La historia de Punta Arenas comienza, en realidad, tres siglos antes de su fundación, con uno de los acontecimientos más importantes de la era de los descubrimientos: la primera navegación europea del estrecho de Magallanes. En 1520, la expedición comandada por el navegante portugués Fernando de Magallanes (Fernão de Magalhães), al servicio de la Corona de España, buscaba un paso que conectara el océano Atlántico con el Pacífico para llegar a las islas de las especias por el oeste.
Tras meses de navegación bordeando la costa sudamericana, la expedición encontró, en el extremo sur del continente, un intrincado laberinto de canales que finalmente resultó ser el ansiado paso interoceánico. Magallanes y sus hombres lo cruzaron tras semanas de navegación entre tierras inhóspitas, avistando en las costas las hogueras de los pueblos originarios —lo que dio origen al nombre 'Tierra del Fuego'— y bautizando el estrecho que, con el tiempo, llevaría el nombre de su descubridor. Era el primer cruce documentado de esta vía.
La expedición continuó por el Pacífico y, aunque Magallanes murió en Filipinas, una de sus naves, la Victoria, al mando de Juan Sebastián Elcano, completó en 1522 la primera vuelta al mundo de la historia. El estrecho de Magallanes quedó así inscrito en la historia universal como una de las grandes rutas de la navegación, un paso estratégico que durante siglos —hasta la apertura del Canal de Panamá en 1914— sería clave para el comercio mundial, y en torno al cual nacería, mucho más tarde, Punta Arenas.
Mucho antes de la llegada de los europeos, y durante milenios después, las tierras y aguas en torno al estrecho de Magallanes fueron habitadas por pueblos originarios admirablemente adaptados a uno de los climas más extremos del planeta. En la Isla Grande de Tierra del Fuego vivían los selk'nam (u onas), cazadores terrestres del guanaco, y los haush; en los canales y fiordos navegaban pueblos canoeros como los kawésqar (alacalufes) y los yámanas (yaganes), maestros del mar que se desplazaban en canoas y mantenían el fuego encendido a bordo; y en las estepas patagónicas al norte del estrecho se movían los aónikenk (tehuelches del sur), cazadores nómades de guanacos y ñandúes.
Estos pueblos desarrollaron culturas ricas y complejas, con cosmovisiones, rituales y conocimientos profundos del territorio, el clima y la fauna. Eran ellos quienes encendían las hogueras que dieron nombre a la Tierra del Fuego y quienes observaron, desde las costas, el paso de los primeros barcos europeos.
La colonización europea y chilena, a partir del siglo XIX, tuvo consecuencias trágicas para estos pueblos: las enfermedades traídas de fuera, el despojo de sus territorios por la expansión de las estancias ganaderas, y en algunos casos la violencia directa, diezmaron sus poblaciones en pocas décadas, en uno de los episodios más dolorosos de la historia austral. Hoy su memoria se conserva en museos, en la toponimia y en los descendientes que mantienen viva parte de su herencia cultural, y figuras alegóricas de estos pueblos aparecen incluso en monumentos como el de Magallanes en la plaza de Punta Arenas.
El acto fundacional de la presencia chilena en el extremo austral ocurrió en 1843. En esa época, tras la independencia, la joven república de Chile buscaba asegurar su soberanía sobre el estrecho de Magallanes, una vía marítima de enorme valor estratégico que también interesaba a otras potencias. Por orden del gobierno del presidente Manuel Bulnes, se organizó una expedición a bordo de la goleta Ancud, que zarpó desde Chiloé hacia el sur.
El 21 de septiembre de 1843, la expedición tomó posesión del estrecho en nombre de Chile y fundó un asentamiento fortificado al que llamaron Fuerte Bulnes, en un punto rocoso y batido por el viento sobre la costa del estrecho. Aquel fuerte de empalizadas de madera, con su capilla y sus cañones, fue el primer establecimiento chileno permanente en la zona, símbolo de la voluntad del país de afirmar su dominio sobre el confín del continente.
Las condiciones en el Fuerte Bulnes resultaron durísimas: el clima inhóspito, los vientos feroces, el suelo poco apto para la agricultura y el aislamiento extremo hicieron muy difícil la vida de los primeros colonos y soldados. Por eso, pocos años después, en 1848, se decidió trasladar la población a un sitio más favorable un poco más al norte, donde había mejor terreno, agua y un puerto más abrigado: ese nuevo emplazamiento sería el origen de la actual Punta Arenas. Hoy, una réplica del Fuerte Bulnes, dentro del Parque del Estrecho de Magallanes, permite revivir aquel capítulo fundacional.
Tras unas décadas de existencia modesta como colonia penal y militar, Punta Arenas vivió a fines del siglo XIX una transformación espectacular que la convirtió en una de las ciudades más prósperas y cosmopolitas del Cono Sur. La clave de ese esplendor fue una combinación poderosa: la ganadería ovina, el comercio marítimo y la posición estratégica del estrecho de Magallanes, paso obligado para los barcos que unían el Atlántico y el Pacífico antes de la apertura del Canal de Panamá.
La introducción de las ovejas y la expansión de enormes estancias por la Patagonia y la Tierra del Fuego dieron origen a una pujante industria de la lana, la carne y los cueros, que se exportaban a Europa. El movimiento de barcos, el carbón, el comercio y, por un tiempo, incluso la fiebre del oro, atrajeron a una oleada de inmigrantes de los más diversos orígenes: croatas (que dejaron una huella enorme en la región), ingleses, escoceses, españoles, alemanes, suizos, italianos y franceses, además de chilenos de otras zonas. Esa mezcla dio a Punta Arenas un carácter marcadamente europeo y multicultural.
De este auge surgieron las grandes dinastías que dominaron la economía regional, como las familias Braun, Menéndez y Nogueira, que amasaron fortunas colosales con la lana, el comercio y la navegación, controlando sociedades como la Explotadora de Tierra del Fuego. Figuras como Sara Braun, José Menéndez o José Nogueira se convirtieron en auténticos magnates del fin del mundo. Su riqueza quedó plasmada en los palacios afrancesados que aún hoy adornan la ciudad —el Palacio Sara Braun, el Palacio Braun-Menéndez— y en el monumental cementerio, testimonios de piedra de aquella Belle Époque patagónica.
El esplendor de Punta Arenas basado en el tráfico marítimo recibió un golpe importante en 1914, con la apertura del Canal de Panamá. La nueva vía interoceánica, mucho más corta y segura que el largo y peligroso rodeo por el extremo sur de América, desvió buena parte del tráfico de barcos que antes pasaba obligatoriamente por el estrecho de Magallanes. La ciudad, que había prosperado como escala estratégica de la navegación mundial, vio disminuir esa fuente de riqueza.
Sin embargo, Punta Arenas no se hundió: siguió siendo el corazón económico, administrativo y cultural de la Patagonia austral, sostenida por la ganadería, el comercio regional y, más tarde, por la actividad ligada al petróleo descubierto en la región de Magallanes a mediados del siglo XX, que dio un nuevo impulso a la economía local. La ciudad mantuvo su carácter cosmopolita y su rica herencia inmigrante, especialmente la croata.
En las últimas décadas, Punta Arenas se ha reafirmado como la gran puerta de entrada al extremo sur del planeta: base para explorar la Patagonia chilena, la Tierra del Fuego y, de manera creciente, la Antártica, además de un destino turístico por derecho propio, con su patrimonio histórico, sus museos, sus pingüineras y su atmósfera única de ciudad del fin del mundo. Hoy, sus palacios, su cementerio monumental y su frente sobre el estrecho conservan la memoria de aquellos años en que esta remota ciudad austral fue uno de los puertos más importantes del mundo.