Mucho antes de que existiera pueblo o ciudad alguna, los oasis del salar de Atacama estaban habitados por el pueblo atacameño, que se autodenomina lickanantay, expresión de su lengua, el kunza, que suele traducirse como 'los habitantes del territorio' o 'la gente del lugar'. Su presencia en la zona se remonta a miles de años: los cazadores-recolectores que ocuparon el desierto y el altiplano dieron paso, con el tiempo, a comunidades sedentarias que aprendieron a vivir en uno de los ambientes más extremos del planeta, el desierto de Atacama, el más árido del mundo.
La clave de su éxito fue el aprovechamiento del agua. En los oasis alimentados por los ríos que bajan de la cordillera (como el río San Pedro y el Vilama) y por vertientes, los atacameños desarrollaron una agricultura de regadío con canales y terrazas, cultivando maíz, quinoa, zapallo y otros productos, y complementándola con la cría de llamas y alpacas. Estos camélidos no solo daban carne, lana y cuero, sino que eran el motor del comercio: enormes caravanas de llamas cruzaban el desierto y la cordillera intercambiando productos entre la costa del Pacífico, el altiplano y los valles, lo que convirtió a San Pedro en un nudo de rutas milenario.
De esa cultura sobreviven testimonios extraordinarios. La Aldea de Tulor, fechada en torno al 800 a.C., con sus recintos circulares de barro, es uno de los asentamientos más antiguos conocidos del norte de Chile. El padre belga Gustavo Le Paige, misionero y arqueólogo llegado a mediados del siglo XX, reunió una colección monumental de piezas que permitió comprender la profundidad histórica de la región y dio origen al museo arqueológico que lleva su nombre en el pueblo.
Entre el período medio y los siglos finales antes de la llegada de los incas, las comunidades atacameñas alcanzaron un notable nivel de organización. Repartidas en una serie de ayllus (comunidades vinculadas por parentesco y tierras) alrededor del oasis, desarrollaron una sociedad que combinaba agricultura de regadío, ganadería de camélidos y un intenso comercio caravanero que las conectaba con culturas tan lejanas como Tiwanaku, en el altiplano boliviano, y con la costa.
Uno de los legados más impresionantes de este período son los pukarás, fortalezas de piedra construidas en lugares estratégicos. El Pukará de Quitor, levantado hacia el siglo XII sobre la ladera de un cerro a orillas del río San Pedro, es el más famoso: sus muros y recintos trepan por la pendiente y dominan el valle, en una posición defensiva privilegiada. Estas construcciones reflejan tanto el ingenio arquitectónico atacameño como los conflictos de la época.
La riqueza de la cultura material atacameña —cerámica, textiles, tabletas para inhalar alucinógenos en rituales, objetos de metal y la impresionante conservación de cuerpos y ofrendas gracias a la aridez— ha hecho de San Pedro un sitio arqueológico de primer orden a nivel mundial. El comercio caravanero, que cruzaba el desierto durante semanas guiando tropas de llamas cargadas, fue el sistema circulatorio que mantuvo viva y conectada a esta civilización del desierto durante siglos.
Hacia el siglo XV, en su expansión hacia el sur, el Tahuantinsuyo (Imperio inca) incorporó la región atacameña a sus dominios. Los incas integraron San Pedro y los oasis vecinos a su vasta red administrativa y vial: el Qhapaq Ñan o Camino del Inca atravesaba la zona, conectándola con el Cusco y con el resto del imperio. La influencia inca se sumó así a la milenaria cultura local, dejando huellas en caminos, tambos (postas) y centros ceremoniales de altura.
La llegada de los europeos cambió este mundo de forma brutal. En 1536, la expedición de Diego de Almagro hacia Chile pasó por el desierto de Atacama en una travesía durísima. Pero el episodio más recordado ocurrió en 1540, cuando las tropas de Pedro de Valdivia, en su avance hacia el centro de Chile, llegaron a la región. Un destacamento al mando de Francisco de Aguirre tomó el Pukará de Quitor en un combate sangriento, quebrando la resistencia atacameña. La tradición y las crónicas recuerdan ese hecho como un episodio de gran violencia, hoy conmemorado en el sitio.
Con la conquista, la región quedó bajo dominio español y se integró a la lógica colonial. San Pedro de Atacama, por su ubicación en las rutas que unían el rico centro minero de Potosí (en el Alto Perú) con la costa del Pacífico, mantuvo su importancia como punto de paso de caravanas y mercaderías, ahora dentro del entramado del Virreinato del Perú.
Durante el período colonial, San Pedro de Atacama se consolidó como un asentamiento clave en el comercio del norte. Su posición lo convertía en una posta obligada de la ruta que unía la costa del Pacífico con Potosí, el legendario cerro de plata del Alto Perú que abasteció de metal precioso al Imperio español durante siglos. Por San Pedro pasaban arrieros, mulas y caravanas cargadas de mercaderías, y el pueblo siguió siendo un oasis vital en medio del desierto.
El símbolo más perdurable de esta etapa es la Iglesia de San Pedro de Atacama, una de las iglesias coloniales más bellas y representativas del norte chileno, hoy Monumento Nacional. Construida con la técnica del adobe (barro y paja), tiene una sobria fachada blanca y un campanario que se han vuelto la imagen clásica del pueblo. Su techumbre es una obra de ingenio: vigas de madera de cactus (chañar y cardón) y algarrobo amarradas con tientos de cuero, sin clavos. Sus orígenes se remontan a la evangelización colonial, con construcciones y reconstrucciones a lo largo de los siglos XVII y XVIII.
La región atacameña quedó administrativamente vinculada al Virreinato del Perú y, tras las independencias del siglo XIX, pasó a formar parte de Bolivia. San Pedro y todo el litoral y el desierto que hoy son chilenos eran entonces territorio boliviano, una circunstancia que tendría enormes consecuencias en las décadas siguientes, cuando la riqueza del desierto —en particular el salitre y los minerales— desencadenara un conflicto que redibujaría el mapa del continente.
Hasta fines del siglo XIX, San Pedro de Atacama y todo el desierto que hoy forma el norte de Chile pertenecían a Bolivia (la región costera) y al Perú (más al norte). La extraordinaria riqueza del desierto —el salitre o nitrato, usado como fertilizante y en explosivos, además del guano y otros minerales— atrajo capitales y trabajadores chilenos a territorios bolivianos y peruanos, y se convirtió en fuente de fricciones diplomáticas y económicas.
El conflicto estalló en 1879 con la Guerra del Pacífico, que enfrentó a Chile contra la alianza de Bolivia y Perú. La guerra, librada en gran parte por el control de las riquezas del desierto, se saldó con la victoria chilena. Como consecuencia, vastos territorios cambiaron de soberanía: Bolivia perdió su salida al mar (el litoral de Antofagasta) y la región del salar de Atacama, incluido San Pedro, pasó a manos chilenas. El Tratado de Paz y Amistad de 1904 selló definitivamente la nueva frontera entre Chile y Bolivia.
La incorporación a Chile cambió la administración y la vida de la región, aunque el modo de vida atacameño, ligado a los oasis, la ganadería y la agricultura, persistió. La economía del siglo XX en torno a San Pedro se apoyó en la minería de menor escala (azufre en los volcanes, bórax) y en la ganadería, mientras la gran minería del cobre se concentraba en Chuquicamata, cerca de Calama. El pueblo siguió siendo un oasis relativamente apartado, hasta que un nuevo fenómeno lo transformaría por completo a fines de siglo.
Durante buena parte del siglo XX, San Pedro de Atacama fue un pueblo pequeño y tranquilo, dedicado a la agricultura de oasis, la ganadería y la minería de pequeña escala, al margen de las grandes corrientes turísticas. El interés científico, en cambio, sí llegó temprano: el trabajo arqueológico del padre Gustavo Le Paige a partir de los años cincuenta puso en valor el inmenso patrimonio de la región y atrajo la atención de investigadores de todo el mundo.
El gran cambio llegó en las últimas décadas del siglo XX y, sobre todo, a partir de los años noventa, cuando San Pedro se transformó en uno de los destinos turísticos más importantes de Chile y de Sudamérica. El atractivo de sus paisajes extremos —el Valle de la Luna, los géiseres del Tatio, el Salar de Atacama, las lagunas altiplánicas— y la creciente facilidad de acceso desde Calama convirtieron al pueblo en la base de excursiones por excelencia del norte chileno. Surgieron agencias, hoteles que van desde hostales para mochileros hasta lodges de lujo, y una infraestructura turística que hoy define la vida local.
A ese atractivo se sumó otro, mirando al cielo: la altísima calidad de los cielos del desierto de Atacama, entre los más limpios y oscuros del planeta, hizo de la región un epicentro mundial de la astronomía, con grandes observatorios como ALMA, y abrió la puerta al astroturismo, con tours de observación de estrellas que son hoy una de las experiencias más buscadas. El desafío del San Pedro actual es equilibrar este desarrollo turístico con la conservación de su frágil entorno desértico y con el respeto a la cultura lickanantay, cuyas comunidades hoy administran muchos de los sitios que el viajero visita.