El nombre de Valparaíso se remonta a los primeros tiempos de la conquista española de Chile. En 1536, durante la expedición que Diego de Almagro encabezó hacia el sur del Perú, uno de sus integrantes, el capitán Juan de Saavedra, llegó a la bahía donde más tarde se levantaría la ciudad. Saavedra bautizó el lugar en recuerdo de Valparaíso de Arriba, su pueblo natal en la provincia de Cuenca, en España.
La tradición popular ha querido interpretar el nombre como 'Valle del Paraíso', una lectura sugerente que evoca la belleza del entorno, pero el origen documentado es el del topónimo español que Saavedra trajo de su tierra. Lo cierto es que el nombre quedó fijado para siempre y se convirtió, con el tiempo, en sinónimo de una de las ciudades más singulares del Pacífico.
Antes de los españoles, la zona estaba habitada por comunidades indígenas changos y de otros pueblos de la costa, que vivían de la pesca y la recolección en las caletas de la bahía. La llegada de los conquistadores dio inicio a una larga historia que transformaría aquella caleta natural, abrigada entre cerros, en el principal puerto de Chile.
Durante toda la época colonial, Valparaíso fue una modesta caleta y puerto de servicio al naciente Santiago, fundada esta última en 1541. Por su bahía entraban y salían las mercaderías de la capital y de la Capitanía General de Chile, pero el caserío era pequeño, pobre y disperso por la estrecha franja plana junto al mar, al pie de los cerros. No tenía la categoría ni la población de una ciudad importante; era, ante todo, un fondeadero y un punto de embarque.
La condición de puerto expuesto en el Pacífico convirtió a Valparaíso en blanco frecuente de los ataques de piratas y corsarios, sobre todo ingleses y holandeses, que asolaban las costas españolas de América en busca de los tesoros y mercaderías de la Corona. Para defenderse, se levantaron castillos y fortificaciones en distintos puntos de la bahía, algunos de cuyos vestigios y nombres (como el cerro Artillería) recuerdan aún hoy aquella época de amenazas marítimas.
El crecimiento de la caleta fue lento durante siglos, condicionado por las restricciones del comercio colonial español, que canalizaba el intercambio por rutas y puertos autorizados. Sería recién con la independencia de Chile, a comienzos del siglo XIX, y la apertura del comercio a las naciones del mundo, cuando Valparaíso despegaría de forma vertiginosa hacia su época de mayor esplendor.
La independencia de Chile, consolidada en la década de 1810-1820, transformó por completo el destino de Valparaíso. Con la apertura del comercio a todas las naciones, el puerto se convirtió en la gran puerta de entrada y salida del Pacífico sur. En tiempos de la navegación a vela y, luego, a vapor, los barcos que viajaban entre el Atlántico y el Pacífico debían rodear el extremo sur del continente por el peligroso Cabo de Hornos, y Valparaíso era la primera gran escala segura tras esa travesía: lugar de avituallamiento, reparación, comercio y descanso.
Esto desató una época dorada que se prolongó durante buena parte del siglo XIX. La ciudad se llenó de actividad comercial, financiera y marítima, y atrajo a una enorme corriente de inmigrantes: ingleses, alemanes, italianos, franceses, españoles, croatas y de muchos otros orígenes, que fundaron casas comerciales, bancos, compañías de seguros y navieras, periódicos, colegios, hospitales y los célebres cuerpos de bomberos voluntarios. Cada comunidad dejó su huella en la arquitectura de los cerros, las iglesias de distintos credos y las costumbres de la ciudad, dándole un carácter profundamente cosmopolita.
Valparaíso fue pionera en muchos aspectos: tuvo la primera bolsa de comercio de Chile, uno de los primeros sistemas de alumbrado y de transporte público del país, y vio nacer instituciones, publicaciones y empresas que marcaron la historia nacional. Para salvar la enorme diferencia de altura entre el plan y los cerros, a partir de 1883 se construyeron los famosos ascensores (funiculares), que convirtieron a la ciudad en una de las primeras del mundo en contar con este ingenioso sistema. El auge del salitre, a fines del siglo, consolidó su papel como capital comercial y financiera de Chile.
El siglo XX trajo a Valparaíso dos golpes que marcarían el fin de su época de mayor esplendor. El primero fue una catástrofe natural: el devastador terremoto del 16 de agosto de 1906, que destruyó gran parte de la ciudad, causó miles de víctimas y daños enormes en el plan y los cerros. La reconstrucción posterior transformó parte de la fisonomía urbana, pero la ciudad logró recuperarse y mantener su pujanza durante algunos años más.
El segundo golpe fue económico y estructural: la apertura del Canal de Panamá en 1914. Al permitir el paso directo entre el Atlántico y el Pacífico a través de Centroamérica, el canal volvió innecesaria la larga y peligrosa ruta por el Cabo de Hornos, que había sido la razón misma del auge de Valparaíso. De un día para otro, el puerto dejó de ser la escala obligada de la navegación entre ambos océanos, y el tráfico marítimo que lo había enriquecido durante décadas se desvió hacia otras rutas. Fue el principio de un largo declive.
En las décadas siguientes, Valparaíso perdió protagonismo económico y financiero frente a Santiago, que concentró cada vez más la actividad del país. La ciudad sufrió un retroceso, con sectores que se deterioraron y una población que en parte emigró. Sin embargo, ese mismo estancamiento tuvo un efecto inesperado y afortunado: al no haber grandes presiones de modernización y demolición, buena parte del patrimonio arquitectónico de la época dorada se conservó casi intacto en los cerros, esperando un nuevo reconocimiento que llegaría muchos años después.
Tras décadas de declive, el destino de Valparaíso dio un giro a comienzos del siglo XXI. El 2 de julio de 2003, la Unesco inscribió el centro histórico de la ciudad en la lista del Patrimonio Mundial, bajo el nombre de 'Área histórica de la ciudad portuaria de Valparaíso'. El reconocimiento valoró el conjunto urbano como un excepcional testimonio de las primeras fases de la globalización a fines del siglo XIX, con su singular geografía de cerros en anfiteatro, su trazado adaptado a las laderas, su arquitectura ecléctica fruto de la inmigración y su sistema pionero de ascensores.
El reconocimiento de la Unesco impulsó un verdadero renacimiento de la ciudad, que comenzó a reinventarse como capital cultural y turística de Chile. Los cerros patrimoniales, especialmente Concepción y Alegre, se llenaron de hoteles boutique, cafés, restaurantes, galerías y tiendas de diseño, atrayendo a viajeros de todo el mundo. El arte callejero floreció hasta convertir a Valparaíso en una de las capitales mundiales del muralismo urbano, y la ciudad recuperó parte de su orgullo y su energía creativa.
Valparaíso es hoy una ciudad de contrastes: capital cultural de Chile, sede del Congreso Nacional, principal puerto del país y Patrimonio de la Humanidad, pero también una ciudad que enfrenta desafíos como el deterioro de parte de su patrimonio, los incendios que periódicamente afectan los cerros, las desigualdades sociales y la necesidad de mantener vivos sus ascensores y su identidad. Su mezcla única de historia marinera, bohemia, color y poesía —cantada por Pablo Neruda, que eligió la ciudad para una de sus casas— la mantiene como uno de los destinos más fascinantes y conmovedores de Sudamérica.