas décadas después, estaría en el centro del conflicto fronterizo entre Colombia y Perú.
El acceso de Colombia al río Amazonas —y, con él, la existencia del actual departamento tal como lo conocemos— es fruto de un acuerdo diplomático: el Tratado Salomón-Lozano, firmado entre Colombia y Perú en 1922 y ratificado en 1927. Por este tratado, Perú cedió a Colombia la ciudad de Leticia y una franja de territorio conocida como el Trapecio Amazónico, una cuña que baja hasta el río Amazonas y le garantiza a Colombia una salida soberana sobre el gran río.
Leticia, fundada el 25 de abril de 1867 por el capitán peruano Benigno Bustamante, había sido hasta entonces una población peruana. Con el tratado, pasó a manos colombianas, lo que cambió por completo la geografía política del sur del país: Colombia, que era esencialmente andina y caribeña, se convertía también en un país amazónico con puerto fluvial sobre el Amazonas.
El acuerdo, sin embargo, fue mal recibido por buena parte de la población peruana de la zona, que se resistía a quedar bajo soberanía colombiana. Ese descontento, sumado a la complejidad de fijar fronteras en una selva remota y poco poblada, sembró las semillas de un conflicto que estallaría pocos años después y que pondría a Leticia en el centro de la atención internacional.
El 1 de septiembre de 1932, un grupo de civiles peruanos —comerciantes y pobladores de la región de Loreto, con apoyo indirecto de autoridades locales— ocupó la ciudad de Leticia sin disparar un solo tiro, en rechazo a la cesión del territorio a Colombia. Así comenzó el 'Incidente de Leticia', que desencadenó la guerra colombo-peruana de 1932-1933, el último conflicto armado entre ambos países.
La guerra se libró en plena selva amazónica, en condiciones extremas: la densa vegetación, el clima, las enfermedades tropicales y las enormes distancias hicieron de la logística fluvial y aérea un factor decisivo. Colombia organizó una expedición militar río arriba para recuperar el territorio, y se produjeron enfrentamientos en distintos puntos del Trapecio y zonas vecinas, como Tarapacá. Fue una guerra atípica, marcada por la geografía más que por las grandes batallas.
La resolución llegó por la vía diplomática. Con la mediación de la Sociedad de Naciones (antecesora de la ONU), se alcanzó un acuerdo: Leticia quedó bajo administración temporal de la organización internacional mientras se negociaba la solución definitiva. Finalmente, en mayo de 1934, tras meses de tensión, Leticia fue devuelta oficialmente a Colombia, ratificando lo establecido en el Tratado Salomón-Lozano. Aquel episodio consolidó la presencia colombiana en el Amazonas y tuvo, además, efectos internos importantes, como impulsar la modernización y la industrialización del país.
Superado el conflicto, Leticia y el Trapecio Amazónico se consolidaron como territorio colombiano y, con el tiempo, como el departamento de Amazonas, el más extenso y selvático del país. Durante décadas fue una región remota y poco conocida; en las últimas, se transformó en uno de los grandes destinos de naturaleza y ecoturismo de Colombia.
La singularidad de la triple frontera —donde Leticia (Colombia) se une físicamente a Tabatinga (Brasil) y mira, al otro lado del río, a la isla de Santa Rosa (Perú)— hace de la región un lugar único, de intensa mezcla cultural y comercial entre los tres países. El río Amazonas, gigantesco y siempre presente, es el eje de la vida: por él se viaja, se comercia y se vive. La propia geografía cambiante del río mantiene viva la cuestión limítrofe: entre 2024 y 2025, la soberanía de la isla de Santa Rosa (que el Perú administra y considera parte de la antigua isla de Chinería, asignada en 1929) volvió a tensar las relaciones entre Lima y Bogotá, en un eco lejano de aquel viejo conflicto de los años treinta.
Hoy el Amazonas combina la conservación de una biodiversidad extraordinaria —con áreas protegidas como el Parque Nacional Amacayacu—, la vida de los pueblos indígenas y un ecoturismo en crecimiento que ofrece caminatas selváticas, avistamiento de delfines rosados en el lago Tarapoto, comunidades, lodges y la experiencia de Puerto Nariño como modelo de pueblo sostenible. El gran desafío sigue siendo equilibrar el desarrollo turístico con la protección de la selva y el respeto a sus habitantes originarios, en una de las regiones más valiosas del planeta.