El nombre de Viña del Mar tiene un origen muy concreto y anterior a la fundación de la ciudad. En tiempos coloniales, los terrenos donde hoy se levanta la urbe formaban parte de antiguas haciendas, y una de ellas era conocida como la 'Viña de la Mar', un nombre que aludía literalmente a los viñedos que se cultivaban en esas tierras cercanas al océano. De aquella primitiva viña junto al mar quedó el topónimo que, andando el tiempo, daría nombre a la ciudad.
La zona estaba dividida en grandes propiedades rurales, herederas de las mercedes de tierra repartidas durante la Colonia. Estas haciendas se dedicaban a la agricultura y la ganadería, en una región dominada por la cercanía del puerto de Valparaíso, que crecía como gran centro comercial del Pacífico. Los terrenos de la futura Viña del Mar eran, en esa época, campos y suelos agrícolas, sin un núcleo urbano definido.
Fue justamente la herencia de esas tierras, y el impulso de quienes las recibieron y transformaron, lo que daría origen a la ciudad balneario en el siglo XIX. El nombre 'Viña del Mar' conservó así la memoria de aquellos viñedos costeros, aunque la ciudad que nacería sobre ellos tomaría un rumbo muy distinto al agrícola: el de un elegante balneario junto al Pacífico.
Viña del Mar nació como ciudad en el siglo XIX, mucho después que su vecina Valparaíso. La figura clave de su fundación fue José Francisco Vergara, un destacado ingeniero, militar y político chileno casado con Mercedes Álvarez, heredera de las tierras de la antigua hacienda. Vergara comprendió el potencial de aquellos terrenos junto al mar, en un momento en que Valparaíso vivía su época de mayor esplendor y necesitaba espacio para crecer y para que sus habitantes acomodados pudieran descansar y veranear.
Vergara impulsó el loteo y la urbanización de los terrenos, y la ciudad fue fundada oficialmente en 1874. A diferencia de la apretada y laberíntica Valparaíso, encajonada entre cerros, Viña del Mar fue concebida desde el comienzo con una planificación moderna: amplias avenidas, plazas, parques y jardines, en un terreno más llano y abierto. Esa visión urbanística sería el germen de su futuro apodo de 'Ciudad Jardín'.
Un factor decisivo para el despegue de la nueva ciudad fue el ferrocarril, que conectaba la zona con Valparaíso y con Santiago. Gracias al tren, Viña del Mar quedó a corta distancia del gran puerto y de la capital, lo que la hizo perfecta como lugar de veraneo y residencia para las familias adineradas. La herencia de las tierras, la visión de Vergara y la llegada del ferrocarril se combinaron para dar origen a una ciudad que pronto se convertiría en el balneario predilecto de Chile.
A fines del siglo XIX y comienzos del XX, Viña del Mar se consolidó rápidamente como el balneario predilecto de la aristocracia chilena. Las familias adineradas de Valparaíso —enriquecidas por el comercio, la banca y el salitre— y de Santiago eligieron la nueva ciudad junto al mar para construir sus residencias y palacetes de veraneo, atraídas por su clima agradable, sus playas, sus jardines y su cercanía al gran puerto.
En esas décadas se levantaron mansiones y palacios señoriales de estilos eclécticos y europeos, rodeados de jardines exuberantes, así como hoteles, clubes y espacios de entretenimiento pensados para la elite. La ciudad se llenó de parques, avenidas arboladas y plazas floridas, fruto de aquella planificación inicial y del gusto de la época por las áreas verdes. Fue entonces cuando Viña del Mar ganó su célebre apodo de 'Ciudad Jardín', que la distingue hasta hoy y que resume su carácter elegante y verde.
La antigua propiedad de la familia Vergara, con su palacio y sus jardines, se transformaría con el tiempo en la Quinta Vergara, uno de los espacios más emblemáticos de la ciudad. Mientras Valparaíso era el puerto trabajador, bullicioso y cosmopolita, Viña del Mar se afirmaba como su contracara luminosa: el lugar del descanso, el veraneo, los jardines y la vida social de la elite. Esta vocación de balneario marcaría para siempre la identidad de la ciudad.
Durante el siglo XX, Viña del Mar consolidó su papel como el gran centro turístico y de entretenimiento de la costa central de Chile. Un hito fue la inauguración del Casino Municipal en 1930, un imponente edificio neoclásico frente al mar que se convirtió en uno de los casinos más prestigiosos de Sudamérica y en punto de encuentro de la alta sociedad y de las celebridades que visitaban la ciudad. El casino reforzó la imagen glamorosa y señorial de Viña del Mar.
La ciudad creció y se diversificó: a las mansiones de la elite se sumaron edificios, hoteles, comercios y una infraestructura turística que la abrió a un público cada vez más amplio. Las playas, los jardines, el casino y el ambiente de balneario hicieron de Viña el destino de veraneo por excelencia de los chilenos, una tradición que se mantiene hasta hoy.
El acontecimiento que proyectaría a Viña del Mar a todo el continente llegó en 1960, con la creación del Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar, celebrado en el anfiteatro de la Quinta Vergara. Con el tiempo, el Festival se convirtió en el mayor evento musical de Chile y uno de los más importantes de Latinoamérica, transmitido a todo el continente, con su competencia de canciones, sus grandes estrellas internacionales, sus humoristas y el célebre y exigente 'monstruo' (como se llama al público viñamarino), que entrega o niega sus famosas 'gaviotas'. Cada febrero, el Festival convierte a Viña del Mar en la capital de la música popular latinoamericana.
En la actualidad, Viña del Mar es una de las ciudades más visitadas de Chile y mantiene viva su doble identidad de elegante balneario tradicional y de moderno centro turístico, cultural y residencial. Cada verano, sus playas, su borde costero, su casino y su vida nocturna se llenan de veraneantes, mientras que el resto del año la ciudad ofrece sus jardines, museos y un ritmo más sereno. El Festival de la Canción, cada febrero, sigue siendo su gran cita mediática con toda Latinoamérica.
Viña del Mar forma, junto a Valparaíso y otras comunas vecinas, una gran conurbación del litoral central, conectada por el Metro Valparaíso (Merval) y una densa red de transporte. Esta cercanía hace que Viña y Valparaíso se vivan casi como un solo destino de dos caras complementarias: el balneario luminoso, verde y señorial de Viña, y el puerto patrimonial, bohemio y colorido de Valparaíso, Patrimonio de la Humanidad. Muchos viajeros se alojan en una y recorren la otra.
Como toda ciudad costera, Viña del Mar también enfrenta desafíos contemporáneos: la presión inmobiliaria sobre su patrimonio y sus áreas verdes, los efectos de los sismos en edificios históricos (que han obligado a restauraciones, como en el Palacio Vergara) y la gestión del turismo masivo en temporada alta. Pese a ello, conserva intacto su atractivo como la 'Ciudad Jardín' de Chile, un destino donde el mar, los jardines, la historia señorial y la cultura se combinan frente al Pacífico.