Mucho antes de que existieran pueblos o destilerías, el Valle del Elqui estaba habitado por el pueblo diaguita, una de las culturas más notables del Norte Chico de Chile. Los diaguitas eran agricultores y alfareros que aprovechaban los fértiles valles transversales —como el del Elqui— regados por los ríos que bajan de los Andes, cultivando maíz, porotos, zapallo y otros productos, y complementando su economía con la ganadería de camélidos y la recolección.
Los diaguitas son especialmente célebres por su cerámica, considerada una de las más finas y bellas del Chile prehispánico: vasijas y 'jarros pato' decorados con diseños geométricos pintados en negro, blanco y rojo, que hoy son un tesoro arqueológico. Su cultura floreció en los valles del Norte Chico durante varios siglos, con una organización social compleja repartida en comunidades a lo largo de los cursos de agua.
Hacia el siglo XV, en su expansión hacia el sur, el Imperio inca (Tahuantinsuyo) incorporó la región a sus dominios, integrando a los diaguitas a su sistema y dejando influencia en la cerámica, la organización y los caminos. El nombre de localidades como 'Diaguitas', en el propio valle, recuerda hoy a este pueblo originario. Cuando llegaron los españoles, el Elqui era, pues, un valle agrícola habitado y trabajado desde hacía siglos.
Con la fundación de La Serena por los españoles en 1544 y su refundación en 1549, el Valle del Elqui quedó integrado a la vida colonial del Reino de Chile. La resistencia diaguita marcó los primeros años (los diaguitas participaron en la destrucción de la primera La Serena), pero con el tiempo la ocupación española se consolidó y el valle se transformó en una zona agrícola al servicio de la ciudad y de la economía colonial.
Uno de los aportes más trascendentes de los españoles fue la introducción de la vid. El clima cálido, seco y soleado del Elqui, con su abundante luz y sus suelos, resultó ideal para el cultivo de la uva, y desde temprano se desarrolló en el valle una tradición vitivinícola. Se producía vino y, sobre todo, aguardiente de uva mediante destilación: el origen de lo que con el tiempo se llamaría pisco.
Durante los siglos coloniales y las primeras décadas republicanas, el valle fue consolidando esta vocación agrícola y productiva, con sus parronales, sus huertos de frutales y su producción de aguardientes. Esa identidad ligada a la uva y al destilado sería, andando el tiempo, uno de los pilares de la fama del Elqui, junto con dos elementos que llegarían a definirlo en el siglo XX: una poeta universal y un cielo único en el mundo.
El pisco es el destilado de uva que se convirtió en el producto emblemático del Valle del Elqui y de todo el Norte Chico. A lo largo de los siglos, la producción de este aguardiente fue creciendo en las regiones de Atacama y Coquimbo, donde el clima permite cultivar las uvas adecuadas (especialmente variedades moscateles). El pisco pasó de ser un producto artesanal a una industria con identidad propia, profundamente arraigada en la cultura del valle.
En el siglo XX, Chile dio pasos para proteger y promover su pisco. En 1931 se estableció una denominación de origen para el pisco chileno, que reserva ese nombre a los aguardientes de uva producidos en zonas determinadas de las regiones de Atacama y Coquimbo, bajo ciertas condiciones. Esta protección legal buscó resguardar la tradición y la calidad, y consolidó al Elqui como una de las cunas pisqueras del país.
Un episodio simbólico de esta historia ocurrió en 1936, cuando el pueblo de La Unión, en el valle alto, fue rebautizado oficialmente como 'Pisco Elqui'. El cambio de nombre se enmarcó en la promoción de la identidad pisquera chilena y en la 'competencia' simbólica con el Perú por el nombre del pisco, una disputa que persiste hasta hoy entre ambos países. Así, el valle no solo produce pisco: tiene un pueblo que lleva su nombre, prueba del lugar central que esta bebida ocupa en su historia e identidad.
El Valle del Elqui dio al mundo a una de las figuras más universales de la cultura latinoamericana: Gabriela Mistral. Nacida en Vicuña el 7 de abril de 1889 con el nombre de Lucila Godoy Alcayaga, pasó parte de su infancia en el pueblo de Montegrande, en el valle alto, en un entorno rural y humilde que marcaría para siempre su sensibilidad y su poesía. Aquellos paisajes, la naturaleza, la escuela y la vida del valle están presentes en buena parte de su obra.
Maestra rural desde joven, Lucila adoptó el seudónimo de 'Gabriela Mistral' y fue ganando reconocimiento por sus poemas, marcados por temas como la maternidad, la infancia, el dolor, el amor, la naturaleza y la raíz americana. Su carrera la llevó por Chile, México (donde colaboró en reformas educativas), Europa y otros países, desempeñándose también como diplomática y representando a su país en el extranjero.
En 1945, Gabriela Mistral alcanzó la cumbre: se convirtió en la primera persona latinoamericana en recibir el Premio Nobel de Literatura, un hito histórico para todo el continente. Falleció en 1957 y, según su deseo, fue enterrada en Montegrande, el pueblo de su infancia, en el valle que tanto amó. Hoy el Elqui honra a su hija más ilustre con el Museo Gabriela Mistral en Vicuña, los sitios mistralianos de Montegrande y su tumba, que reciben a visitantes de todo el mundo y mantienen viva su memoria.
A lo largo del siglo XX, el Valle del Elqui consolidó y modernizó su vocación agrícola. Más allá de la vid para el pisco, el valle desarrolló una próspera fruticultura, aprovechando su clima privilegiado y su luminosidad: la producción de uva de mesa para exportación, paltas, cítricos y otros frutales se volvió una actividad económica central, beneficiada por las exportaciones chilenas de fruta a los mercados del hemisferio norte.
El agua, recurso escaso y vital en esta zona semiárida, fue siempre la clave de la vida del valle. Para asegurar el riego y regular el caudal del río Elqui, se construyó el embalse Puclaro, una gran represa inaugurada a fines del siglo XX (en torno a 1999), entre La Serena y Vicuña. La obra permitió mejorar el riego de las tierras agrícolas del valle, pero también implicó cambios: el antiguo pueblo de Gualliguaica quedó bajo el agua y debió ser trasladado a una nueva ubicación.
Hoy el embalse Puclaro, además de su función productiva, es un atractivo paisajístico y un punto para deportes náuticos, gracias a los vientos de la zona. La modernización agrícola, el riego tecnificado y la conexión con los mercados convivieron con la tradición pisquera y con la identidad rural del valle, en un equilibrio entre el Elqui productivo y el Elqui turístico que caracteriza a la zona en la actualidad.
En las últimas décadas, el Valle del Elqui sumó a su fama pisquera y literaria una tercera identidad que lo proyectó al mundo: la de capital del astroturismo. La razón está en el cielo. La extraordinaria limpieza, sequedad y oscuridad de los cielos del valle —con cientos de noches despejadas al año y muy poca contaminación lumínica— lo convirtieron en uno de los mejores lugares del planeta para observar las estrellas, condición que también explica la presencia de grandes observatorios científicos en la región de Coquimbo.
A partir de los años noventa, el valle desarrolló una pionera oferta de astroturismo: observatorios turísticos como Mamalluca, cerca de Vicuña, abrieron sus puertas para que cualquier visitante pudiera mirar el universo con telescopios y aprender sobre el cielo del hemisferio sur. La observación astronómica se convirtió, junto al pisco y a Gabriela Mistral, en uno de los tres grandes pilares del atractivo del Elqui, y atrajo a viajeros de todo el mundo.
A ello se sumó la fama del valle como destino de bienestar y espiritualidad: sectores como Pisco Elqui y Cochiguaz se hicieron conocidos por su ambiente 'energético' y místico, sus retiros, su yoga y su contacto con la naturaleza. Así, el Valle del Elqui de hoy es un destino que combina sabor (el pisco), poesía (Mistral), ciencia y asombro (las estrellas) y serenidad (su paisaje y su atmósfera), una mezcla única que lo ha convertido en uno de los lugares más queridos y singulares de Chile.