En 1982, un enólogo llamado Pablo Morandé hizo algo que a casi todos en el mundo del vino chileno les pareció una locura: plantó viñedos en Casablanca, un valle de campos ovejeros donde nadie cultivaba uva, porque hacía demasiado frío. El primer año, una helada arrasó con toda la plantación. Tuvieron que pasar tres años de dudas y burlas para que aquellas cepas dieran su primera fruta. Esa apuesta terca y visionaria fue la semilla de lo que hoy es una de las regiones de vino blanco más prestigiosas de Sudamérica. Pero para entender por qué fue tan revolucionaria, hay que mirar lo que Casablanca era antes.
Durante la mayor parte de su historia, el Valle de Casablanca no fue una región vitivinícola, sino un valle agrícola y ganadero de la zona central de Chile, en lo que hoy es la Región de Valparaíso. Sus tierras, en una cuenca de clima fresco influida por la cercanía del océano Pacífico, se dedicaban a cultivos tradicionales y a la crianza de ganado, en un entorno rural que poco se parecía al actual paisaje de viñedos ordenados.
Un rasgo definió desde temprano la importancia del valle: su ubicación en el camino entre Santiago y el puerto de Valparaíso. La ruta que unía la capital con el gran puerto del Pacífico atravesaba esta zona, lo que convirtió a Casablanca en un punto de paso obligado para viajeros, arrieros, carretas y, más tarde, vehículos que iban y venían entre el interior y la costa. El pueblo de Casablanca creció en torno a ese camino como lugar de descanso y servicios. Nadie, entonces, asociaba a Casablanca con el vino: esa vocación llegaría recién a fines del siglo XX y reescribiría por completo su identidad.
Para entender la novedad que representó Casablanca, hay que mirar la larga historia del vino en Chile. La viticultura llegó al país con los conquistadores españoles en el siglo XVI, que plantaron las primeras viñas para producir el vino necesario para la misa y el consumo. Durante la Colonia y buena parte de la era republicana, la producción se concentró en los valles cálidos y soleados de la zona central interior, en torno a Santiago y al sur, regados por los ríos que bajan de la cordillera.
En el siglo XIX, la viticultura chilena dio un gran salto cualitativo con la importación de cepas francesas (Cabernet Sauvignon, Merlot, Carmenère, entre otras) y de técnicas europeas, traídas por familias adineradas que crearon viñas que se convertirían en históricas. Chile se especializó así en vinos tintos de gran calidad, producidos en valles de clima mediterráneo cálido como el Maipo, el Cachapoal, el Colchagua o el Maule, que se hicieron famosos en el mundo.
Sin embargo, ese predominio de los valles cálidos dejaba un vacío: Chile carecía de regiones realmente frescas, capaces de producir grandes vinos blancos de la elegancia, la acidez y los aromas que dan los climas fríos. Los blancos chilenos eran, en general, menos reconocidos que los tintos. Hacía falta encontrar un terruño distinto, más frío, cerca del mar. Y allí entraría en escena, a fines del siglo XX, el Valle de Casablanca.
El gran cambio en la historia del Valle de Casablanca llegó en las décadas de 1980 y 1990, y tiene un nombre propio: Pablo Morandé. Enólogo de la histórica viña Concha y Toro, Morandé estaba convencido de que Chile, obsesionado con los tintos de valles cálidos como el Cabernet Sauvignon, desaprovechaba el potencial de las zonas frías para grandes vinos blancos. En 1982 plantó el primer viñedo costero de clima frío del país en las tierras ovejeras de Casablanca. Una helada destruyó esa primera plantación, y durante tres años debió enfrentar el escepticismo de casi todo el ambiente vinícola, hasta que sus cepas dieron por fin un Chardonnay de una frescura y una viveza inéditas en Chile. Hacia mediados de los años 80 llegaron las primeras cosechas comerciales de Chardonnay y Sauvignon Blanc, y en 1996 Morandé fundó su propia viña; tras él, muchos otros productores se lanzaron al valle. Casablanca, con su cuenca abierta a la influencia del Pacífico, había demostrado reunir las condiciones ideales que faltaban en el mapa del vino chileno.
La clave del valle es su clima. La cercanía del océano Pacífico aporta una brisa marina fresca y, sobre todo, la característica neblina matinal —la 'camanchaca'— que entra por las mañanas y modera las temperaturas, retrasando la maduración de la uva y permitiendo que conserve la acidez y los aromas que distinguen a los grandes vinos de clima frío. Estas condiciones, sumadas a los suelos del valle, resultaron perfectas para cepas como el Sauvignon Blanc, el Chardonnay y el Pinot Noir.
La apuesta fue un éxito rotundo y veloz. En pocos años, los vinos blancos de Casablanca empezaron a ganar premios y reconocimiento internacional, demostrando que Chile también podía producir blancos de clase mundial. El valle se transformó de zona agrícola sin renombre a denominación de origen prestigiosa, y abrió el camino a toda una nueva generación de valles costeros y de clima fresco en Chile (como San Antonio y Leyda, más al sur). Casablanca se convirtió así en pionera y símbolo de la nueva viticultura chilena de clima frío.
Una vez probado su potencial, el Valle de Casablanca se consolidó rápidamente como una de las denominaciones de origen más prestigiosas de Chile, especialmente para los vinos blancos. Grandes viñas chilenas y nuevos proyectos plantaron viñedos en el valle, y la zona se llenó de bodegas modernas dedicadas a aprovechar al máximo las condiciones de clima frío. Sus Sauvignon Blanc, Chardonnay y Pinot Noir se ganaron un lugar destacado en las cartas de vinos y en los mercados internacionales.
A la faceta productiva se sumó muy pronto el enoturismo. Aprovechando su ubicación privilegiada —en el camino entre Santiago y la costa, sobre la transitada Ruta 68—, las viñas de Casablanca comenzaron a abrir sus puertas a los visitantes con tours guiados, salas de cata, restaurantes, tiendas y experiencias como recorridos en bicicleta y picnics entre los viñedos. Surgió así una Ruta del Vino que organiza y promueve la visita a las bodegas del valle, y que lo convirtió en uno de los destinos enológicos más visitados y accesibles del país.
Hoy, el Valle de Casablanca combina su identidad de región vitivinícola de excelencia con la de un destino turístico consolidado, ideal para una escapada de un día desde Santiago o la costa, o como parada deliciosa en el trayecto entre la capital y Valparaíso/Viña del Mar. En apenas unas décadas, este valle pasó de ser un tranquilo campo agrícola a un referente mundial del vino blanco chileno y un imán para los amantes del enoturismo, demostrando cómo una apuesta visionaria puede reescribir por completo la historia de un lugar.
Lo que convirtió a Casablanca en un fenómeno no es solo su historia reciente, sino su terruño particular, hoy reconocido en todo el mundo del vino. La firma del valle es el contraste térmico: las mañanas amanecen frías y envueltas en la 'camanchaca', la densa neblina que sube desde el Pacífico y que solo se disipa cerca del mediodía; las tardes son soleadas pero nunca sofocantes, y las noches vuelven a refrescar. Esa amplitud entre el día y la noche hace que la uva madure despacio, reteniendo la acidez, los aromas y la frescura que definen a los grandes vinos de clima frío. Es, en esencia, lo contrario de un valle cálido de tintos potentes.
Ese clima explica el perfil de sus vinos estrella. El Sauvignon Blanc de Casablanca es vibrante, cítrico y herbáceo, con una acidez que corta como un cuchillo, y se ha vuelto casi sinónimo del valle; el Chardonnay logra elegancia y equilibrio, con notas minerales y de fruta blanca; y el Pinot Noir —una cepa tinta notoriamente caprichosa, que solo brilla en climas frescos— encontró aquí uno de sus mejores hogares en Chile, dando vinos delicados y aromáticos. A ellos se suman espumantes de método tradicional y experimentos con otras variedades, en un valle que no deja de innovar. Dentro de Casablanca, además, hay diferencias: los sectores más cercanos a la costa, al oeste, son más fríos y húmedos, mientras que hacia el interior el clima se templa, lo que permite a cada viña buscar su propio estilo.
Hoy, ese terruño es el gran relato que se cuenta en cada sala de cata del valle. Cuando un visitante recorre los viñedos y prueba un Sauvignon Blanc mirando las colinas por donde entra la niebla marina, está degustando literalmente el clima de Casablanca. En apenas cuatro décadas, un valle de ovejas del que nadie esperaba nada se transformó en la cuna del vino blanco chileno y en un referente de la viticultura costera de Sudamérica: la prueba de que, a veces, la apuesta más terca es la que reescribe el mapa.